Un pueblo que comienza a despedir a sus muertos

La comunidad se paralizó tras el arribo de cuatro carrozas y una urna de cenizas

Un pueblo que comienza a despedir a sus muertos
La misa, celebrada por el obispo de la Diócesis de Tula, Juan Pedro Juárez, se realizó entre llanto de amigos y familiares de los cinco fallecidos. (VALENTE ROSAS. EL UNIVERSAL)
Nación 22/01/2019 03:16   Alicia Pereda y Ricardo Moya / Enviados Actualizada 04:01

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Tlahuelilpan, Hgo.— En esta tierra la vida está partida en dos: mientras unos lloran por sus muertos o desaparecidos, otros reanudaron su actividades cotidianas. Los niños regresaron a la escuela; hombres y mujeres a sus trabajos.

Sin embargo, a mediodía el centro de esta comunidad se paralizó cuando al templo de San Francisco de Asís arribaron cuatro carrozas y una urna de cenizas.

Ahí estaban Hugo, Ismael, Ricardo, Víctor Hugo y Omar, rodeados de amigos, vecinos, familiares y curiosos que les darían el último adiós.

 Ellos sobrevivieron en el lugar del siniestro, alcanzaron a correr y pedir ayuda, fueron traslados a hospitales, pero no resistieron. Uno o dos días después la muerte los alcanzó.

 Víctor Hugo Gutiérrez, originario de esta región, falleció tras ser hospitalizado. “Tenía 80% del cuerpo quemado, sólo aguantó un día en el hospital”, cuenta Luis, su primo, mientras espera en la entrada de la iglesia.

Víctor Hugo, según narra, alcanzó a salir prácticamente en llamas del predio en San Primitivo, donde un ducto de Pemex explotó el viernes pasado.

“Salió por su propio pie, pero incendiado. Todavía en el hospital alcanzó a dar sus datos”, detalla.

La misa, celebrada por el obispo de la Diócesis de Tula, Juan Pedro Juárez, se realizó entre llanto y un contundente mensaje del clérigo: “Hay que llorar, pero sobre todo alegrarse porque hay vida eterna”. Con esa promesa se despidieron de su tierra.

Tras recibir una bendición, los cuatro ataúdes partieron hasta su destino final: el cementerio del municipio. La urna de cenizas permaneció en manos de un mujer que lloraba desconsoladamente.

Uno a uno, los cuerpos de estos hombres recorrieron las calles de su infancia y su juventud. No estaban solos, un mar de gente oraba y lloraba por ellos. Para algunos era inevitable pensar en que si el viernes no hubieran ido al ducto, aún seguirían con vida.

“Es terrible, yo no soy familiar de ninguno, pero vengo a acompañar, (...) El día de la explosión vi a muchos vecinos con galones de gasolina en las manos, era muy peligroso y ya no hay nada qué hacer”, dice una mujer de nombre Ruth, mientras sigue el trayecto al camposanto.

 En el panteón, la despedida no fue fácil, una a una, palas de cemento calleron sobre los féretros. Al tiempo, también cayeron las lágrimas.

Pero estos no serán los únicos tragos amargos, desde el domingo pasado las familias comenzaron a sepultar a los suyos. “Ahorita son cinco, al rato otros tres, así va a ser toda la semana”, dice una mujer al ver los féretros pasar.

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