Sandra y Verónica: la historia de dos gemelas transexuales

Sandra y Verónica son dos transexuales que nacieron como niños gemelos; cuando descubrieron su necesidad por ser mujeres, sus compañeros de escuela, vecinos y hasta familiares les dijeron que tenían “el demonio dentro”.
Sandra y Verónica venden gorditas, tacos, quesadillas y más antojitos en un puesto afuera de su casa. (OMAR CONTRERAS. EL UNIVERSAL)
15/10/2018
02:26
CAROLINA ROMERO
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Sandra y su gemela Verónica son mujeres transgénero. Nacidas en una familia costumbrista de la localidad de San Pablo Zoquitlán, en la Sierra Negra de Puebla, se enfrentaron a los tabúes, la ignorancia y creencias en contra de su condición, que derivaban irremediablemente en violencia, rechazo y discriminación. Por ello, dejaron su casa desde muy jóvenes para buscar una nueva oportunidad en Tehuacán.

Su padre, un hombre chapado a la antigua, no podía aceptar que sus dos varones fueran mujeres trans. “En la sierra si un hijo les nace así lo tratan mal o piensan que es la oveja negra de la familia. Es muy difícil ser mujer trans en provincia”, cuenta Sandra Martínez.

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Sandra y Verónica hace unos años
 

Las gemelas se descubrieron trans al mismo tiempo, compartían gustos como jugar con muñecas, les gustaba actuar afeminadas y ponerse vestidos o ropa de mujer. Entonces no sabían lo que era ser transgénero, pero sus compañeros de la escuela y los vecinos del pueblo notaban que “eran diferentes”, por lo que las satanizaron y las volvieron víctimas de violencia: “Decían que teníamos el demonio adentro”, recuerda Sandra.

Sentir el rechazo y saber que no iban a tener acceso a oportunidades las hizo emigrar a Tehuacán, donde creyeron que les iría mejor, pero en principio sólo sufrieron.

Verónica se fue primero. Un par de años después se independizó y buscó un cuarto para que su gemela se fuera con ella.

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Las gemelas nacieron juntas y permanecen juntas

 

A los 16 años comenzaron a vestirse de mujeres con la convicción de que esa era su identidad. “La primera vez no nos quedó, nos veíamos chistosas”, narra Sandra, “pero luego nos dejamos crecer el pelo y nos empezamos a inyectar hormonas”. La gente les “hizo el feo” a partir de entonces. Con 18 años, su única alternativa fue ejercer el trabajo sexual.

Regresaban de vez en cuando a su pueblo, pero su padre no quería verlas porque pesaba en qué dirán. Al cabo de muchos años lograron que las recibiera de nuevo y entendiera su condición.

Actualmente las dos venden antojitos en un puesto afuera de su casa. Además, son activistas: “Nuestra vida cambió. Logramos ser mujeres, tener nuestra acta de nacimiento e INE para ya no sufrir tanta discriminación. Y queremos seguir luchando en Tehuacán por las mujeres trans”, narra Sandra.

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Buscan superar la discriminación

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