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Esta era la imagen que se vivía en una de las calles de la Ciudad de México una mañana de febrero: una mujer de no más de 1.60 de altura salía a hurtadillas de una casa; sus pequeños pasos eran acelerados.
En el hombro llevaba colgada una bolsa negra que a simple vista parecía pesada. A su lado iban dos chiquitos: un niño de ocho años y una niña de siete. En sus brazos cargaba a una bebé de dos años.
Con prisa se alejó del lugar en el que por una década fue víctima de tantos golpes y abusos que, incluso, llegó a pensar en el suicidio.
“¿Por qué aguanté tanto?”, se pregunta Margarita entre lágrimas. Es algo para lo que aún no tiene una respuesta clara. “No era amor, era miedo. Estaba aterrada y no sabía qué hacer. No tenía a nadie”, dice mientras recuerda cada golpe e insulto.
A los 15 años conoció al padre de sus hijos, quien era dos años mayor que ella y le brindaba amor y atención. A los pocos meses de noviazgo le pidió que vivieran juntos.
“Acepté. Era la ilusión de dormir y despertar a su lado”, dice Margarita. No había ninguna señal de alerta. Ningún foco rojo que le dijera que estaba a punto de entrar a una casa que parecía no tener puerta de salida.
La mentira duró poco. A los pocos meses empezaron las prohibiciones: no podía usar vestidos, mucho menos faldas. Si salía a hacer alguna compra y se tardaba, de inmediato llegaba el reclamo. Los únicos dos celulares que tuvo se los rompió con un martillo. Las agresiones verbales eran constantes.
“Hueles feo. Eres asquerosa”, Margarita recuerda las frases que tenía clavadas en la mente de tanto que se las decía.
Un año seis meses después llegó el primer golpe. Una bofetada la dejó en el piso y mientras su cuerpo estaba tendido, comenzó a patearla.
El “motivo” fue que él llegó con una marca en el cuello y cuando le reclamó, lo que recibió fueron golpes.
A partir de ahí todo se vino abajo cada vez más rápido. “Ya se le hacía fácil pegarme por todo: con el puño, me abofeteaba, me insultaba”... Eso era el día a día de Margarita.
Sus pequeños eran testigos de cada agresión que recibía. Muchas veces se metían, pero resultaba peor, porque ella veía cómo su pareja empujaba a su hijo o jalaba del cabello a su niña.
Los golpes dolían, pero el llanto de su pequeña y que a sus siete años le repitiera con fuerza: “Lo odio mamá, lo odio. ¿Por qué no nos vamos de aquí?, ¿por qué seguimos aquí?”, es una herida que hasta el momento no termina de sanar.
La violencia fue de todo tipo: económica, física y sexual. ¿Dinero para comer? Únicamente le dejaba 100 pesos diarios para comprar el desayuno, la comida y la cena.
Por las noches llegaban exigencias que ella no se sentía capaz de cumplir. Con la amenaza de “buscar en la calle lo que ella no le daba”, tenía relaciones sexuales con él, pero terminaba llorando: “Me decía que así no le servía y al final me golpeaba. Yo no dejaba de llorar”, cuenta Margarita.
Una última acusación de infidelidad disparó una pelea terrible. Ese día la sometió de los hombros, le dio un puñetazo en el ojo y de un momento a otro, Margarita sintió unas tijeras en la costilla izquierda.
El miedo se apoderó tanto de su cuerpo que se orinó. El ojo lo sentía caliente, le gritó que dejara de pegarle, pero él no paraba. “¡Para! No puedo ver con el ojo derecho”, inventó para detenerlo. Todo se detuvo.
Él preguntó si era en serio, le prometió que cambiaría, que todo iba a estar bien y le pidió que no lo dejara. Margarita respiró y sólo asintió. En su cabeza sólo había una idea: “Si no me voy, mañana me va a matar y qué va a ser de mis hijos”.
Decidió tomar a sus niños, papeles personales y dirgirse al registro civil, donde le dijeron que buscara ayuda en el Centro para el Adulto Mayor.
De ese lugar la mandaron al Centro de Apoyo a la Violencia Intrafamiliar (CAVI). Ahí conoció a una mujer que le salvó la vida.
En el CAVI le dijeron que le harían una evaluación para saber si era candidata para irse a un refugio, pero la presión por saber si presentaría una denuncia o no fue tan grande que comenzó a sentir que estaba haciendo todo mal. Esa noche durmió en un primer refugio.
Durante los primeros 10 días tenía el sueño recurrente de que él llegaba y la sacaba de ahí. El día 11 fue un cambio radical para ella. Cruzó las puertas del Espacio Mujeres para una Vida Digna Libre De Violencia, A.C. (EMU).
“Aquí renací. Recuperé la paz”, en su rostro se dibuja una sonrisa que antes no tenía. Después de comer una sola vez al día, ahora tiene tres comidas y dos colaciones. No sabía lo que era dormir en paz y ahora observa cómo sus pequeños incluso roncan por lo cansados que están.
Ahora la vida de los cuatro se rige por horarios y diferentes actividades que los ayudan a sanar las heridas. Ninguno puede salir. Afuera hay una amenaza constante para ellos. “Si no hubiera llegado al refugio, estaría muerta. Estoy segura, lo supe el día que sentí las tijeras”, dice Margarita.
Estos refugios son una segunda oportunidad para miles de mujeres que no tienen otra opción más que huir de lo que ellas consideraron en algún momento sus “hogares”.
La mañana del viernes 22 de febrero, la noticia de que la convocatoria pública para la asignación de subsidios para estos refugios estaba suspendida tomó por sorpresa a las representantes de los espacios. Horas después aclararon que el recurso estaba asegurado, pero el proceso administrativo para su asignación está en revisión para definir una estrategia que optimice los apoyos.
“No pensamos que esto pasaría (...), los refugios son un mecanismo para atender la problemática de violencia y el gobierno está obligado a dar esos recursos. Por eso es un subsidio, porque cumple una función. No es una cosa asistencialista de ‘tengo ganas de ayudar a las pobres mujeres’. Es un asunto de justicia y de salud”, asegura Marilú Rasso, directora ejecutiva de EMU.
Este año uno de sus proyectos es la remodelación y adaptación de la ludoteca, un pequeño espacio en el que le brindan a los niños todo lo necesario para que continúen con su aprendizaje y en el que intentan que no resientan tanto el no poder salir. El equipo estaba listo para mandar su propuesta al gobierno federal. Ahora está en pausa.
Los recursos del lugar se distribuyen de manera que cada mujer pueda vivir dignamente junto con sus hijos y que tengan un modelo de atención completa que las ayude a seguir adelante. Cada peso que reciben está auditado y claramente transparentado, asegura su directora.
Sin embargo, 70% de sus recursos viene de lo que les otorga Secretaría de Salud. Aún así, ellas están claras en su tarea: “No vamos a cerrar”, dice con toda seguridad Marilú, pero le preocupa que los refugios de los estados comiencen a hacerlo y las mujeres se queden sin protección.
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