“Soldados: A nombre de la patria os felicito y os doy las gracias por la defensa heroica que habéis hecho de esta hermosa ciudad, asilo de la libertad y residencia del Supremo Gobierno de la República. El enemigo que creyó intimidarnos con su mortíferas bombas, huye espantado de vuestro valor, de vuestra serenidad y de vuestra unión, huye cubierto de ignominia, porque lejos de abrirse paso asaltando las murallas que defendíais, sólo ha tenido el bárbaro placer de bombardear a la población inocente y destruir las propiedades de nacionales y extranjeros”.
Son palabras del presidente Benito Juárez García a los leales soldados del Ejército mexicano que defendieron con gran valor el puerto de Veracruz del ataque de los conservadores dirigidos por Miguel Miramón en marzo de 1860. Como se sabe, el mandatario mexicano vivió durante tres años en el primer puerto de América, defendiendo los intereses de la nación. Aquí nació una de sus hijas y aquí firmó las seis Leyes de Reforma.
Estas leyes, elaboradas en tierras jarochas, permitieron un gran salto de libertad, porque en esa época el Estado dependía de la hegemonía de la Iglesia Católica. Lo que Juárez hizo, fue sentar las bases para un país de mayores libertades. En general, las Leyes de Reforma pretendían separar las atribuciones políticas del Estado de las de la Iglesia, delimitando los espacios de alcance de cada uno, manteniendo relaciones cordiales, más no de influencia directa de uno sobre otro.
En Veracruz, el Presidente Juárez estableció su residencia en un edificio que se localizaba en la esquina de las actuales calles de Manuel Gutiérrez Zamora y Francisco I. Madero, a un par de cuadras del Zócalo y de la Catedral. Hasta la fecha ahí se encuentra una placa que hace alusión a ese hecho histórico. Cuentan sus biógrafos, Guillermo Prieto, entre ellos, anécdotas muy curiosas de su sencillez y humildad, de un hombre que nunca olvidó sus orígenes.
En una ocasión que fue hospedado en el puerto, cedió la habitación principal a otros invitados. Al amanecer se acercó a una persona del servicio para pedir agua para el baño matutino. La señora, sin conocerlo, le contestó: “¡Sírvase usted si quiere! ¡Yo no soy su sirvienta!”. El presidente obedeció. Más tarde, en el almuerzo, cuando la mujer reconoció que él era el Presidente no sabía qué hacer y Juárez sólo sonrío con ella y no tomó ninguna medida en su contra.
Benito Juárez García fue un gigante de su tiempo. De cuna humilde, como se ha dicho reiteradamente, fue escalando en la vida pública, gracias a su esfuerzo y se erigió siempre con defensor de la patria, frente a los intereses de los conservadores, ligados a la corona española.
Así lo expresó el gobernador veracruzano Rafael Murillo Vidal, en el prólogo a un libro fundamental, “Juárez en Veracruz”, del maestro José Luis Melgarejo Vivanco, editado por el Gobierno del Estado de Veracruz: “El pueblo guarda particular memoria del 4 de mayo de 1858, cunado el patricio comienza a organizar su gobierno en la ciudad de Veracruz. Desde aquí la nación se fecunda con heroísmo, con la plenitud de la conciencia republicana, con la creación de las Leyes de Reforma que cambian la estructura a las antiguas formas de la sociedad. Por tales hechos la vigencia de Benito Juárez no es discutible; sus actos y la prueba resistida del tiempo lo colocan entre las figuras centrales de los mexicanos”.
Licenciado en Derecho por la Universidad de Xalapa, Veracruz.
Noticias según tus intereses
[Publicidad]
[Publicidad]











