Desde limosinas presidenciales hasta disturbios, así fueron las tomas de protesta en México

A propósito de la toma de propuesta de Andrés Manuel, EL UNIVERSAL hace un recuento de las tomas de protestas más emblemáticas

Desde limosinas presidenciales hasta disturbios, así fueron las tomas de protesta en México
(FOTO: ARCHIVO EL UNIVERSAL)
Nación 01/12/2018 03:25 Juan Arvizu Actualizada 03:25
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La rendición de protesta del Presidente de la República, de 61 palabras, esencia del ritual de la asunción al poder Ejecutivo, se ha mantenido sin cambio alguno desde hace un siglo y es piedra angular del régimen presidencial fundado en la Constitución.

Desde Lázaro Cárdenas del Río, quien encabeza el primer sexenio, la ceremonia de transmisión del mando ha registrado el sello de su época, del mandatario entrante y del momento político del país.

Los militares (Cárdenas y Manuel Ávila Camacho) dieron paso a los civiles; la alternancia (2000, PAN; 2012, PRI, y 2018, Morena), señala cambios de época, de fuerzas en el Congreso de la Unión, ante cuyas cámaras el Presidente, principal figura del régimen,  abre su periodo de gobierno.

Si Andrés Manuel López Obrador, primer Presidente de la República de izquierda viaja en un carro austero, Lázaro Cárdenas del Río descontinúa la vestimenta de gala y quita solemnidad al ritual, y rinde protesta enfundado en un traje de calle negro, hace 84 años.

Aquél día en que Cárdenas y su antecesor, Abelardo L. Rodríguez, entran juntos al Estadio Nacional (hoy multifamiliar Miguel Alemán) y luego el ex presidente acompaña a su sucesor, grupos populares festivos, se vuelcan a las calles en celebración del ascenso de quien llaman Tata Lázaro. Una débil señal de radio difunde la ceremonia.

En otros cambios de sexenio se utilizan lujosas limosinas presidenciales para el primer recorrido del jefe del Estado a través de vallas populares y escoltas de cadetes del Colegio Militar que dan tintes imperiales a la ruta de la sede del Congreso a la Puerta de Honor del Palacio Nacional.

De la institucionalidad entre presidentes del mismo partido que se pasan la estafeta, en los ochentas el salón de sesiones se vuelve espacio de protesta de la oposición.

Y de los discursos de toma de posesión en los que la clase política en el siglo 20 tributa aplausos al nuevo Presidente, la ceremonia se degrada en el conflicto.

En 1988, hay disturbios en el Zócalo, con Carlos Salinas de Gortari; la oposición abandona el pleno, en apoyo a Cuauhtémoc Cárdenas; en 2006, Felipe Calderón Hinojosa (PAN) entra por una puerta trasera al recinto en San Lázaro, en medio de la sorpresa general y en instantes rinde protesta, se cruza la banda presidencial, se canta el Himno Nacional y sale a las calles en las que campea la tensión política, y en 2012, la violencia anarquista saluda el ascenso de Enrique Peña Nieto.

La toma de posesión de Andrés Manuel López Obrador será la décima quinta, desde Cárdenas del Río, que se lleva a cabo con puntualidad institucional en periodos de seis años, con tres partidos políticos en el poder: PRI (12 mandatos), PAN (dos), y ahora Morena. 

Pasan los tiempos de desfiles militares, en honor del Presidente; también deja de realizarse (Ernesto Zedillo, 1994) la salutación en Palacio Nacional, momento en el cual el mandatario recibe los parabienes de gobernadores, líderes políticos, religiosos y de sectores.

La Cámara de Diputados en Donceles, el Auditorio Nacional, Palacio de Bellas Artes y el Palacio Legislativo de San Lázaro, como en su momento lo fue el Estadio Nacional, han sido recintos del Congreso General, ante el cual, en sesión solemne, el Presidente rinde protesta. 

De pie, en tribuna acompañado por las mesas directivas de las cámaras de Diputados y Senadores y su antecesor, quien porta  la banda presidencial sobre el saco, de pie el Presidente alza el brazo derecho y rinde la protesta que lo inviste:

“Protesto guardar y hacer guardar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y las leyes que de ella emanen, y desempeñar leal y patrióticamente el cargo de Presidente de la República que el pueblo me ha conferido, mirando en todo por el bien y prosperidad de la Unión; y si así no lo hiciere que la Nación me lo demande”.

El presidente del Congreso recibe la banda presidencial de manos del mandatario saliente, la entrega al Presidente de la República quien la cruza al pecho y la abrocha abajo de la cintura con auxilio de un colaborador.

Y esta vez, el Presidente de la República, investido jefe de Estado, dirigirá un mensaje al Congreso de la Unión que, sin duda, buscará señales del porvenir, porque tampoco ha cambiado que el régimen político es presidencial, y es la autoridad mayor del Estado.

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