En años anteriores, la Plaza Garibaldi era el epicentro de la fiesta, los meseros no se daban abasto en los restaurantes y los mariachis tocaban canciones a las familias que se reunían y coreaban Las Mañanitas. Esta vez, en el Día de las Madres, una de las tres festividades más esperadas, Garibaldi lució sola.

Para los mariachis, cuenta Guadalupe Sánchez, de 35 años, quien toca el guitarrón en el conjunto Amanecer de México, hay tres fechas que para la mayoría de los mexicanos son de fiesta y para los músicos de mucho trabajo: 15 de septiembre, cuando se celebra la Independencia; 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe, y el 10 de mayo.

Ella también es madre de familia, pero prefiere pasar su día trabajando aunque su ingreso se haya reducido considerablemente en comparación con lo que obtenía en otros años, cuando llegaba a los 2 mil 500 pesos por noche. En esta ocasión, sólo ha juntado 350 pesos.

“Ahora sí no hubo nada, ha estado muy tranquilo. Le doy gracias a Dios que hay trabajo, aunque sea poquito nos ayuda para los pañales y la leche”, contó.

Garibaldi es un punto casi obligado para turistas extranjeros y nacionales que visitan la Ciudad de México. Al pasar frente a la plaza por las noches, era común ver a los músicos ataviados con el traje tradicional. Los fines de semana, su ubicación, el Eje Central y Reforma, se convertía en un cuello de botella generado por el retén del alcoholímetro. Ahora, la emergencia sanitaria se lo ha llevado todo: la fiesta, las canciones y los ingresos para los mariachis.

Algunas familias salieron a dar la vuelta a pesar de las restricciones sanitarias, como es el caso de Blanca Lilia Guzmán, su hija y su esposo, quienes llegaron en Metro hasta Garibaldi. En otros años, el 10 de mayo lo celebraban comiendo en algún restaurante. Este ha sido diferente: el Covid-19 barrió con los ingresos que obtenía del puesto de regalos y refrescos preparados que tenía en la puerta de su casa y a su esposo le recortaron su salario a 2 mil pesos quincenales. Al contar su historia, a Blanca le ganó la tristeza y se le quebró la voz. En medio de su relato se detuvo un momento, se retiró su cubreboca y se limpió las lágrimas, que ya le llegaban hasta el cuello.

A pesar del desánimo y de no tener recursos para celebrar, decidieron salir de casa y pasar por Garibaldi, a ver si de suerte les tocaba escuchar alguna serenata: “Aprovechamos un ratito para salir a dar la vuelta, ya tenemos mucho tiempo encerrados y seguimos trabajando día con día (...) Está triste, son fechas especiales y nosotros… sin trabajo”.

Ayer, en un recorrido que hizo EL UNIVERSAL, se pudo observar que en la plaza sólo había unas cuatro personas en situación de calle y los integrantes de dos conjuntos musicales que buscaban clientes; los mariachis esperaban con sus instrumentos guardados en sus fundas que alguien pasara a pedirles una serenata, dispuestos a tocar canciones hasta la puerta del coche.

Gustavo Ruiz, músico por más de 20 años, considera que el coronavirus representa un reto a la creatividad, por eso diseñó una alternativa para seguir llevando gallo, mediante serenatas por videoconferencia.

“Estamos cobrando mil 300 pesos por cinco canciones, ya si vemos que está bueno el ambiente, les tocamos una canción de pilón. Está a buen costo para no arriesgarse ni salir de sus domicilios”, comentó.

Si en otros años las filas para entrar a los restaurantes daban vueltas a las cuadras y el tiempo de espera podía sobrepasar la hora, en esta ocasión, a las cuatro de la tarde los restaurantes están cerrados. Sólo unos cuantos ofrecían servicio a domicilio, pero ni con esa estrategia pudieron recuperar las ventas.

“A esta hora estábamos en 65% de afluencia en el restaurante”, contó una empleada del Potzollcalli mientras empaquetaba órdenes de comida para llevar: “Hoy hemos tenido un 15% de ventas, como máximo”.

Mientras platicaba una patrulla de la Secretaría de Seguridad Ciudadana recorría la calle, en el altavoz llevaba una grabación en la que alertaba los riesgos de contagio.

Al visitar dos panaderías sobre el Eje Central, entre Tlatelolco y la colonia Morelos, se observaron filas de al menos 20 personas.

Los clientes esperaban en la fila a una distancia de un metro, los trabajadores les colocaban gel antibacterial. Afuera, comerciantes les ofrecían flores y dulces. Muchos acudieron a comprar un pastel, pero a otros el dinero no les alcanzó.

Lo importante del día, reflexionó Alejandro, de 27 años, empleado de una cadena de cines que no tuvo dinero para comprarle un pastel a su mamá, era estar juntos y, sobretodo, conservar la salud.

“El año pasado hubo mariachis, pastel y hasta más. Es mejor estar ahorita en familia, aparte no hay tanto dinero, pero estamos juntos y tenemos salud, eso es lo importante”, reflexionó.

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