César Manuel González Hernández, originario de Tlaxcala, llegó a la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa luego de experimentar en carne propia la pobreza y la desigualdad.

Con tan solo 21 años de edad se volvió maestro del Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe) y trabajó en varias comunidades marginadas, donde los niños y niñas hacían el intento de estudiar hasta que el hambre los hacía buscar un empleo.

“Sí quiero estudiar, ya entendí que la vida está canija”, dijo César a sus padres una tarde como cualquier otra, con las tripas rugiendo porque el Conafe no lo apoyaba con sus alimentos y la población donde trabajaba no tenía nada para compartirle.

Fue así como decidió presentar su examen de admisión para la escuela ubicada en Iguala, Guerrero; el objetivo era seguir su preparación como docente y fomentar la educación en los poblados más necesitados.

Para acudir a la Normal de Ayotzinapa, César abandonó su estado natal. “¿Qué son cuatro años, mamá? Vas a ver que se pasan de volada”, expresaba el joven cuando le cuestionaban por qué se iba tan lejos.

Hilda Hernández Rivera, madre de César, comparte que después de que su hijo se fue a Guerrero jamás lo volvió a ver. La última vez que lo abrazó fue cuando lo acompañó a la central de autobuses del sur de la Ciudad de México para que tomara su camión.

En aquella ocasión, Hilda se aguantó las lágrimas, a pesar de que le dolía ver cómo el último hijo que vivía con ella se iba de la casa. “¿Qué son cuatro años?”, se repetía para aminorar el golpe de la despedida.

No sólo era ella quien echaba de menos a César, también sus amigos de la comunidad se preguntaban cuándo volvería.

“Mi hijo es una persona muy alegre, carismático, muy amiguero de chicos y grandes, tenía amigos de cuatro años que lo iban a buscar a mi casa. Nunca me dio un disgusto, era una persona muy obediente a pesar de que ya estaba grande, cuando salía nos pedía permiso y siempre le dábamos una hora de llegada”, asegura su madre.

Por todos estos motivos sigue sin explicarse por qué entre el 26 y 27 de septiembre del 2014 su hijo fue víctima de una desaparición forzada en la que habrían participado integrantes del grupo delictivo Guerreros Unidos y policías municipales de Iguala.

“Por qué le pasa esto a personas buenas que quieren tener una mejor calidad de vida, que quieren superarse y ayudar en lo que más puedan. Uno los cuida con tanto amor desde que nacen hasta que crecen y te los vienen a arrebatar, es algo muy injusto”, se lamenta.

César es uno de los 43 normalistas por los que México se paralizó hace cinco años, al mismo tiempo el delito del que fue víctima se convirtió en la bandera con la cual miles de personas salieron a la calle para exigir más seguridad y menos impunidad.

“¡Ni uno más!”, gritaban las personas en las marchas, mientras los padres de los estudiantes batallaban para recibir una explicación sobre el paradero de sus hijos.

A un lustro de haberse registrado los hechos, Hilda recrimina que la única respuesta por parte de las autoridades ha sido la criminalización hacia los muchachos, quienes fueron señalados por pertenecer a un grupo rival de los Guerreros Unidos.

Y aunque reprocha que la labor de la anterior administración, ahora confía en que el equipo del presidente Andrés Manuel López Obrador podrá averiguar el paradero de los estudiantes.

“Se nos abre otra puerta y esperanza con el señor Alejandro Encinas (subsecretario de Derechos Humanos de la Secretaría de Gobernación) de poder llegar a esclarecer dónde están nuestros hijos, sabemos que hay obstáculos que no nos dejan avanzar, pero parece que ahí vamos, vamos a seguir insistiendo”, dice Hilda.

Por último, agrega que esta confianza en la actual administración se podría agotar si no dan resultados pronto.

“El dolor y el coraje siguen latentes, no se quitará hasta que sepamos de nuestros hijos. El amor que le tenemos a ellos es lo que nos motiva a seguir con la exigencia de presentación con vida de nuestros muchachos”, concluye.

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