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Miami.— México ocupa un lugar central en la historia de la libertad estadounidense. La relación entre ambos países nació en el territorio de la Nueva España. Migrantes y economía han sido, y seguirán siendo, temas clave.
La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos recuerda que millones de personas se identifican hoy como inmigrantes mexicanos o mexicoamericanos y que algunos mexicanos vivían en las regiones del sur y del oeste de la Unión Americana “siglos antes de que Estados Unidos existiera”.
California, Nuevo México, Arizona, Nevada, Utah, Texas y partes de Colorado pertenecieron a un mundo hispano-mexicano que Estados Unidos incorporó después mediante guerra, tratados, compras y ocupación.
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México fijó en 1829, cuando aún conservaba la mitad de su territorio, una frontera moral frente al régimen esclavista estadounidense moral frente al régimen esclavista estadounidense. El presidente Vicente Guerrero decretó la abolición de la esclavitud el 15 de septiembre de ese año. Estados Unidos seguía proclamando libertad política mientras sostenía la esclavitud legal en buena parte de su territorio.
La frontera sur se convirtió en camino de escape para esclavos que huían de Texas y de otros territorios del sur estadounidense. El Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos recoge el testimonio de Felix Haywood, quien había sido esclavizado en Texas: “Sabíamos que podíamos ser libres tan pronto como cruzáramos el río Grande”. La ruta hacia México demuestra que la libertad de miles de personas también estuvo al sur; “México significó para esos hombres y mujeres sin refugio real frente a la esclavitud estadounidense”, dice a EL UNIVERSAL el historiador y académico Daniel Álvarez.
La guerra entre México y Estados Unidos, entre 1846 y 1848, abrió el camino a la expansión continental estadounidense, a la fiebre del oro en California, al despojo indígena y a la crisis política que desembocó en su propia Guerra Civil. El Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado el 2 de febrero de 1848, consolidó la derrota mexicana y transformó el mapa de EU.
Los inicios del siglo 20 marcaron otro punto de inflexión en la relación México-EU y dejaron clara la importancia de los migrantes. La Revolución Mexicana, las guerras mundiales, la demanda laboral estadounidense y la expansión agrícola e industrial impulsaron una gran movilidad. Entre 1910 y 1930 el número de inmigrantes mexicanos contados por el censo estadounidense se triplicó, de 200 mil a 600 mil; historiadores aseguran que la cifra real probablemente fue mucho mayor.
La Gran Depresión mostró el carácter utilitario de la política migratoria estadounidense: Los mexicanos y mexicoamericanos enfrentaron una amenaza adicional durante los años treinta, la de la deportación. “El gobierno llevó a cabo repatriaciones a México mientras crecía la hostilidad contra trabajadores inmigrantes”, señala Álvarez; explica que muchos fueron engañados o coaccionados “para aceptar la salida de territorio estadounidense”; ciudadanos estadounidenses de origen mexicano también fueron expulsados por sospecha racial. EU había reclutado trabajo mexicano en años de expansión y lo convirtió en carga expulsable en años de crisis.
La Segunda Guerra Mundial reactivó la necesidad estadounidense de trabajadores mexicanos. El Programa Bracero comenzó en 1942 para cubrir escasez de mano de obra en agricultura y ferrocarriles. Sin embargo, desde entonces, distintas administraciones de EU, incluyendo la actual del presidente Donald Trump, han mostrado su renuencia a permitir el creciente flujo migratorio, hasta llegar a la política de deportaciones masivas que se ve en la actualidad.
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Estados Unidos y México son hoy países interdependientes. La economía es un claro ejemplo.
En 2024, el comercio bilateral de bienes y servicios alcanzó alrededor de 935 mil 100 millones de dólares; en 2025, sólo el comercio de bienes llegó a 872 mil 800 millones. México fue la principal fuente de importaciones estadounidenses y el segundo destino de sus exportaciones. La integración productiva cruza automóviles, electrónica, dispositivos médicos, textiles, alimentos, energía y manufactura. El T-MEC se convirtió en uno de los acuerdos comerciales más grandes a nivel mundial, aunque Trump ha puesto su futuro en duda.
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