*Fernando Carrera
Esta semana, se está celebrando la Cumbre de los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS), en el marco de la Asamblea General de las Naciones Unidas. La cumbre reúne a los y las líderes del mundo para volver a encaminar al mundo hacia un futuro más verde, más limpio, más seguro y más justo para todos.
Los 17 ODS se adoptaron por los gobiernos y la comunidad internacional en 2015, prometiendo no dejar a nadie atrás. Incluyen poner fin a la pobreza extrema y el hambre, garantizar el acceso a agua potable y saneamiento, así como a energía verde, y brindar educación universal de calidad y oportunidades de aprendizaje permanente, hasta el año 2030.

A solo siete años para cumplir con esta ambiciosa agenda, sólo el 15 por ciento de las metas de los ODS van por buen camino. Alrededor de la mitad están moderada o gravemente retrasados, y más de un tercio no ha visto ningún movimiento o ha retrocedido por debajo de la línea de partida de 2015.[1]
La garantía de una educación de calidad, inclusiva y equitativa es uno de los 17 ODS y además es una pieza clave para acelerar todos los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible. Por ejemplo, invertir en educación contribuye a producir mejores ingresos, crecimiento económico, reducción de la pobreza y desigualdad y se relaciona con mejor salud, estabilidad política y cohesión social.
El Objetivo de Desarrollo Sostenible 4 (ODS 4) abarca, además de temas de calidad, inclusión y equidad, una amplia variedad de cuestiones educativas como acceso, desarrollo de habilidades para la ciudadanía global y el desarrollo sostenible durante el ciclo de vida, alfabetización, dominio de la aritmética, calidad de instalaciones educativas, capacidades docentes, financiamiento, etc.
Aunque se han registrado avances importantes en temas de educación, la comunidad internacional aún enfrenta grandes desafíos en este terreno. De hecho, el logro de las metas del ODS 4 hacia el 2030 se percibe lejano en un mundo en el que el cierre prolongado de las escuelas durante la pandemia de COVID-19 generó la mayor crisis educativa de la historia, aumentando desafíos y brechas preexistentes, especialmente los niños, niñas y adolescentes en condiciones de pobreza y vulnerabilidad.
La pandemia develó además grandes disparidades entre naciones y, particularmente, entre diferentes grupos de escolares y estudiantes en un mismo país. Un informe conjunto de UNICEF, UNESCO, el Banco Mundial y otros señala que los cierres de escuelas prolongados, la escasa eficacia de las medidas de mitigación y las alteraciones en los ingresos de los hogares tuvieron el mayor impacto en la pobreza de aprendizajes en América Latina y el Caribe: el 80 % de los niños y niñas en edad de terminar la escuela primaria no pueden comprender un texto simple, cifra superior a la tasa de alrededor del 50 % registrada al nivel regional antes de la pandemia.[2]
México no está exento de esta situación; según un informe de la Comisión Nacional de la Mejora Continua de la Calidad Educativa (MEJOREDU, 2023), 58.8% de estudiantes de 4º básico obtuvieron menos de 40% de aciertos en lectura en la Evaluación diagnóstica del aprendizaje de las y los alumnos de educación básica 2022-2023.[3]
Esta crisis está teniendo un impacto devastador en el presente y el futuro de las niñas, los niños y adolescentes, pues carecer de esas habilidades fundamentales tiene implicaciones muy negativas para sus vidas, las de sus familiares y el desarrollo de sus comunidades.
A nivel internacional, esta situación no sólo priva a la niñez y adolescencia de su derecho a una educación de calidad y a un presente y un futuro mejores; priva a los países de una futura fuerza laboral calificada y arriesga la prosperidad, paz y productividad compartidas. De acuerdo con estimaciones del Banco Mundial, de no tomarse medidas urgentes, esta crisis de aprendizaje le costará a la generación actual unos 21 billones de dólares en ingresos futuros.
En resumen, urge recuperar las pérdidas de aprendizaje y reforzar los compromisos internacionales con la educación como derecho humano y bien público global y acelerar el avance hacia la consecución del ODS 4, pero urge también reflexionar colectivamente sobre el futuro de los sistemas educativos y cómo podrían evolucionar para acompañar y apoyar la transformación de las sociedades para el 2030 y más allá.
Con esa mira, la ONU convocó en 2022 la primera Cumbre para la Transformación de la Educación (TES, por sus siglas en inglés) para situar el tema en la cima de la agenda política mundial, movilizar a la acción, solidaridad y búsqueda de soluciones, y recuperar así el terreno perdido como consecuencia de la pandemia, un esfuerzo que ha permitido re-imaginar la educación para hacer frente a los retos del siglo XXI.
A un año de la TES, en el marco de la Cumbre de los ODS, se volvió a recordar a los gobiernos y la comunidad internacional de los compromisos adoptados en 2022, enfatizando que para encaminarse hacia el logro del ODS 4 se requiere invertir más y mejor en la educación y volver la mirada hacia las poblaciones más vulnerables y hacia los aprendizajes fundamentales, para hacer frente a la crisis global de aprendizajes. Según Katherine Russell, Directora Ejecutiva de UNICEF, “La educación de calidad es la inversión más importante que un país puede hacer para su futuro y su gente.”
El Compromiso para la Acción sobre el Aprendizaje Básico – una de siete iniciativas mundiales presentadas en la Cumbre– ofrece una valiosa hoja de ruta hacia esa meta, no imposible, de una educación de calidad, inclusiva y equitativa:
• Tomar acciones urgentes y decisivas para garantizar que todas las niñas y los niños, especialmente los más marginados, logren los aprendizajes básicos necesarios para desarrollar todo su potencial.
• Reducir a la mitad, para el 2030, el porcentaje global de niñas y niños que no son capaces de leer y comprender un texto simple a la edad de diez años, compromiso imprescindible para alcanzar el Objetivo de Desarrollo Sostenible 4 en cada país.
• Garantizar la recuperación y aceleración de aprendizajes, trabajando de inmediato para alcanzar una matriculación y permanencia escolar del cien por ciento, particularmente en el caso de niñas en condiciones de alta vulnerabilidad, incrementando el acceso a programas de recuperación de aprendizaje con servicios adaptados a sus niveles actuales, apoyando a las y los maestros y brindándoles las herramientas necesarias, además de garantizar la salud, nutrición y bienestar psicosocial de toda la comunidad escolar.
• Cerrar las brechas de recursos en el sector educativo por medio de un financiamiento más amplio, eficiente y equitativo, y aprovechando tecnologías y realizando reformas clave para progresar de manera efectiva con los aprendizajes básicos.
Para lograr una aceleración amplia y sostenida del aprendizaje, estas intervenciones a corto plazo deben
implementarse a escala, y esta implementación debe ser parte de una estrategia nacional de reformas a largo plazo.
La fórmula ya ha sido identificada. Colaboremos entre todos para ponerla en práctica en México y el mundo.
*Representante de UNICEF en México
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[1] https://news.un.org/en/story/2023/09/1140852
[2] The State of Global Learning Poverty. 2022 Up-date https://thedocs.worldbank.org/en/doc/e52f55322528903b27f1b7e61238e416-0200022022/original/Learning-poverty-report-2022-06-21-final-V7-0-conferenceEdition.pdf
[3] https://www.mejoredu.gob.mx/images/Informe_diagnostica.pdf