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Los cubanos necesitan un cambio; quieren ver fuera del poder a Miguel Díaz-Canel y todo lo que representa. Pero lo que ellos quieren y necesitan, y los planes de Donald Trump —cualesquiera que sean— son dos cosas muy distintas.
La acusación contra Raúl Castro evidencia que Trump —o Marco Rubio, principal promotor de las acciones contra el régimen cubano— tiene muy claro lo que Castro representa para los cubanos. Por eso se fueron contra el expresidente, por un hecho ocurrido hace décadas, y no por el actual mandatario, Miguel Díaz-Canel, de quien Estados Unidos sabe que no pinta ni tiene lugar en una negociación, excepto para dar un paso al costado.
Capturar a Castro le daría a Washington un triunfo simbólico, similar a lo que ocurrió cuando atrapó al presidente venezolano, Nicolás Maduro, para llevarlo a enfrentar la justicia estadounidense.
Para los cubanos, que un Castro enfrente la justicia, aunque sea en EU, que finalmente pague después de todo lo que él y su hermano, el fallecido Fidel, los hicieron padecer, es una noticia bienvenida. Pero a Trump le importan poco los cubanos. Quiere llevar ante la justicia a Castro para satisfacer a su base cubana, al exilio que lleva años pidiendo que EU intervenga para lograr un cambio de régimen en la isla.
Lo habrá. El régimen de Díaz-Canel es insostenible. Y no sólo por la presión y el bloqueo estadounidenses. El gobierno lleva años cavando su propia tumba, y es insostenible. No tiene futuro. La muestra más clara de ello es que, a pesar de saber que el gobierno de Trump iría evidentemente contra su abuelo, a quien además se supone está encargado de proteger, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, El Cangrejo, es el interlocutor estadounidense, el que está negociando con Washington lo que se viene.
Pero eso que se viene, lo que sea, con Estados Unidos detrás, no es democracia, no es justicia para el pueblo cubano. Como no lo fue para el venezolano. Rodríguez Castro es el Delcy Rodríguez, versión cubana.
Estados Unidos decidió ahorcar al régimen prohibiendo el envío de crudo a Cuba. Pero el pagano ha sido el pueblo cubano. El que vive sin luz, sin gasolina. El que no consigue alimentos, ni medicinas.
El gobierno de Trump está trabajando también para frenar a sus dos grandes enemigos en la isla: China y Rusia. Y éstos, a su vez, se lanzan contra Washington, no en defensa de los intereses cubanos, sino de los suyos, de mantener su influencia en un lugar tan estratégico como lo es Cuba.
Igual que los venezolanos, los cubanos esperan un cambio de régimen, como sea, pero ya. Lo habrá, y el fin del castrismo será recibido con fiesta. De eso, a pensar que será un giro a favor de la libertad, de los derechos de los cubanos, hay un Trump de diferencia.
Al mandatario republicano no le importa dejar de lado a la oposición cubana, a los jóvenes, al pueblo. Por eso negocia con El Cangrejo. Por eso, el sistema que gobierne en Cuba le tiene sin cuidado, siempre que lo beneficie.
Una democracia no se impone desde fuera. Menos si moviendo los hilos está un personaje como Trump.
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