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Los tatuajes del siglo pasado

Los tatuajes son casi tan antiguos como la humanidad misma; sin embargo, aún existen tabúes por su uso. A pesar de que se piense que su aceptación es muy reciente, en la década de los años veinte eran comunes, incluso entre la alta sociedad
Tatuajes en la Penitenciaría
12/06/2019
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Texto: Patricia Plata Cruz
Diseño web: Miguel Ángel Garnica
 

La historia del tatuaje se remonta hasta los inicios de la humanidad misma. Ejemplo claro de esto es Ötzi, el hombre de hielo. Un cazador momificado que falleció hace más de 5 mil 300 años. Existen pruebas de que llegó a tener más de 57 tatuajes.

Desde asirios, fenicios y tracios, todos usaban tatuajes. Por ejemplo, en Egipto, los tatuajes se realizaban con el fin de atraer protección para demostrar valentía.

El tatuaje moderno llegó al mundo occidental por allá del siglo XVIII con los marineros ingleses y holandeses que en sus expediciones convivían con tribus nativas polinesias, cuya práctica de tatuar era común y los navegantes la adoptaron ya siendo tatuados o volviéndose tatuadores.

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 Las tribus oceánicas, africanas y americanas se tatuaban todo el cuerpo desde épocas ancestrales. Fotografía de El Universal Ilustrado.

Aunque en América, los tatuajes ya existían en las culturas precolombinas, sobre todo entre los mayas y chichimecas, su significado y uso era meramente ritual y religioso. También eran una forma de representar símbolos de identidad étnica o alto estatus social.

Ejemplo de esto son algunas momias encontradas una en Comatlán, Oaxaca, con los brazos tatuados de líneas negras y azules y otro par en la Cueva de la Candelaria, Coahuila, también con líneas, puntos y bandas de color negro en brazos y piernas.
 

El tatuaje como identificación de prisioneros

La idea de tatuar a los prisioneros nació en Grecia, ya que servía para identificarlos. Las técnicas que usaban fueron aprendidas de los persas. Autores como Platón afirmaban que los tatuajes eran una forma de castigo, él insistía que a los culpables de sacrilegio debían de tatuarlos y expulsarlos de la ciudad.

Posteriormente, los romanos copiaron esta costumbre de tatuar a los miembros de su ejército, ya que la mayoría eran mercenarios, y así poder identificar a los desertores. Los dibujos para hacer los tatuajes a veces se imprimían con un molde de madera y polvo de carbón.

En el libro Epítome de la ciencia militar, de Flavio Vegecio Renato se dice que “los reclutas debían ser marcados con la aguja que tenía el emblema oficial de la legión, tan pronto como fueran admitidos en el ejército”.

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La impresión del tatuaje dice: General M.G.M., el rostro de un hombre y la frase de la Unión. Fotografía de El Universal Ilustrado. 1925

Durante los primeros años del siglo pasado, al tatuaje se le seguía considerando como exclusivo de sectores poco industriosos e ignorantes. Aunque este estigma duró casi un siglo, todavía en la década de 1980, se seguía considerando al tatuaje como una práctica de desviados, anormales y criminales.

En las prisiones de finales del siglo XIX, el método para tatuar era rayar con la punta de la aguja la piel para señalar donde se haría la incisión, se aplicaba carbón finamente pulverizado y humedecido con agua, después se picaba la piel hasta que saliera la sangre y en seguida se golpeaba con la mano para que penetrase la tinta. La herramienta consistía en dos astillas de madera de 3 o 4 cm, en las cuales se colocan de 3 a 5 agujas delgadas, separadas por una distancia de 2 mm.

Para lograr los tatuajes, existían dos técnicas, el método directo y la calca. El directo consistía en pintar la figura en la piel con tinta común, para fijarla, antes de que se secara, se introducían las agujas oblicuamente en la piel, que penetraban el líquido por capilaridad, después se frotaba la parte “picada” con un exceso de tinta para que penetrase más tinta en los piquetes.

Mientras que en el proceso de calca, se hacía el dibujo en un papel, se humedecía y se adhería a la piel, el diseño se picaba con una aguja gruesa en contorno de la figura hasta que penetrase en la piel. Posteriormente, el papel se despegaba, pero los puntos sangrantes ya tenían la marca, después la piel se frotaba con polvo de carbón para que penetrara en los piquetes ya hechos.

Terminado el trabajo, el tatuador lavaba la superficie con el líquido más cercano que tuviera, ya fuera agua, saliva u orines. En cuanto a los materiales que se usaban para pintar, los más comunes eran tinta china o carbón pulverizado en agua, pocas veces en las prisiones o cuarteles se usaban el añil, colores fucsia y bermellón.

En 1925, la revista semanal EL UNIVERSAL ILUSTRADO acudió a la cárcel municipal de Tacubaya, donde se encontró a varios reos que se vanagloriaban de llevar verdaderas obras de arte impresas en sus cuerpos. Cada tatuaje tenía su historia, desde nombres de enamoradas, hasta la lista de sus enemigos, incluidas frases de vida.

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“El poder de Dios me valga y la fuerza de la fe” se leía en el pecho de este prisionero. Fotografía de El Universal Ilustrado

En ese entonces, el precio por tatuaje dentro de la cárcel era de 1 peso en San Juan de Ulúa, Veracruz. Al preso que le cobraron este precio, se le dijo que su tatuaje era un santo, cuando realmente era un diablo con cuernos chuecos y sus compañeros reos guardaron el secreto durante un año.

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Tatuaje penitenciario hecho en San Juan de Ulúa. Fotografía de El Universal Ilustrado

Avelino Cigala, otro de los reos de la cárcel de Tacubaya, mencionaba que el procedimiento para realizar los tatuajes era que dos agujas finas entrasen en el mismo lugar, una de ellas rompe la carne, mientras que la otra inserta una diminuta gota de tinta. El método era usado sin electricidad.

El dibujante estira la piel de su víctima y después pega con engrudo un papel, donde previamente se ha dibujado el tatuaje, después, las agujas siguen la línea de puntos y en unas horas en trabajo queda hecho.

Los tatuajes eran comúnmente usados entre soldados y prisioneros. En los soldados era usual que se les hiciesen en el cuartel, mientras que para algunos soldados antes prisioneros, en la cárcel.

Una de las principales diferencias entre los tatuajes de ambos era que, de los corazones dibujados en la piel, el de los soldados se atravesaba con un puñal, mientras que el de los delincuentes con una flecha.

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En Europa, los artesanos, campesinos soldados y marineros se tatuaban distintivos de su profesión, mientras que en México tenían significados de amor, o en este caso, venganza. Fotografía de El Universal Ilustrado.

Los tatuajes más comunes entre los reos eran animales, frases y nombres o iniciales de sus amadas, mientras que en los soldados eran más de estilo decorativo y tenían tatuadas algunas insignias militares. También símbolos religiosos como cruces e igualmente nombres e iniciales.

En tanto que Roberto Candia, o “Don Tito”, conocido tatuador, menciona que durante su estancia en Lecumberri en la década de los años 70, los tatuajes más comunes eran el nombre de la madre, las manos del perdón o la cara de Jesucristo. También recuerda que la imagen de la Santa Muerte se volvió tendencia en los 90.
 

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Hasta inicios de 2019, todavía estaba prohibido para los aspirantes a ingresar a las Fuerzas Armadas tener cualquier clase de tatuaje, pero en marzo, para apegarse al acuerdo de no discriminación, se autorizó que las personas tatuadas podían enlistarse, siempre y cuando sus tatuajes no fuesen ofensivos, no visibles con el uniforme puesto y no debían de pasar las medidas de 10 x 10 centímetros.
 

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El tatuaje en las clases altas

Durante 1890, todavía se consideraba que el tatuaje era una indumentaria propia de delincuentes, soldados, marinos y prostitutas. Estas últimas por lo regular llevaban grabados los nombres de sus amantes en lugares como espalda, senos y brazos. También se pintaban “granos de belleza” que no eran más que lunares falsos en la comisura de los labios, mejillas o cerca de la apertura de los ojos. Esto lo hacían introduciéndose un alfiler con una masa de hollín de cocina y grasa. Esto según el libro Los Tatuages. Estudio psicológico y médico-legal en delincuentes y militares, de 1890.

Pero fue en los años veinte del siglo pasado cuando los tatuajes se reinventaron para la sociedad. Todo empezó cuando un empresario de nombre Arturo Hammerstein tuvo una brillante idea, comenzar a pintar las piernas de las actrices de Hollywood para así poder ahorra dinero en comprar medias de seda.

A partir de eso, esta costumbre de simular tatuajes en las piernas se volvió común entre las actrices, tiples y las muchachas de clase alta. Aunque entre los mexicanos era casi exclusiva de marinos, soldados y reos. Los tatuajes más populares eran las áncoras (anclas), corazones, cupidos, serpientes y dragones.

En algún momento también se utilizaron con fines estéticos en el rostro de las mujeres, por ejemplo, nivelar el tono de piel, poner colorete en las mejillas, pero principalmente se pintaban las piernas.

Estas actrices popularizaron la práctica de las piernas tatuadas, gracias al pintor francés Charles Le Maitre, pero solamente se les hacían dibujos con tinta china que duraba a lo mucho una semana.  

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Las actrices hollywoodenses ahorraban dinero pintándose las piernas en vez de comprar medias de seda. Dibujo de El Universal Ilustrado.

En EL UNIVERSAL ILUSTRADO se leía respecto al tatuaje “es una regresión psicológica que se confunde con el tatuaje de los hombres primitivos y de los salvajes oceánicos”.

En la primera década del siglo pasado, incluso el archiduque Francisco Fernando, cuyo asesinato marcó el inicio de la Primera Guerra Mundial, tenía como tatuaje una serpiente.

Esta práctica se volvió común también entre la gente de alta sociedad y de la nobleza quienes tenían sus propios tatuadores.

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Brazo del americano Glynn, prisionero durante 1921 en la Penitenciaria de la capital mexicana. La flor representaba a su padre muerto y el ancla es recuerdo de cuando fue marinero. Fotografía de El Universal Ilustrado.

En 1933, EL UNIVERSAL ILUSTRADO publicó una entrevista con un tatuador inglés, de quien no mencionaba su nombre y quien decía que el alfiler de tatuar es tan fino que el ojo humano no puede verlo. Ya no se trabajaba a mano, sino con un aparto electrónico que daba 250 punzadas por minuto. El método había cambiado utilizando la tecnología.

Aquella máquina de tatuar eléctrica fue inventada por Thomas Alva Edison en 1877, siendo mejorada por Samuel O’Reilly en 1891.

El procedimiento que aquel tatuador inglés usaba era distinto al de los tatuadores de prisión. Primero, se rasuraba la piel y después se lavaba con un antiséptico y se coloca cloruro de etilo que hace la piel menos sensible, lo que funcionaba como anestesia local.

También decía que los diferentes colores de los tatuajes están formados de materiales vegetales completamente inofensivos que no producen ninguna hinchazón, y que no eran absorbibles e inalterables durante la vida entera. 

Los estigmas sociales respecto a los tatuajes permanecían, ya que se insistía que eran exclusivos de los reos; sin embargo, se puso de moda en las clases altas de la sociedad, un ejemplo claro de ello, es que en 1924, se tatuó a los gemelos recién nacidos de los condes de Leven, para poder identificar al heredero del título y la herencia.

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Tatuaje de una mariposa en la axila hecho en una dama de sociedad inglesa, Fotografía de El Universal Ilustrado.
 

Algunos métodos para eliminarlos

Según explica el Dr. Francisco Martínez Baca en su libro Los Tatuages. Estudio psicológico y médico-legal en delincuentes y militares, los tatuajes que menos duraban en la piel eran los de carbón, ya que con el paso del tiempo simplemente se decoloraban. Sin embargo, desde la antigua Roma, ya existían “métodos” para eliminar los dibujos en la piel.

Una de estas técnicas era usar leche materna, introduciéndola con agujas debajo de la piel. Los romanos la usaban con miel y aceite. Este mito seguía siendo popular entre los reos mexicanos de inicios del siglo pasado. También se decía que el jugo de higo verde funcionaba.

Uno de los procedimientos más efectivos era el de Variot, que consistía en verter sobre la piel una solución de tanino (que es una mezcla de agua con alcohol, pasada por un proceso de evaporación, cuyo uso principal es para curtir pieles), y hacer picaduras sobre toda la zona tatuada, por lo que la sustancia se introduce en la piel.

Después se frota con un lápiz de nitrato de plata para dejar reposar. Cuando se desprenden las picaduras de la tinta, se enjuaga y en un lapso de 45 días sólo quedan cicatrices de lo que fue el tatuaje.

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Hombro de un americano preso en la Ciudad de México. Con el rostro de su amada y la Estatua de la Libertad.

Sin embargo, las prostitutas europeas habían encontrado un método funcional para borrar el nombre de sus amantes. Empleaban un “licor azul” que no era otra cosa más que índigo mezclado con ácido sulfúrico. Con ayuda de un pincel, frotaban la piel y la epidermis se levantaba y con ella el colorante para dejar una cicatriz de quemadura.

Aunque sin duda, el método más efectivo era el levantamiento de la dermis y su raspa. Remojar la piel en agua y tallarla con piedras o ladrillos hasta que se rompiera y se desprendiera la tinta. Hoy se pueden retirar con láser fácilmente.

A pesar de ser tan antiguo, a estas alturas de la historia, el tatuaje sigue siendo un estigma social y se continúa diciendo que es exclusivo de los vándalos o delincuentes.

Actualmente los tatuajes van más allá de ser sólo indumentarias en la piel. Ya no se le vincula con actos delictivos, incluso se han convertido en ayuda de causas sociales, por ejemplo en apoyo para las mujeres con cáncer de mama con los tatuajes restaurativos.

Nuestra foto principal es una plana de El Universal Ilustrado de 1921 que hace referencia a los tatuajes de los prisioneros. La foto comparativa antigua es de El Universal Ilustrado de 1933 y retrata a una dama de sociedad londinense haciéndose grabar una serpiente en la espalda, mientras que la actual es de mayo de 2019, donde vemos a Diana posando. Cortesía de Jorge Soria.

Fuentes:
Hemeroteca EL UNIVERSAL
Francisco Martínez Baca, Los Tatuages. Estudio psicológico y médico-legal en delincuentes y militares.
Ana María Basave Benítez, El tatuaje en Monterrey, aproximación a su difusión y promoción estética. Tesis de maestría.
José Antonio González Gómez. Tatuajes en el México Colonial: ¿Símbolos mágicos o pecados en el cuerpo? https://www.academia.edu/7974619/Tatuajes-en-el-M%C3%A9xico-Colonial
Entrevista vía Messenger con el tatuador Roberto Candia.
La Historia del Tatuaje 4. Grecia y Roma: http://tatuarte.org/articulos/tatuaje/8/1/la-historia-del-tatuaje-4-grec...