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Los pregoneros de la ciudad

Entre el caos citadino siempre se asoman gritos de vendedores que le dan personalidad a las calles. La mayoría de estos personajes de origen colonial han desaparecido, hoy ya sólo escuchamos a algunos
Algunos pregoneros, finales del siglo XIX
09/01/2019
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Texto: Carlos Villasana y Ruth Gómez
Fotografía actual: Google Maps
Diseño web: Miguel Ángel Garnica
 

 

Una escena cotidiana de la capital es ver a cientos de personas caminar con los audífonos puestos, van entre las calles y el transporte de su preferencia seleccionado las canciones que acompañarán sus pasos, logrando así aislarse temporalmente de una de las características más abrumadoras y, quizás, subestimadas de la ciudad: sus sonidos.

Entre los más recordados últimamente está el de la alerta sísmica -causando una infinidad de emociones-; el pitido del metro, el conteo de los semáforos, las sirenas de los servicios de seguridad y emergencia. Sin embargo, hay otros sonidos que nos permiten saber que estamos en uno de los países con más color del mundo: los de los pregoneros, cuyos rítmicos anuncios se han ganado un lugar en la memoria de quienes viven o visitan la ciudad.

Este personaje tiene su origen en la época colonial, ya que el “pregonar” era una función pública -literal y administrativamente- en la que se daban a conocer las medidas que tomaría el Ayuntamiento de la capital en cuestión de leyes, comercio, impuestos, entre otros, y que debían obedecerse. Luis Reed Torres dice que se puede considerar al “pregonero” como el antecesor del periodista ya que ante la vista del pueblo, él “constituía ya una fuente de conocimiento e información”.

Liliana Jamaica, investigadora de la ENAH, encontró en el texto de Ramón García Mateos “Pregones y pregoneros en la literatura”, que existe una diferencia entre pregón y pregonero: “pregón es la promulgación de alguna cosa que conviene se publique y venga a noticia de todos, y pregonero es el oficial público que en alta voz da los pregones”.
 

Canal 22 realizó una serie de videos con los que ilustra diversos oficios que pregonan sus productos.

Sin embargo, con la aparición de los medios de comunicación impresos, el oficio se ramificó en voceros y los pregoneros meramente “comerciales” o de “servicios”. 

 

¿Quién no ha escuchado al merolico en los alrededores del Centro Histórico o del mercado? Video de canal 22.

En diversos libros de crónica de finales del siglo XIX e inicios del XX se encuentran descripciones de cómo era la interacción entre los pregoneros y sus clientes en plazas públicas o al interior de las vecindades, que independiente del paso de los años, sigue siendo muy similar:

—  Mire osté doña Pachita, qué lindas y variadas cosas traigo. No me va a decir que no me las cambia, porque están retebonitas.
—  Pero si ora no tengo qué darle; hace mucho tiempo que mi viejo no arremuda el ropero.
—  A qué osté; aunque anden mal los tiempos, ajuerza ha de tener repelitos de osté o de su siñor.
—  ¡Ah! déjame ver, marchante. Vase y retorna la señora con algunas prendas de ropa usada, bajo el brazo.
—  Mire, marchante, le traigo este paltó de muy buena clase que compró mi viejo en El Puerto de Liverpool.
—  A que doña Pachita, está osté soñando o la ha hecho taruga su siñor. ¿No está osté viendo la manufatura corriente? ¡Ah! y tiene el cuello muy mantecoso y pelados los codos.

Diálogos de este estilo eran improvisados por el cristalero, los varilleros, el zapatero, el escobero - quien gritaba “¡Escoooobas, petates, y tanaaaates!”-, el agüero -al ritmo de ¡Agua de veneeeeero!”- o el ollero, cuyos gritos se entremezclaban con el sonido del transporte o de los niños jugando.
 

En la película "¡Ay amor... cómo me has puesto!", el célebre Tin-Tan pregona la variedad de panes que llevaba en su canasta.

De acuerdo a varias descripciones, los pregoneros eran como bestias de carga debido a que soportaban “las mudanzas colocando enseres y plantas en entablados que se llevan sobre varas; el carbón, la leña, la leche, las tablas, los animales, hasta los propios hombres, todo los portan en sus espaldas”.

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Diversos pregoneros vendiendo sus productos por las calles de la capital ente finales del siglo XIX y principios del XX. Colección Villasana - Torres.
 

Otra de las anécdotas que llaman la atención es la de las vendedoras de patos en los alrededores de la Merced y Salto del Agua. Las “pateras”, mote por el que eran conocidas, gritaban entre las calles “¡Pato cocido!, ¡Tortillas con chile!” mientras esperaban que sus platillos fueran comprados por colegas vendedores o por transeúntes que estaban en la zona.

Se dice que casi siempre, cuando todas habían terminado de vender los patos con los que habían salido por la mañana, se retiraban a su casa entre nueve y diez de la noche, no sin antes llegar al punto de encuentro que habían fijado por su seguridad: “las pobres mujeres andariegas arriaban a la capital a temprana hora desde Cuautitlán, Zumpango y Texcoco, con su preciada carga de patos en apretados “manojos”, pero con el “ceñidor” bien repleto de monedas”.

En la actualidad es cada vez más común ver a los pregoneros de mercancía - como quienes venden dulces, comida o alguna artesanía- transportando su mercancía en carretas o en ingeniosos carritos que van decorados muy ad hoc al producto que ofrecen.

También están los diversos automóviles que a lado del perifoneo anuncian la venta de pan, tamales, bisquets, tortilla. Liliana Jamaica pregunta que quién “no ha escuchado por las calles el típico: “Se compran, colchones, refrigeradores, zapatos, o algo de ropa usada que vendan”, o al señor en bicicleta - muchas acompañado de alguna campana- gritando: “El pan”; cómo olvidar el sonido del afilador de cuchillos, el vendedor de leche, o el típico repique del metal empleado por el vendedor de obleas, y qué decir de las campanitas del vendedor de helados, entre otros”. 
 

Sin duda, los pregoneros se han convertido en personajes que acompañan a la vida social de los capitalinos, que independientemente del producto que vendan - artesanía, dulces o aparatos tecnológicos- o el servicio que ofrezcan hacen de la ciudad un destino turístico inolvidable.

La fotografía principal se observa a diversos vendedores a inicios del siglo XX en alguna calle de la Ciudad de México. Colección Villasana-Torres.
En nuestra foto comparativa se observa a vendedores de hojas de tamal principios del siglo XIX cerca de una de las antiguas fuentes de la capital. Colección Villasana - Torres.

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Comparativa de camiones recolectores de basura. En la foto antigua, trabajadores del departamento de limpia del D.D.F., alrededor de 1970. Colección Villasana - Torres.

Fotografía antigua: Colección Villasana - Torres.
Fuentes: Luis Reed Torres, María del Carmen Ruiz Castañeda, “El Periodismo en México. 500 años de Historia”. Jamaica Silva, Liliana “Todos los escuchan pero poco se sabe de ellos: pregones y expresiones sonoras empleadas en la venta de productos”, ENAH

 

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