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La "aparición" que inspiró un museo en Azcapotzalco

La “aparición” de un príncipe tepaneca a un humilde soldador lo llevó a excavar y a encontrar una osamenta prehispánica que, junto con otras piezas, se exhibieron en un museo casero. Hoy, Azcapotzalco cuenta con un recinto formal desde el 2018
Un grupo de maestros jubilados visitando el Museo Príncipe Tlaltecatzin en el 2002
04/05/2019
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Texto: Susana Colin Moya
Diseño web: Miguel Ángel Garnica
 

Perdido en uno de los extremos de la Ciudad de México, apenas cobijado por los árboles del Parque Tezozomoc, encontramos al edificio que alberga una parte del pasado de Azcapotzalco. Inaugurado en agosto del año pasado, este museo contiene piezas arqueológicas de un acervo que le antecedió y cuya historia contaremos el día de hoy: la de Octavio Romero y el "Museo Príncipe Tlaltecatzin".

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Así luce el nuevo Museo de Azcapotzalco, ubicado en un extremo del Parque Tezozomoc, cerca de la estación de metro Rosario.

La tarde del jueves 5 de abril de 1984, hace 35 años, sonó el teléfono del Departamento de Salvamento Arqueológico del Instituto Nacional Antropología e Historia (INAH), era la llamada del señor Juan García, quien denunciaba que en la calle de Santa María #181, colonia Santa María Malinalco, delegación Azcapotzalco se exhibía un esqueleto y otras piezas arqueológicas desenterrados ahí mismo, cobrándose entre 5 y 200 pesos por verlos.  

Al día siguiente acudieron al lugar 4 arqueólogos: Pedro Francisco Sánchez, Francisco Ortuño, José Manuel Guerrero y Román Chávez. En el informe que entregaron a la institución reportaban que el museo se encontraba en el gallinero de una humilde vivienda y que, en efecto, exhibía una osamenta humana cuya tibia tenía atravesada una pieza de obsidiana, además de vasijas de barro, objetos metálicos y huesos de animales.

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Fotografía de la cerámica que era exhibida en Santa María #181 en abril de 1984. Foto: Boletín de Investigaciones en Salvamento Arqueológico, INAH (1987).

Ahí conocieron a los responsables de tal excavación, Miguel Cárdenas (dueño de la vivienda) y Octavio Romero. Tras ser interrogado, éste último personaje contó a los arqueólogos que dicho hallazgo fue dirigido por el ánima de un príncipe tepaneca llamado Tlaltecatzin:

“Fue una noche cuando él se presentó, me dijo que aquí estaba enterrado, debajo del chiquero, que quería que lo sacara para que se le hiciera un museo aquí, en Azcapotzalco, con una placa en donde se dijera que no había sido traidor”, se lee en el Boletín de Investigaciones en Salvamento Arqueológico (1987).

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Los restos del supuesto “príncipe Tlaltecatzin”. Foto: Boletín de Investigaciones en Salvamento Arqueológico, INAH (1987)

El “fantasma” de este personaje se le apareció en repetidas ocasiones desde julio de 1983 y, según los relatos del señor Octavio, recopilados en la publicación Las narraciones del príncipe Tlaltecatzin (2001), le iba indicando los pasos a seguir: convencer a Miguel de hacer una excavación en su casa, buscar a las autoridades delegacionales, ir al Museo de Antropología… Tras ponerlo a prueba, el ente le reveló su historia:

“No fue un traidor, si servía de guía a los españoles era porque su padre estaba prisionero y habían prometido respetar su vida a cambio de que él los acompañara. Me dijo también el príncipe que fue herido en Tlatelolco, que como andaba con los españoles lo hirió otro indio. Fue en la Noche Triste, cuando huía de Hernán Cortés; desde Tlatelolco se vino en canoa, herido, por eso tiene la flecha en la pierna”, contó Octavio a los arqueólogos.

El príncipe Tlaltecatzin, según las palabras de este señor, murió porque la flecha estaba envenenada. Posteriormente, fue devorado por un tigre que lo iba persiguiendo, el cual a su vez pereció a causa del veneno. En sus apariciones, le hablaba en español, se veía con un taparrabo y huaraches parecidos a los actuales. Además cojeaba por la herida de su pierna.

“Sí, yo sé que es difícil de creer, pero pu’s  a ver, yo cómo iba a saber que ahí estaba enterrado […] él me dijo que si no me creían, que su nombre y el de su padre aparece en algo de… los vencidos”, dijo quien solía hacer excavaciones para encontrar restos prehispánicos desde que tenía 14 años.

Después de escuchar a los implicados, los arqueólogos se llevaron el material y mandaron los huesos al entonces Departamento de Antropología Física, donde se determinó que la causa de muerte no fue envenenamiento, sino un avanzado proceso infeccioso-inflamatorio provocado por sífilis. Se concluyó también que el fragmento de obsidiana incrustado posiblemente fue introducido para aliviar la inflamación. Posteriormente, los restos fueron exhibidos en el Museo Nacional de Antropología como pieza del mes en octubre de ese año.

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Detalle de los restos hallados en Santa María #181. Se señala con un círculo el fragmento de obsidiana en la tibia. Foto: Boletín de Investigaciones en Salvamento Arqueológico, INAH (1987).

En un par de informes que pueden ser consultados en la Biblioteca de la Dirección de Salvamento Arqueológico, se lee la inminente conclusión de los arqueólogos que estudiaron el caso: por las contradicciones históricas que presenta el relato, no puede ser verídico. Los restos animales que acompañaba al cuerpo no eran de tigre, sino de vaca, cerdo y perro. Según las fuentes documentales, la Noche Triste sucedió antes de que el gobernante de Azcapotzalco fuera hecho prisionero. Además, la descripción del ánima no coincide con el atavío de un rango alto prehispánico.
 

El "Museo del Príncipe Tlaltecatzin"

Aunque los huesos del supuesto príncipe tepaneca permanecen hasta la fecha en el Dirección de Antropología Física, ubicada en el Museo Nacional de Antropología, el señor Octavio continuó con la exhibición de piezas arqueológicas que él mismo encontró a lo largo de su vida y que algunos vecinos le donaron.

Bajo la filosofía de compartir sus hallazgos, en la vecindad donde habitaba, ubicada en la primera cerrada de Tula, Santa María Malinalco, estableció lo que se conoció como “Museo del pueblo”.

Según relata la cronista Yolanda García Bustos, a la entrada de este sencillo museo establecido en un jacalón de madera con techos de láminas de cartón, se leía el siguiente mensaje en una cartulina:
 

“¿Qué le puedo dar a mi pueblo?
Pueblo que me vio nacer
y correr por las llanuras,
si no tengo riquezas
Mi único tesoro es lo que he
rescatado de mis antepasados”.
 

Ahí siguió el museo y con él, Octavio Romero, soldador de profesión pero aficionado a la historia y al pasado prehispánico, quien aseguraba tener encuentros sobrenaturales con algunos otros tlatoanis y almas en pena. En 1996, por órdenes del entonces regente del Distrito Federal le fue cedida en comodato la construcción de Libertad #35, en la colonia Del Recreo, para que viviera y expusiera su colección. A este lugar se le nombró "Museo Príncipe Tlaltecatzin", el cual funcionó hasta el 2011, tras la muerte de Don Octavio.

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Exterior del "Museo Príncipe Tlaltecatzin" en la colonia Del Recreo. En la foto, un custodio que la entonces delegación Azcapotzalco proveía. Cortesía: Guadalupe Robles.

El recuerdo de este museo queda entre muchos de los pobladores e interesados en la historia de Azcapotzalco, como Guadalupe Robles. Ella conoció el museo en el 2000 y estableció contacto con Octavio Romero cuando en 2002, junto a un grupo de vecinos, defendieron el sitio arqueológico del pueblo de San Miguel Amantla, hoy parque Azcatl Paqui.

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Interior de una de las salas del museo. En la foto el señor Octavio Romero y Guadalupe Robles, quien amablemente nos prestó su material fotográfico.

Guadalupe relata emocionada la experiencia de visitar las 4 salas del museo, siempre con la guía de Don Octavio quien contaba lo aprendido en sus múltiples visitas al Archivo Documental de Azcapotzalco, “acompañado por dos jóvenes que eran sus vecinos acudía y solicitaba algunos libros y los ponía a investigar y anotar datos en una libretita, como él decía, -todo esto me va a servir para ayudar a los niños que llegan a hacer sus tareas al Museo-“, refiere Yolanda García Bustos en la crónica “Del Príncipe Tlaltecatzin y Don Octavio Romero”.

Con el apoyo del arqueólogo Gilberto Pérez Rico elaboraron folletos para el museo, además de descripciones y fichas para los vestigios. Cabe señalar que las piezas originales que poseía – porque además se exhibían reproducciones hechas por él mismo- estaban registradas según lo dicta la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos. La entrada al museo no tenía costo, era cooperación voluntaria.

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Fotografías del "Museo Príncipe Tlaltecatzin" en 2011, poco antes de la muerte del señor Octavio. Cortesía de Yolanda García Bustos, "La catrina de Azcapotzalco".

En el 2004 este diario tuvo oportunidad de visitar el museo y de entrevistar a Don Octavio. El reportero Alberto Solís escribió: “En el lugar no hay termómetros, deshumificadores, ni foquitos parpadeando cuando alguien pasa de la explicación al detalle. Resguardados en vitrinas, figuras, ornamentos y utensilios, recolectados en su mayoría en el perímetro de Azcapotzalco, reposan sobre pedazos de troncos de árbol; otros lo hacen sentados en botes o vasos pintados, con sus fichas técnicas escritas a mano”.

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Fotografía de Octavio Romero durante la entrevista que tuvo con EL UNIVERSAL.

Tras la muerte del señor Octavio en 2011, después de 15 años de funcionamiento, el museo cerró sus puertas y el predio quedó en abandono.

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En la actualidad el predio del que fuera museo luce descuidado.
 

De Azcapotzalco a Tlaxcala

Octavio Romero no ha sido el único que dice haber presenciado la aparición de un ente del otro mundo quien le indica dónde hacer una excavación arqueológica. En 1927 EL UNIVERSAL reportó el caso de un habitante del pueblo Tizatlán, Tlaxcala, a quien se le apareció el gobernador tlaxcalteca Xicotencatl. El indio campesino relató el hecho al consejo de ancianos del pueblo quienes lo creyeron loco; sin embargo, tras la insistencia de las apariciones y el historial de este trabajador y moderado campesino, decidieron comenzar a excavar, encontrando un importante templo prehispánico.   

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Plana del 1 de marzo de 1927. Hemeroteca de El Universal.

El reportero de esta casa editorial, Jacobo Dalevuelta se dirigió a Tlaxcala ese mismo año para entrevistar de viva voz al indio Pánfilo, quien le contó que en efecto, vio a Xicotencatl vestido de huehue del carnaval (es decir, como viejito). Lo creyó un borracho; sin embargo, la aparición lo condujo a un “cerrito” donde le dijo “rasca aquí y vas a sacar muchas cosas. De todo lo que saques y que te den dinero, me haces una estatua grande y le pones mi nombre… Xicotencatl”.

“Ese tipo de apariciones recuerdan a las de la Virgen María y la Virgen de los Remedios, seguramente son de tradición española”, comenta en entrevista el arqueólogo y doctor en historia Fernando López. Afirma también que en muchas comunidades, más que presenciar entes que indican dónde excavar, existen protectores de las pirámides: nahuales que se aparecen para impedir que la zona sea saqueada.

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Plana del 4 de marzo de 1927 donde aparecen fotografías del personaje que vio a Xicotencatl. Hemeroteca de El Universal.

El también profesor de la Escuela Nacional de Antropología e Historia afirma que el siglo XX fue de saqueos: excavaciones no autorizadas para obtener piezas arqueológicas comercializables en el mercado negro. Así fue como personajes como Dolores Olmedo o Diego Rivera se hicieron de sus colecciones. Tras la creación de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos en 1972 se atacó, persiguió y castigó con cárcel a estos comerciantes y excavadores clandestinos, ya que se estableció que el patrimonio arqueológico es propiedad de la nación y que todos los proyectos arqueológicos deben ser inspeccionados por el INAH.

“Quienes excavan sin ser profesionales están destruyendo el pasado. Obtienen la pieza, pero destruyen, sin saberlo, conocimiento que es igual de valioso: rastros, huellas de ADN, trazas moleculares” agrega Fernando López, convencido de la importancia de perfiles profesionales para realizar estas tareas.
 

Del Príncipe Tlaltecatzin al nuevo Museo de Azcapotzalco

A partir del 2011, un grupo de personas interesadas en la historia de Azcapotzalco, cronistas, concheros y amigos de Don Octavio, pidieron a las autoridades la continuación del "Museo Príncipe Tlaltecatzin". Fueron años de exigencias, homenajes y oficios al INAH, mientras la colección de piezas del museo permanecía en el predio de Libertad #35, custodiada por la entonces delegación.

El deseo de un museo se concretó el año pasado, pero en otro lugar. A finales de agosto del 2018 se inauguró el Museo de Azcapotzalco, ubicado en un extremo del Parque Tezozomoc, cerca de la estación del Metro El Rosario. Este proyecto conjunto de la Delegación Azcapotzalco y el Instituto de Antropología e Historia, concentra la narrativa de la demarcación a través del tiempo, desde la época del Pleistoceno hasta el siglo XX.

La sala prehispánica está conformada, según el arqueólogo Luis Córdoba, encargado del guion museográfico, por dos colecciones: “la del señor Octavio Romero, integrada por 70 piezas y otra de 380 piezas perteneciente a la Dirección de Salvamento Arqueológico del INAH, localizadas en distintos barrios de la delegación durante más de 70 excavaciones realizadas a lo largo de más de un siglo”.

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El Museo de Azcapotzalco se encuentra en un extremo de la alcaldía de Azcapotzalco, casi en el límite con el Estado de México. A pesar de su ubicación, es frecuentado por curiosos de la historia.

“¿Qué características debería tener un museo que cuenta la historia de una localidad?”, le preguntamos a Federico Padilla, especialista en museos comunitarios. “Para empezar, quitaría el concepto de museo. Muchos de ellos acaban siendo bodegas. Propondría espacios de experiencias de la localidad”. Tras 33 años de trabajo referente a museos comunitarios del INAH, Padilla concluye que este tipo de espacios deberían contar historias, leyendas cercanas a las personas, incluso si dentro de esas narrativas existen versiones encontradas, ya que no hay verdades absolutas. “El museo debería ser un espejo de la raíz más fuerte de los habitantes” concluye.

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Una de las características de este museo, en palabras del arqueólogo Luis Córdoba, para el boletín del INAH, es que el guion museográfico está enfocado a los vecinos de Azcapotzalco, porque en las cédulas se incluye el sitio en el que fueron halladas.   

A pesar de que en el museo actual de Azcapotzalco hay piezas que pertenecieron a la colección del señor Octavio Romero, su nombre no aparece en las fichas, ni se hace referencia a la historia de su museo y sus descubrimientos.

“Don Octavio se merece que hablen de él, del trabajo que hizo en su momento, y que quería dejar como testimonio en Azcapotzalco” opina Guadalupe Robles. De la misma forma, Yolanda García afirma que si se pierden las piezas arqueológicas y los mitos que llevan consigo, se corre el peligro de perder también la identidad, “el pegamento de la conciencia”.

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En el Museo de Azcapotzalco existe un espacio donde se reconoce a personajes residentes y oriundos de esta alcaldía que sobresalieron en la historia, arqueología, política, artes, cultura, etc.

Por su parte, la investigadora de la Dirección de Estudios Históricos del INAH, Clementina Battcock señala el peligro de difundir versiones del pasado sin ser corroboradas en fuentes documentales. El trabajo de un historiador, en sus palabras, debe realizarse con mucho cuidado, dejando de lado prejuicios, reconociendo cuando hay vacíos en las narrativas, dialogando con la gente y respetando las visiones de los otros. Señala también la necesidad de que académicos y cronistas locales trabajen de la mano en la difusión de este tipo de contenidos.

Verdad o mentira, mito o hecho histórico, saqueador o defensor del patrimonio cultural… esta historia tiene distintas miradas e interpretaciones. ¿Realmente se apareció el príncipe Tlaltecatzin? Quizá no, pero el mito de un “museo del pueblo” persiste en la memoria de algunos chintololos -como se les llama a los habitantes de esta demarcación- y en algunas de las piezas de este nuevo Museo de Azcapotzalco.

 

Nuestra fotografía principal muestra a un grupo de profesores jubilados quienes visitaron el "Museo Príncipe Tlaltecatzin" en el 2002. De igual forma, las fotos comparativas muestran el predio de Libertad #35, en el año 2000 y 2019. Es notable el cambio y abandono actual del lugar. Cortesía Guadalupe Robles.

 

 

Fuentes:
Entrevistas a Guadalupe Robles, Yolanda García Bustos, Fernando López, Clementina Battcock, Tomás Montes de Oca, Salvador Pulido, Diego Barrientos y Federico Padilla.
Hemeroteca de EL UNIVERSAL.
Boletín de Investigaciones en Salvamento Arqueológico, INAH (1987).
"Del Príncipe Tlaltecatzin y Don Octavio Romero" por Yolanda García Bustos, pertenece al libro De gamio, un gigante, un principe y 3 mamuts.
Las narraciones del príncipe Tlaltecatzin
por Octavio Romero (2001).
"Inauguran el Museo de Azcapotzalco", Boletín INAH: https://inah.gob.mx/boletines/7498-inauguran-el-museo-de-azcapotzalco

 

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