Posadas en el patio por inseguridad

Metrópoli 24/12/2017 01:06 Eduardo Hernández Ciudad de México Actualizada 17:42

Vecinos de Santa María Aztahuacan se organizan para festejar; antes no teníamos que cuidarnos de algún asalto, dicen

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Pese a los problemas económicos que vive el país y a la inseguridad en la delegación Iztapalapa, los vecinos de la colonia Santa María Aztahuacan realizan sus posadas como hace 50 años.

Cerca de las 20:00 horas decenas de personas se acercaron a la casa donde saldrían los peregrinos en la calle Benito Juárez, la mayoría niños de entre seis y 12 años, quienes esperaron nerviosos por ver quién sería el encargado de cargar las figuras que se mudan de casa en casa hasta el próximo 24 de diciembre.

La señora Reyna Hernández fue la encargada de leer la letanía. Tras juntarse unas 30 personas y encargar los peregrinos a cuatro niños, la caminata por las calles comenzó.

“Kyrie eleison”, decía Reyna, mientras las personas coreaban “Ora pro nobis” y así toda la letanía para llegar a la casa que recibiría a los peregrinos. En el camino los niños silban y buscaban la forma de cuidar que su vela no se apagara.

Mientras tanto, una parte de la familia anfitriona organizaba los últimos detalles como la comida, el ponche y la cuerda con la que colgarían las piñatas. Desde las 2 de la tarde comenzaron a preparar el pozole y a cortar la fruta para el ponche.

“Esta noche vamos a preparar pozole y ponche, entre toda la familia nos cooperamos para que los vecinos puedan disfrutar de una linda noche”, dijo la señora Hernández.

Tras recorrer la calle Benito Juárez el contingente se dirigió a un zaguán negro, ahí comenzaron a pedir posada; los integrantes de la familia Hernández se colocaron a la puerta.

“En nombre del cielo, os pido posada, pues no puede andar, mi esposa amada”, corearon los visitantes, y tras 12 versos entre los anfitriones y los asistentes a la posada, se les dio el ingreso a la casa.

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Al grito de “entren santos peregrinos, peregrinos, reciban este rincón, que aunque es pobre la morada, la morada, se las doy de corazón”, los peregrinos fueron colocados en un altar de la Virgen de Guadalupe.

Los adultos se acercaron a ese altar para rezar por un momento, mientras los pequeños esperaban impacientes poder romper la piñata.

“Yo voy a romper todas”, decía un niño mientras su hermana preparaba las bolsas para guardar el botín.

El señor Joaquín Nieto Martínez, uno de los dueños de la casa anfitriona, preparó la cuerda y alistó el palo con el que los niños le pegarían a la piñata, mientras los demás comenzaban a repartir vasos para el ponche.

“Es muy bonito que sigamos estas tradiciones porque no se deben perder, aquí tiene años que nos organizamos entre los vecinos y siempre nos vamos muy contentos, todos a nuestras posibilidades, pero siempre se agradece”, comentó Lucia.

De acuerdo con información de la Procuraduría General de Justicia y la Secretaría de Seguridad Pública, ambas de la Ciudad de México, en la colonia Santa María Aztahuacan se han registrado homicidios, robos, puntos de venta de droga y otros delitos; sin embargo, esa situación se olvida al momento de pedir posada, los vecinos se reúnen y dejan a un lado el miedo.

Joaquín Nieto recuerda que hace cinco décadas la zona era llana, no tenían que cuidarse de algún asalto, ahora tienen que procurar un lugar seguro para que no entre ningún asaltante durante la posada.

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“Antes nos íbamos hasta el pueblo de Santa Cruz a pedir posada, aquí estaba solo, pero no había inseguridad; ahora tenemos que estar al pendiente de hacer las posadas en el patio de una casa para la seguridad de los pequeños”, comentó.

Para organizar las posadas desde el 16 de diciembre, los vecinos se reúnen y organizan quienes serán los anfitriones, cada año son nueve las familias que reciben a los peregrinos y cada uno prepara cosas diferentes invirtiendo casi 2 mil pesos.

“Hicimos pozole, entre toda la familia pusimos dinero, nos gastamos alrededor de 2 mil pesos, pero lo importante es que todos lo disfrutamos y seguimos la tradición, ahora con nuestros nietos, nosotros vivimos aquí desde hace muchos años y nos divertíamos cuando éramos niños en esta época”, aseguró Reyna.

Con el coro de “no quiero oro, no quiero plata, yo lo que quiero es romper la piñata”, los niños hicieron un espacio para que acomodaran la cuerda y esperaban que don Joaquín los escogiera para poder pegarle.

“Dale, dale, dale, no pierdas el tino, porque si lo pierdes, pierdes el camino, ya le diste uno, ya le diste dos, ya le diste tres y tu tiempo se acabó”, le cantaban a los niños que pasaban, el que no lograba romper la piñata, se le coreaba “ese niño es muy tonto, es muy tonto, se parece a su papá”.

Tras romper cinco piñatas, la familia comenzó a reunirse en el fogón, pues la repartición de comida era lo siguiente, doña Reyna sirvió el pozole mientras sus hijas y sobrinas repartieron los platos.

Después de degustar los alimentos y tomar ponche, los asistentes a la posada se retiraron a sus casas, los anfitriones limpiaron y la zona volvió a tonarse silenciosa y obscura.

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