Por casi tres décadas, la capital tuvo una llamativa construcción que fue motivo de admiración de propios y extraños. El edificio de estilo ecléctico semejaba un castillo medieval y se encontraba en la esquina de las avenidas Juárez y Balderas, casi enfrente del célebre Hotel Regis.

Se trataba del Pabellón Español, inaugurado durante las Fiestas del Centenario de la Independencia de México en septiembre de 1910. El inmueble contaba con siete salones en los que se exhibían productos de alta calidad y una gran variedad de obras de artistas reconocidos; todo lo que ahí se encontraba estaba a la venta.

“Era una feria de lujo, una deslumbrante y fascinadora casa de riqueza, de alicatados frisos, ricos alfajares, , maderas ataraceadas, porcelanas y lozas de Talavera, esmaltes morunos, cristales polícromos, fierros forjados, panneaux de acero cincelado, impresiones madrileñas y catalanas, vidrieras irisadas, telas bordadas con oro, trastos de azófar, cofres de fundición y de talla…” escribía Genaro García en el libro “Crónica Oficial de las Fiestas del Primer Centenario de la Independencia, publicado en 1911. Con el tiempo el inmueble cambió de nombre y de usos.

Pese a ser un edificio de una singular riqueza arquitectónica y un atractivo turístico de la céntrica avenida, las autoridades de la época justificaron su demolición al deterioro que había sufrido al paso de treinta años. En el espacio que dejó el Pabellón Español se levantó un efímero inmueble que duró un par de años. Después, en ese mismo sitio se construyó el edificio Beaumont, que sigue en pie hasta la actualidad.

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