A 30 años del terremoto del 85 recogemos testimonios de cómo el arte se convirtió en fuente de liberación y ayuda ante el dolor. Vicente Rojo repite la palabra “conmovedor” al recordar el momento cuando, en medio de la tragedia que los sismos de 1985 dejaron, las mujeres costureras emprendieron un proyecto para recuperarse. Las sobrevivientes, porque muchas quedaron atrapadas, crearon muñecas que vendieron y con esto sacaron adelante su cooperativa.
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“No me acuerdo bien cómo se organizó, pero sí me acuerdo muy bien de la relación con las costureras, el gusto, la ilusión que les daba ver los proyectos. Yo les daba unos gouaches a color y ellas se daban el gusto de encontrar las telas que corresponderían a ese color, a esas imágenes. Y eso me alegraba porque el diseño era mío o de cada uno de los artistas, pero ellas ponían la parte más conmovedora”. Algunas de las que Rojo creó se exhiben en el Museo del Estanquillo como parte de la exposición “Los días del terremoto”.
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Después de hablar de la historia de las costureras, Rojo recuerda aquel día de septiembre de 1985: “Estaba en el piso alto de mi casa cuando se empezaron a mover las cosas, bajé porque tengo una escultura alta de Fernando González Gortázar y me recuerdo sosteniendo la escultura para que no se fuera a caer. Las calles estaban llenas de gente asustada, preocupada, y nos dimos cuenta de que no tenía caso seguir adelante, era demasiado dramático”
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En los años 80 comenzó a gestarse un movimiento de danza contemporánea independiente, pero fue en 1985, tras el temblor que transformó a la ciudad de México, cuando los bailarines no sólo salieron a las calles a ayudar a la sociedad que se estaba organizando, también salieron a bailar con la convicción de que el arte también salvaría la vida y el espíritu.
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El crítico de danza Juan Hernández narra en el libro "Barro Rojo Arte Escénico. La izquierda en la danza contemporánea mexicana" cómo los intérpretes de Barro Rojo y de otras compañías como Contradanza, Utopía, Ala Vuelta y UX-Onodanza "tomaron las calles, las plazas públicas y los campamentos. Llegaron y bailaron en medio del dolor humano, entre los escombros se abrieron espacio para ofrecer un poco de alivio a la tragedia himana, en la que habían muerto miles de personas".
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Apenas pasaban las 10 de la mañana del 19 de septiembre de 1985, cuando Felipe Ehrenberg llegó al barrio de Tepito, quería ayudar, intentar paliar el dolor. Aunque en esa época radicaba en Veracruz, por cuestiones de trabajo se hallaba en la ciudad de México. Ese mismo día instaló junto con su colectivo H2O un puesto de ayuda en la cerrada de Diaz de León y González Ortega; esa esquina se convertiría luego en su casa, durante meses vivió en una tienda de campaña.
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Fue el principio de un período central de su vida que modificó su arte aun cuando su vocación era ayuda como ciudadano. La estancia fue fructífera, el ciudadano ayudaba pero el artista modificaba su visión del arte. Ayudó a Tepito y Tepito lo ayudó a él; no llegó con un proyecto artístico pero pasados los años dio vida a una serie de alrededor de 30 pinturas conocida como “Son UR-gente”, en el cual emuló los movimientos de los sones y produjo una obra muy violenta
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