Saltaron de una azotea para escapar de la tortura en un anexo; sólo Mitzy sobrevivió

Estados 11/08/2020 00:00 Melissa Amezcua Actualizada 11:45

En México hay, al menos, mil 800 centros sin ninguna supervisión del Estado. En una clínica de Tlaxcala dos mujeres prefirieron brincar de la azotea que seguir soportando abusos

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Tres mujeres intentaron escapar de un anexo en Tlaxcala. La primera en saltar se salvó gracias a un árbol, la segunda falleció por la caída y la tercera ya no tuvo tiempo de brincar. Estaban hartas de ser golpeadas y abusadas por quien les había prometido un trato digno.

Karla, de 23 años, y Mitzy, de 21, llegaron sin conocerse en abril de este año al centro de rehabilitación La Concepción A.C., ubicado en Chiautempan, Tlaxcala.

Ambas son de ese estado, tuvieron embarazos adolescentes, sufrieron violencia doméstica de los padres de sus hijos y fueron inducidas al cristal por otros hombres que, además, las alejaron de sus familias.

En ambas historias fueron sus madres quienes intentaron salvarlas y quienes, a través de recomendaciones, confiaron en ese anexo. Hasta ahora, el lugar cuya entrada principal presume la frase “trato humanitario” no se ha responsabilizado con las familias.

La Comisión Nacional contra las Adicciones (Conadic) registra 304 Establecimientos Residenciales de Atención a las Adicciones hasta el primer trimestre de 2020, pero ninguno está en Tlaxcala.

Mariana Reyes, subdirectora de Supervisión a Establecimientos Residenciales, aseguró que, a la fecha, hay 2 mil 111 centros privados, de los cuales sólo 14% están reconocidos. Es decir, hay mil 800 anexos irregulares en México.

En Tlaxcala existen 12 hospitales públicos de la Secretaría de Salud en comparación con 52 centros privados de rehabilitación con aviso de funcionamiento, según la Comisión Estatal para la Protección Contra Riesgos Sanitarios (Coespris), encargada de la supervisión de esos lugares.

A Karla la llevaron su novio y su madre con la promesa de un paseo dominical. Mitzy fue ingresada por la fuerza por unos hombres que la subieron a una combi. Según Mitzy, las dos se conocieron mientras eran humilladas por La Madrina , exadicta y administradora del lugar.

Postrada en una cama, Mitzy se recupera de la caída de 15 metros que le dejó fracturas en fémur, brazo, una pierna y de los horrores vividos en esa reclusión en la que había sólo nueve mujeres y más de 100 hombres.

“La encargada me traía súper movida, hacía que le lavara la ropa, le preparara el baño, le colocara las toallas sanitarias en la ropa, que se las cambiara, muchas cosas. No sólo a mí, también a todas las demás”, contó Mitzy.

Para Corina Giacomello, autora del informe Mujeres que usan drogas y Privación de la Libertad en México, de Equis Justicia, y profesora investigadora de la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH), lo más preocupante son los métodos involuntarios de ingreso, pues se trata de detenciones arbitrarias y privación ilegal de la libertad.

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Susana no sabía de los abusos que ocurrían en el centro de rehabilitación en el que internó a su hija Karla.

Entre tener que revivir pesadillas como los golpes recibidos, las pisadas en las piernas, los baños a la fuerza, la humillación verbal, el pasar hasta cinco horas hincadas por día, lavar los trastos de todos los internos bajo la lluvia, ser exhibidas durante la menstruación o sacar comida de la basura, Mitzy subraya el acoso sexual que se vive adentro.

“Las mujeres son acosadas, hay un encargado y él nos acosa horrible, nos decía que todas las mujeres eran de él, te chuleaba, te decía tonterías, varias veces intentó hacerlo conmigo, pero me negué.

“Le daba órdenes a otra encargada para que me castigara, muchas veces me hincó por negarme a andar con él. En la tercera planta duermen las mujeres, pero la mayor parte del día están en una sala y ahí es donde todo el tiempo los bañan e hincan [a los internos], pude ver que varios intentaron escapar y los electrocutaron”, recordó.

Karla y Mitzy rezaban juntas, compartían comida y castigos. Pero ninguna pudo decirle a su familia de los maltratos, porque en las visitas semanales había vigilantes, pendientes de las pláticas. Susana, madre de Karla, contó que durante la última plática juntas, ella le dijo que había autorizado su salida en días. Por eso no entiende qué la orilló a saltar, además, la joven quería reencontrarse con su hijo de seis años.

Cada interno pagaba mil 500 pesos al mes por estancia. La familia de Mitzy se dedica a la herrería, mientras que la de Karla corta uvas en campos de Sonora. Intentando dar respuesta a lo ocurrido, Mitzy aseguró que la manipulación sicológica es parte de los castigos.

El escape

El viernes 10 de julio, después de haber sido golpeada y de que le tiraran una bolsa de dulces a la basura, Mitzy decidió escapar, no lo planeó. “Un dulce adentro es muy valioso”, explicó.

Cerca de las tres de la mañana, subió a la azotea, tomó un lazo para tender ropa sin fijarse que estaba podrido. Lo amarró y comenzó a bajar, cuando iba a la mitad, Karla y una tercera chica, de 16 años, le dijeron: ¡Espéranos! Karla tomó la cuerda y comenzó a bajar, pero el peso de las dos rompió el lazo. Un árbol amortiguó el golpe de Mitzy y sobrevivió. Ambas cayeron en el patio de una casa particular, de la que nadie salió a auxiliarlas.

“Yo caí y quedé inconsciente unos segundos, cuando reaccioné no sentía mi pierna ni mi brazo, cuando vi hacia arriba Karla se aventó, pero no sé cómo porque no vi bien, grité muy fuerte que no lo hiciera, cayó a unos cuatro o cinco metros de mí y empecé a ver que ya no respiraba, me asusté horrible. Le dije a la otra chava que pidiera ayuda y ella todavía me dijo: ‘Mitzy, pero voy a bajar’, y le dije que no, que pidiera ayuda”.

Entre ambulancias, la prensa y curiosos, lo que ocurrió después es un caos en su mente, pero recuerda lo último que La Madrina le dijo: “Par de pendejas, qué poco aguantan”.

A las 4:40 de la mañana, una hora después de la caída, el teléfono de la casa de Karla sonó dos veces. La primera llamada eran los del anexo avisando de un incidente con su hija, la segunda fue la procuraduría de Tlaxcala pidiendo reconocer un cuerpo.

Susana se desmayó. “Yo decía: ‘Sólo explíqueme, ¿por qué intentó escaparse si sabía que el domingo iba a salir’?”, repite la mujer de 43 años, quien a la fecha sigue sin entender qué ocurrió.

La Procuraduría General de Justicia de Tlaxcala confirmó a EL UNIVERSAL que derivado de esos hechos se abrió una carpeta por homicidio culposo y la Comisión Estatal de los Derechos Humanos aseguró que acudió al sitio, pero al ser un lugar privado no pudo intervenir.

Las vías para evitar que estos abusos se repitan para Corina Giacomello es la profesionalización de estos lugares, eliminar los ingresos involuntarios, priorizar las políticas públicas de salud, no criminalizar a los consumidores de drogas y exigir un discurso oficial más empático.

“Los centros [que están] en la ilegalidad son un punto ciego, hay mucha colusión con el crimen organizado. Después de lo que pasó en Irapuato nos encontramos con lo mismo que nos decía [Felipe] Calderón, que se matan entre ellos o se mueren por adictos, este presidente [Andrés Manuel López Obrador] se ha mostrado muy discriminatorio con las personas que usan drogas, usó sus famosos ‘fuchi’, ‘caca’ en relación a las adicciones”, dijo.

Jorge González, director de la Conadic, reconoció que se tiene conocimiento de esas prácticas en anexos: “Uno de los intereses que tenemos es prevenir esa visión de internar, que da lugar a estas áreas no visibles o clandestinas que han proliferado por décadas”, dijo.

Mientras tanto, Lucía, madre de Mitzy, resaltó una conversación con una enfermera del Hospital General de Tlaxcala, donde atendieron a su hija: “Cuando llegué, una enfermera me dijo que no es la primera vez que tratan así a los internos”, en referencia a La Concepción.

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