“Fue la de malas, el ritual se ha repetido por años, sin incidentes”

Entre las víctimas hay un hombre que cuidaba de sus dos hijas pequeñas

“Fue la de malas, el ritual se ha repetido por años, sin incidentes”
Cerca de la capilla donde explotaron los cohetes llegó personal de Protección Civil de la entidad, del municipio, de la Cruz Roja y equipos forenses. FOTOS: Alma Córdova
Estados 12/12/2018 04:56 Alma Córdova / EL UNIVERSAL Querétaro Actualizada 05:06

Tequisquiapan.— Los estruendos, los gritos y el llanto despertaron a los habitantes de Fuentezuelas, a los que no fueron a la procesión. Segundos después de la explosión, la escena en el atrio mostró la dimensión de la tragedia: ocho muertos (entre ellos tres niños) y 55 lesionados.
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La tradición dicta que la procesión para presentar los cuetes para la fiesta de la Virgen de Guadalupe se hace el 11 de diciembre; el contingente debe llegar a la capilla antes de que amanezca, caminan las cargadoras, los representantes de las diferentes asociaciones, una banda de música (que este año vino de Oaxaca) y el albero, quien va lanzando cuetes para anunciar el paso de la columna.

A la entrada de la capilla se colocan los cuetes y fuegos artificiales que serán usados durante la fiesta y se hace una bendición. Se cree que una chispa los alcanzó y fue la que provocó la explosión. “El ritual se ha repetido por años y nunca había pasado nada”, dice un anciano, quien desde la entrada de su casa observa el paso de los policías, los soldados y los bomberos. Comenta que se despertó muy temprano para ir a la procesión, se puso la sudadera, se colocó su sombrero y caminó al final del contingente.
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Una de sus hijas lo alcanzó más tarde y lo esperó adentro de la capilla. Desde diferentes puntos, ambos fueron testigos de la tragedia. Se buscaron y al encontrarse agradecieron estar con vida.

“Fue la de malas”, responde el anciano a la pregunta de si recuerda un hecho similar. La gente observa las maniobras de los peritos de la fiscalía estatal para levantar los cuerpos regados en el atrio.

El olor a muerte. La zona acordonada por el Ejército, los bomberos y la policía tiene un olor a pólvora que lastima la garganta; no sólo es la pólvora, es el olor de las vidas consumidas y la tristeza entre quienes observan cómo se van retirando los vestigios de la tragedia. Apenas se fueron los peritos, la gente aprovechó para limpiar y levantar los pedazos de vidrios y otros materiales que quedaron regados.
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Una mujer que está con sus hijos y sus nietos comenta que no tiene ningún familiar entre los heridos y los muertos, pero: “Siento un nudo en la garganta y me duele el corazón porque son mis vecinos, la gente con la que convivo”.

Narra de un señor que iba con sus dos niñas en la procesión y falleció. Era divorciado y él las cuidaba.

El pueblo está triste y el párroco oficia una misa en honor a los fallecidos. La gente lo aprueba.

“Fue la de malas”, repite un hombre mientras baja su mirada y muestra su sudadera con algunas quemaduras. “Fue la de malas”, dice la señora que habla de sus vecinos. “Fue la de malas”, destacan en la comunidad mientras se llevan los cuerpos de sus vecinos. “Fue la de malas”, así lo sienten en el corazón.
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