En plena carrera espacial de los años sesenta, mientras Estados Unidos buscaba poner en órbita a su primer astronauta, tres mujeres afroamericanas trabajaron para una de las misiones más importantes de la NASA. Sus esfuerzos, durante años pocos reconocidos, son el punto de partida de “Talentos ocultos”, película estrenada en 2016 y que en el marco del 8M bien vale la pena recordar.

La historia recupera las trayectorias de Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson, tres científicas que se abrieron paso en un entorno dominado por hombres y atravesado, además, por la segregación racial que marcaba aquella época.

Johnson era considerada un prodigio del cálculo. Sus ecuaciones resultaron decisivas para definir la trayectoria del vuelo orbital de John Glenn, uno de los momentos clave del programa espacial estadounidense.

A su lado trabajaba Dorothy Vaughan, una matemática que, de forma autodidacta, aprendió programación cuando la NASA comenzó a introducir computadoras IBM en sus procesos, anticipando una transformación tecnológica que cambiaría la forma de trabajar dentro de la agencia.

Mary Jackson, por su parte, tuvo que iniciar una batalla legal para poder asistir a clases de ingeniería, un paso necesario para convertirse en la primera mujer ingeniera afroamericana de la NASA.

Las tres realizaban su trabajo en instalaciones donde incluso las condiciones más básicas reflejaban la discriminación de la época: no había baños destinados a mujeres afroamericanas, por lo que cada visita al sanitario implicaba recorrer largas distancias sin dejar de cumplir con sus tareas.

Sin proponérselo como una causa pública, su presencia y labor terminaron cuestionando las barreras raciales y de género dentro de uno de los centros científicos más importantes de Estados Unidos.

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