Un holandés se quedó sin Ecobici en Reforma

Luis Cárdenas

En comparación con otros lares, en la capital el papeleo es realmente engorroso para un turista que solo quiere usar una bici por un rato

Reforma puede ser la avenida más elegante, más cosmopolita, más trendy, más nice y quizá más importante de México; recorrerla implica pasar por el Castillo de Chapultepec, el zoológico, el Museo de Antropología, la Estela de Luz, rascacielos imponentes (algunos de ellos los más grandes de Latinoamérica), la Diana, el Ángel, la Palma, el Antimonumento a los 43, la Bolsa de Valores, camellones hermosos relativamente nuevos y bien cuidados, expos callejeras, montones de historia, de cultura, de expresiones sociales, además de tiendas y restaurantes de todo tipo y presupuesto. Reforma es una avenida bella entre las bellas avenidas del mundo, uno puede sentirse orgulloso de caminarla, de vivirla y disfrutarla.

Particularmente los domingos que se cierra a la circulación de coches, en Reforma se respira aún más su vocación de una avenida turística de talla internacional, he visto de todo: africanos, asiáticos, europeos, muchos estadounidenses y canadienses, pero todos, salvo españoles y latinoamericanos, con una característica fundamental: hablan algo de español o casi siempre cuentan con un intérprete.

Reforma nos muestra a otro México muy diferente del clásico destino de playas paradisíacas o de la dolida imagen del país bronco lleno de narcos y pobreza, ahí se pisa el México desarrollado, poderoso, plural y en crecimiento… pero también ahí abundan muchos ejemplos del México poco preparado y en subdesarrollo.

El fin de semana pasado fui a renovar mi tarjeta Ecobici al módulo que se encuentra a unos pasos del Ángel; en la fila estaba formado un hombre holandés con un dominio regular del español, que se quedaba solamente por algunas unas horas más en México luego de una visita de trabajo y, viniendo de un lugar donde la bicicleta es el medio de transporte por excelencia, quería pedalear por Reforma.

El trámite para Ecobici consiste en el llenado a mano de una forma y un examen básico de cultura vial, la entrega de una identificación y de una tarjeta bancaria a la que se cobra el tiempo de suscripción, que va desde unas horas hasta un año. En comparación con otros lares, el papeleo es realmente engorroso para un turista que solo quiere usar la bici por un rato.

El holandés no entendía casi nada de lo impreso en español en las hojas del trámite y el empleado de Ecobici, aunque sumamente amable, estaba impedido para ayudarlo pues no hablaba absolutamente nada de inglés.

Algunos ciudadanos auxiliamos al turista, le tradujimos las preguntas y él, con risas nerviosas, se sorprendía de lo complicado del tema. Al final, y luego de casi treinta minutos, por alguna razón no se pudo realizar el pago con su tarjeta internacional, se quedó sin bici y perdió valiosos minutos de su visita. Sin enojarse, se fue caminando, casi corriendo, rumbo al Castillo de Chapultepec, del que se le notaba ansioso por visitar.

Varias de las ciudades que han apostado por ofrecer a sus ciudadanos y turistas bicicletas para el transporte cuentan con módulos digitales que facilitan el trámite de manera radical, no se llenan complicados formatos y casi nunca se requiere de una pluma, además de que los empleados con funciones de atención al público hablan, al menos, otro idioma. En México vamos pian pianito.

DE COLOFÓN.— La Policía Federal, de Manelich Castilla, le dio otro duro golpe al cártel de Los Beltrán. Una institución clave, civil y exitosa en los tiempos que discutimos la Ley de Seguridad Interior.

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