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No fueron los momentos determinantes y polémicos que tiene un juego de futbol y que suelen ser los puntos de quiebre, los que marcaron la historia del Clásico del sábado. Más determinantes que esos, fueron los cambios radicales de conducta futbolística que adoptaron americanistas y Chivas.
Entre los momentos, con su respectiva carga arbitral, los siguientes en orden de importancia: el gol mal anulado al América, el penalti correctamente marcado a Chivas con la correspondiente tarjeta roja para Salcido, la falla de Oswaldo Martínez en el primer gol de Chivas, la salvada de Jair Pereira sobre la raya, la falla de Oribe Peralta, la entrada al límite para roja de Paul Aguilar y la estupenda combinación servicio/remate en la conexión del segundo gol del Guadalajara, entre López y Bravo.
Por ahí están también como factores secundarios, la precipitada salida de Muñoz en el primer gol, los manotazos de Sambueza a Bravo, la probable falta para penalti de Castro sobre Rosel, la falla ante el probable lapidario tercer gol de Bravo que quedó en promesa y algunas atajadas sobresalientes de Rodríguez.
Entre ese montón de circunstancias, por encima de todas ellas, la valiente y ordenada forma de aguantar el segundo tiempo con diez hombres, sin dejar de preocupar al América y sin permitir un agobio tan asfixiante, me parece la más influyente para explicar esta inesperada victoria del Rebaño.
Está también en la ecuación, la reducción del volumen de juego ofensivo del América y quizá excesos de confianza por suponer débil en esta temporada al rival.
Cómo sea, vimos el mejor partido de Chivas en el campeonato y el peor del América. Tenían que invertirse los papeles para que este resultado se diera, y ocurrió. Un torneo que es el sueño de los organizadores de apuestas por impredecible, aunque a decir verdad ha venido a menos en las últimas dos fechas en los estándares de calidad. El Clásico tuvo sus detalles y dinámica. Creo que sin ser una maravilla, cumplió.
Twitter: @Javier_Alarcon_
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