Después de muerto

Guillermo Fadanelli

¿Cómo pasar el tiempo después de muerto? Dado que en ese momento uno ha perdido todo interés por el género humano se concentra solamente en individuos solitarios, libros, objetos imposibles, recuerdos gratos e ingratos. Yo releo hasta el agotamiento. Después de muerto uno también se cansa, aunque no muere de cansancio puesto que es imposible. Yo soy un muerto reciente así que puedo traer noticias del mundo a los viejos muertos, pero no les interesa, cada uno vaga ensimismado e incluso arrepentido de haber vivido. Cada quien se mantiene apartado y en silencio. Hace apenas un rato vi pasar a Herbert Marcuse; caminaba cabizbajo y su mirada algo extraviada y ceño gélido me impidieron aproximarme a él. Recordé que en los años setenta el más célebre filósofo de la Escuela de Frankfurt aún batallaba intelectualmente (pensar es una actividad) en pos de que el abismo entre el pobre y el rico se adelgazara y no fuera tan cruel y ofensivo; que el progreso técnico sirviera al crecimiento de la libertad humana; que se eliminara el envenenamiento del entorno vital y el capital lograra extenderse de manera pacífica. Se hallaba decepcionado de que la enorme riqueza social que la civilización occidental había reunido a lo largo de la historia se utilizara cada vez más para impedir, más que para construir, una sociedad decente e igualitaria, Marcuse insistía en reconstruir viejas teorías marxistas, en dotarlas de energía contemporánea y en acudir a Freud para estudiar la represión y la tristeza que acompaña al supuesto progreso de la sociedad. Freud también andaba por allí, pero como casi todos los muertos, evitaba hablar con el resto de los difuntos, apenas si mascullaba que había perdido inestimables años de su vida en Viena y escribía notas extravagantes que lanzaba de forma indistinta al piso. El suelo de los muertos es plano y uno no debe preocuparse por tropezar con algún obstáculo o encontrarse con un hoyo. Vi deambular también a Paul Feyerabend y tuve deseos de correr a saludarlo y comentarle que al igual que él yo creía que el relativismo inteligente es la única filosofía civilizada de la humanidad, pero apenas intercambiamos miradas me di cuenta de que detestaba el roce con otras personas, aunque estuvieran muertas. Él, enfermo y lastimado de una pierna buena parte de su vida, desconfió de la mayoría de los médicos y afirmaba que éstos hacen diagnósticos incorrectos, prescriben medios dañinos, amputan y mutilan a la menor oportunidad, en parte porque son incompetentes, en parte porque les es indiferente y lo que desean es quitarse el asunto de encima. Allí, entre los muertos, Feyerabend seguía refunfuñando contra los médicos pese a que no podían hacerle ya ningún daño. Seguí de largo temiendo incluso que me confundiera con alguno de ellos y preferí concentrarme en varias mujeres. En el mundo de los muertos uno también puede enamorarse, mas por fortuna tal enamoramiento suele durar sólo cuatro minutos y medio cuando mucho, si no es que se evapora en unos cuantos segundos. Así me enamoré de Marie de Gourney (quizás la primera feminista de la que yo haya tenido noticia) y de la rusa Lou Andreas-Salomé, aunque encontré algo antipáticas a Alma Mahler y a Iris Murdoch. Evité aproximarme a ellas, aunque sus rostros y figura todavía eran lozanos ya que después de muerto vuelves a tener veintinueve años por toda la eternidad. Otra cualidad de los muertos es que tienen que haber vivido como seres humanos y no como bestias, de lo contrario la muerte carecería de sentido. Y tal fue la razón por la que no me encontré allí con tanto personaje despreciable que odié durante mi larga vida. No estaba yo en el cielo imaginado por Dante o por Emanuel Swedenborg, pero allí en general se respiraba tranquilidad y resignación. Finalmente, muchos de estos muertos se habían dado cuenta de que la mayoría de los seres humanos a favor de quienes habían pensado y luchado apenas si valían la pena. Yo soy un muerto afortunado, pues he encontrado en el hogar de los difuntos una cancha de basquetbol y dedico mi tiempo a ensayar los tiros libres, los que en vida no logré dominar por completo.

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