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Llegó el día. Ansiado por algunos, temido por muchos, el 20 de enero de 2017 no es solamente la fecha de la transmisión de poderes en EU, ni tampoco meramente el día en que tomó posesión Donald Trump. Es mucho más que eso y lo acontecido en este día lo ilustra a la perfección:
1. El preludio: la visita de los Trump a la Casa Blanca para “tomar el té” con los Obama forma parte de las tradiciones y de las reglas no escritas de Washing-ton. Lo que no está en el guión es que el presidente entrante se olvide de su esposa ni que ella llegue con un llamativo regalo en mano, que le entrega a una visiblemente desconcertada Michelle Obama, que no muy supo qué hacer con la bolsa de Tiffany’s. Dudo mucho que se lo haya llevado, pues el presidente y su familia tienen prohibido recibir regalos costosos.
2. Multitudes escasas y protestas concurridas sería el encabezado lógico de lo que pasó ayer en las calles de Washing-
ton. Mucha menor concurrencia que de costumbre para aplaudir al presidente entrante, mientras que en otras partes de la ciudad parece que llegaron los saqueadores del gasolinazo. Enmascarados, destruyendo lo que ven y agrediendo a quien se les pone enfrente, sólo ayudaron a reforzar el mensaje de los corifeos de Trump: los enemigos de EU son los que se oponen a Trump.
3. Un discurso nativista, proteccionista y aislacionista, con raíces en el populismo que se apropió del escenario político estadounidense hace casi 100 años, y que retoma literalmente su slogan: America First. Cualquier historiador serio que conozca esa etapa de EU podrá decirnos cómo fue que, de ahí, de esa cerrazón, se llegó a la gran crisis de 1929. Hoy, con su discurso, Trump firmó la sentencia de muerte del sistema imperante de apertura comercial, económica y de ideas y valores. Llega la cerrazón de muros y de mentes.
4. El discurso unificador y de reconciliación que algunos esperaban simplemente no llegó, todo lo contrario. La toma de posesión pareció más un acto de campaña, con una retórica de choque, de confrontación, de batalla. Al retomar su frase Make America Great Again, Trump demostró que no viene con animo de unir. El saludo de puño cerrado al concluir su mensaje es, bien visto, aterrador. No hay ni siquiera el intento de mostrar la mano extendida.
5. Los enemigos de Trump son muchos, y están en todas partes, pero principalmente en Washington DC y todo lo que este representa, y en el resto del mundo. Después de equiparar a Washington y al establishment con todo lo que está mal en EU, Trump se presentó dando una bofetada al Congreso, a sus antecesores, al poder judicial, a todos los que tradicionalmente han sido los contrapesos del poder presidencial. El resto del mundo es una amenaza, y lo mismo aliados históricos que China o México se pueden sentir aludidos o, mejor dicho, amenazados.
Pocas veces un presidente estadounidense ha tomado posesión con un discurso tan duro y tan divisivo con un país tan tenso y polarizado. Trump no inventó el racismo ni la animosidad étnica y social que hoy imperan, pero supo aprovecharlos. Para su fortuna, le sirvieron para ganar la elección. Para su desgracia, tendrá ahora que tratar de controlarlos.
Internacionalista
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