El ventrílocuo y la marioneta

Francisco Martín Moreno

La marioneta llamada Delfina hablaba y hablaba sin decir absolutamente nada, engañando a la gente con las propias técnicas del ventrílocuo

Érase que se era, hace muchos años, tantos como 17 o 18, cuando apareció un ventrílocuo y, al mismo tiempo, encantador de serpientes por la notable capacidad para convencer a sus audiencias de las más aberrantes afirmaciones. En alguna ocasión, se cuenta, que estando acostado, persuadió a quienes lo rodeaban de que en realidad estaba de pie. ¿No era asombroso? Se empezó a correr la voz de los poderes hipnóticos que este singular personaje ejercía sobre las masas, a las que dominaba, dejándolas boquiabiertas y enmudecidas, según el hechicero movía su dedo índice de izquierda a derecha, al ritmo de un péndulo mágico.

Si bien es cierto que podía embrujar a las muchedumbres, resultaba una paradoja de su existencia, la dificultad de controlar a algunas de sus marionetas que lo hacían incurrir en terribles ridículos imposibles de ocultar. Jamás olvidaría aquel terrible momento en que una de ellas, conocida como “la marioneta de las Ligas” apareció en la televisión guardándose millones de pesos en los bolsillos, para lo cual supuestamente no había sido educada, sólo que perdió de vista que estos muñequitos también tenían su personalidad. Sin contener su rabia ni su frustración, le arrebató a la fantoche el dinero robado, claro está, y la arrojó a una covacha, la del olvido.

Con el paso del tiempo la historia se repitió con otro muñeco, el gran “Imas-Mas” que también fue grabado en el preciso instante cuando se embolsaba cantidades incontables pesos. ¿El gran encantador de las muchedumbres acaso no podía controlar a sus propias marionetas? Él mismo había comprado los trajecitos para niños o niñas; él mismo había manufacturado los rostros con plásticos y otros productos químicos; él mismo los había pintado con cejas pobladas, labios gruesos, pelo lacio, orejas pequeñas, todo diseñado de acuerdo a su imaginación y sus deseos, sin embargo, lo traicionaban, y eso de decir que lo traicionaban era otra verdad a medias, porque antes de tirarlos al baúl de los recuerdos, azotando rabioso la tapa y dándole siete vueltas de llave, les quitaba, con la debida furia, el dinero mal habido, hasta el último centavo, para destinarlo a fines, según él decía, altruistas, en beneficio del pueblo, de los desposeídos a los que amaba tanto que estaba dispuesto a multiplicarlos por doquier.

Muñecos iban y muñecos venían, cada uno más ladrón que el otro, hasta que decidió comprar ropa nueva, una cara nueva, una imagen nueva, para provocar el olvido de la audiencia, incapaz de recordar nada y, por ende, también incapaz de reclamar ni de protestar por nada. Así dominaba a su público este ventrílocuo, único en la historia teatral de México. Si la gente no recordaba nada, ¿por qué entonces no abusar de dicha debilidad e inventar una nueva marioneta? Algo así como abrir una página en blanco de la ventriloquia mexicana. Así se hizo, sólo que esa noche fue arrojado violenta y virulentamente a la covacha del olvido, porque en su primera aparición en la televisión le dijo al ventrílocuo: “Oye, tú siempre dices que eres inocente de todo lo que hacen tus marionetas, pero dime con quién andas y te diré quién eres. ¿De veritas, con todo respeto, por qué haces puras marionetas tramposas, rateras, corruptas y supuestamente son diferentes a ti? ¿No será que eres igual a ellas?”.

Por supuesto que la marioneta de marras jamás volvió a salir ni en los mítines, ni en la televisión, ni en ningún acto público porque después de haber sido destrozada, fue quemada con leña verde y acto seguido, incineradas sus cenizas en una chimenea secreta. No se volvió jamás a hablar de ella.

Este brevísimo cuento político concluye cuando el ventrílocuo construyó una nueva marioneta, llamada Delfina, que hablaba y hablaba y hablaba, sin decir absolutamente nada, y seguía hablando y hablando y hablando. Este muñeca empezó por gastarse lo que no tenía, engañó a la gente con las propias técnicas del ventrílocuo, estafó a empleados, se anunció por todo el país con miles de anuncios sin saber de dónde salían semejantes cataratas de dinero, porque el hecho de haber sido una doña nadie y de repente ver su rostro en enormes carteleras como si fuera un sueño, la hacía enormemente feliz.

Solo que un día el afamado ventrílocuo, confiado en su poderes hipnóticos, no cayó en cuenta que su público había descubierto sus trucos, había levantado el telón sorprendiéndolo en paños menores, y sin embargo, continuó jugando con su público como si nada hubiera acontecido. La audiencia conocía las habilidades del ventrílocuo, sus inclinaciones y subió al escenario, lo largó a patadas y despedazó a los muñecos. Entendió finalmente que no debía creerle a un triste muñeco y menos al ventrílocuo. Y colorín, colorado, este cuento político ha terminado…

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