Muhammad Ali: genio y figura

Eduardo Camarena

Ha muerto Muhammad Ali, el boxeador más famoso de todos los tiempos, el personaje deportivo más relevante e influyente de la historia. Uno de los mejores peleadores libra por libra, extraordinario, fantástico.

Era todo un espectáculo, un boxeador diferente a los demás. Se movía con asombrosa ligereza, con un peso corporal de casi 100 kilogramos, prácticamente volaba en el ring, sus movimientos sincronizados de piernas y brazos, con extraordinaria rapidez, llenaban la pupila de los aficionados más exigentes. Inspirado en el estilo de su gran ídolo ‘Sugar’ Ray Robinson, Cassius Clay se convirtió en uno de los boxeadores más importantes en la historia del boxeo profesional: rápido, certero y preciso.

Su polémica personalidad —provocaba e insultaba a sus adversarios— y gran carisma llamaban la atención. Su ideología, convicción y activismo político, incansable defensor de los derechos humanos y firme opositor de la invasión del ejército norteamericano a Vietnam, lo convirtieron también en un personaje de trascendencia mundial, particularmente al negarse a ir a la guerra de Vietnam con las fuerzas armadas de los Estados Unidos.

“¿Por qué me piden ponerme un uniforme e ir a 10 mil millas de casa y arrojar bombas y tirar balas a gente de piel oscura mientras los negros de Louisville son tratados como perros y se les niegan los derechos humanos más simples? No voy a ir a 10 mil millas de aquí y dar la cara para ayudar a asesinar y quemar a otra pobre nación simplemente para continuar la dominación de los esclavistas blancos”, declaró entonces Muhammad Ali su nuevo nombre ya convertido al Islamismo, al desafiar al gobierno de los Estados Unidos, sin importarle las consecuencias ya que se enfrentaba a una posible pena de cárcel.

El 8 de mayo de 1967 el Gran Jurado Federal de los Estados Unidos lo declaró culpable de deserción, lo despojaron de su campeonato mundial de peso completo y le retiraron su licencia para boxear. Tenía 25 años de edad, nadie había podido vencerlo en 29 combates, sólo victorias y 23 nocauts, cuando se encontraba en un sitio estelar y privilegiado de su fulgurante carrera deportiva. Finalmente, no fue enviado a prisión, pero la justicia estadounidense lo obligó a retirarse cuatro años, tiempo más que suficiente para terminar con la carrera de cualquier boxeador, pero no fue así en el caso de Ali. Sus portentosas facultades físicas, habilidad, inteligencia y calidad boxística, le permitieron recuperar el tiempo que el gobierno norteamericano, injustamente, le había arrebatado.

Como boxeador amateur, obtuvo la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma en 1960 en peso semicompleto, al derrotar en la final al polaco Zbigniew Pietrzykowsky, para convertirse en el mejor de ese certamen. Al saltar al profesionalismo, venció a todos sus rivales en sus primeras 19 peleas, con 15 nocauts y 4 triunfos por decisión y se ganaba el derecho de disputarle el título mundial de peso completo a Sonny Liston. Aquella noche del 25 de febrero de 1964 fue inolvidable, Clay lo noqueó en siete rounds en una gran demostración de calidad técnica, velocidad, habilidad y poder de puños. “Soy el más grande”, con estas palabras rubricaba su histórico triunfo al tiempo que definía su estrategia; “vuelo como mariposa y pico como abeja”.

Era sólo el comienzo… volvió a noquear a Liston en la revancha y superó a Floyd Patterson, George Chuvalo, Henry Cooper, Brian London, Karl Mildenberger, Cleveland Williams, Ernie Terrell y Zora Folley para hilvanar nueve defensas venturosas de su campeonato; parecía invencible.

Paralelamente, continuaba su activismo político. Desde su trinchera, cuestionó la decisión del presidente Richard Nixon de enviar soldados a Vietnam. Lo único que no entiendo es la guerra, expresaba repetidamente.

También levantó la voz al manifestarse en contra de la discriminación racial y cuando se le preguntaba por qué siendo un hombre pacifista había decidido dedicarse al boxeo, respondía: “Me inicié en el boxeo porque
creí que era la manera más rá-
pida de progresar en este país
para un negro”.

Los cuatro años de retiro obligado no lo detuvieron. Y aunque fracasó en su primer intento de recuperar el campeonato mundial ante Joe Frazier el 8 de marzo de 1971 en la llamada ‘Pelea del Siglo’, finalmente lo conquistó al derrotar a George Foreman en espectacular nocaut en Kinshasa, Zaire, el 30 de octubre de 1974. Son memorables sus dos triunfos sobre Frazier, Ken Norton —con quien había perdido— Jimmy Ellis, Earnie Shavers y Leon Spinks, en revancha. En su regreso, sin la velocidad de sus años de juventud, pero más maduro y sólido en su técnica boxística, Muhammad Ali volvió a alcanzar el sitio de privilegio que había logrado en su primera etapa y que le robó la “justicia” estadounidense.

Cassius Clay y Muhammad Ali son uno y lo mismo. Su grandeza arriba del cuadrilátero —considerado un peleador casi perfecto— fue de la misma magnitud que sus ideales y acciones políticas
y sociales. Deja un importante
legado en sus extraordinarias
exhibiciones boxísticas y también al transmitir sus pensamientos
y convicciones.

Y sus frases profundas y aleccionadoras.

—El hombre que ve el mundo
a los 50 igual que lo veía a los 20, desperdició 30 años de su vida. —Soy el campeón de la gente. —Cualquiera se puede acercar
a mí y decirme ‘hola’ sin pagar.
No hay guardaespaldas alrededor de este campeón.

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