Zócalo, ancla y cometa

Christopher Domínguez M.

Conocí a Michael Hofmann (1957), el poeta y crítico de origen alemán que escribe en inglés, en el más improbable de los lugares, el zócalo de la Ciudad de México, en octubre de 2015, cuando uno y otro fuimos invitados a conversar sobre Joseph Roth. El novelista austrohúngaro tiene en Hofmann a su principal traductor del alemán al inglés y yo soy un antiguo aficionado a Roth. Como feliz resultado de la charla, recibí, a cambio de un viejo ejemplar de La utopía de la hospitalidad, libro donde quizá fui el primero en hablar del autor de La leyenda del Santo Bebedor, en México, lo cual no es mucho decir, Where Have You Been? (FSG, 2014), la más reciente colección de ensayos de Hofmann.

Había yo leído, en desorden y con cierta distracción, textos suyos en diversas revistas y suplementos, de aquellas necesarias para desvanecer el espejismo del desierto crítico que estaríamos padeciendo, según los agoreros de la red. Calculaba yo reseñar todo el libro pero dada la riqueza y la gracia de Hofmann, su prosa inglesa sin ninguna ostentación profesoral y un tanto caótica gracias, acaso, a su naturaleza de segunda lengua, decidí concentrarme en las extraordinarias páginas dedicadas a Robert Lowell (1917–1977) y en menor medida a su íntima amiga y corresponsal Elizabeth Bishop (1911–1979), pues es precisamente su correspondencia (Words in Air, 2008), el ensayo–obertura de Where Have You Been? Allí Hofmann ratifica la prominencia, sin solemnidad ni respeto desmedido, de una maravilla entre las obras epistolares del siglo pasado.

Conoce Hofmann tan bien a Lowell y a Bishop que los trata como familiar de la casa, pues, como su crítico, se ganó el derecho de picaporte y los compara con Atalanta e Hipómanes. Ella, la ninfa veloz, era invencible en las carreras hasta que apareció un pretendiente que salvó su vida gracias a una trampa dispuesta por Afrodita: arrojarle manzanas de oro del Jardín de las Hésperides para que se detuviese por ellas. Golosa, aquella que estaba consagrándole su virginidad a Artemisa, hubo de librar de la muerte a Hipómenes y desposarlo. Eso dice Ovidio. Para Hofmann, naturalmente Atalante es la Bishop y Lowell, Hipómenes, quien, como es obvio, conoce el triste destino de la pareja mitológica, quienes sorprendidos haciendo el amor en tierras de Cibeles, ésta los separó y los unció, tristemente inmortales al famoso carro, cuya fealdad neoclásica es icónica en Madrid.

Lowell era el ancla, Bishop el cometa, según Hofmann. Él devora la literatura universal y la prensa diaria, se compromete políticamente, arrastra al mundo tras de sí. Ella aspira a una obra–miniatura como la de Anton Webern. Lowell, pashá y Bishop, derviche. Todos los tonos, en un par de vidas dramáticas gracias a la comedia de la mente, aparecen en su correspondencia y me parece que para las próximas generaciones, gracias a Words in Air, serán, como el par de amantes de la mitología griega, inseparables, incluso castigados para que no se toquen. Lowell, que tan importante fue, como me decía hace poco Aurelio Asiain en un correo electrónico, se ha eclipsado. Creo preferirlo a sus eclipsadores, más elegantes, menos brutales. En cambio, la retraída Bishop, retirada en el Brasil con su amante la arquitecta y suicida Lota da Macedo, se elevó tras su muerte, opacando no poco a Lowell.

Según Bishop, una de las tareas descomunales de su vida fue impedir la influencia devastadora de Lowell y su poesía en ella, a quien conoció gracias al crítico Randall Jarell, quien en 1947 los convidó a una fiesta para que se encontraran. Algo hay de política, digo yo, en el asunto. Además de su genio, la actualidad a Bishop la recompensa por ser mujer y lesbiana mientras Lowell, a pesar de haber sido uno de los intelectuales más activos contra la guerra de Vietnam, tiene un récord nada envidiable de enajenación mental, alcoholismo, y sobre todo, de devorador de mujeres.

Hofmann es un maestro del desciframiento del poema, no en balde la venerable Helen Vendler es una de sus fans. La forma en que desmadeja los versos de Lowell no tiene, hasta donde llega mi escaso conocimiento del tema, comparación. Y como ocurre con los buenos críticos, en la madrugada abandoné su Where Have You Been? y me precipité, ya un poco aturdido por los somníferos, por mis Lowell y me topé, lo cual fue suficiente, con sus desgarradores poemas alcohólicos, uno de los cuales es casi insoportable de leer: “Hablar de la miseria que encierra el matrimonio”, un fragmento de Lowell atribuido a la esposa de Delmore Schwartz (1913–1966), poeta desgraciado en varios sentidos de la palabra, quien lo espera en la cama matrimonial. Cito la traducción chilena de Sergio Coddu (Lowell, Apuntes autobiográficos y algunos poemas, Diego Portales, 2013), la que tengo a la mano:

“Cegado por el whisky, llega todo arrogante a la casa a las cinco.

Mi único pensamiento se reduce a cómo permanecer con vida.

¿Qué lo mueve? Cada noche amarro

diez dólares y las llaves del auto a mi muslo…

Corneándome con su climatérico deseo

cae sobre mí como un elefante”.

Espero seguir compartiendo con el lector las maravillas a descubrir en Where Have You Been?, de Michael Hofmann. Hay tela inglesa de donde cortar: Ted Hudges o Basil Bunting, en el camino polaco Zbigniew Herbert y una gran sastrería alemana: Benn, Walser (Robert), Bernhard, Zweig, Mak Beckmann o Kurt Schwitters.

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