Sobre el "efecto cucaracha"

Alejandro Hope

En el combate a la criminalidad sí es posible tener un efecto insecticida: los beneficios de una intervención específica se pueden diseminar a zonas contiguas o delitos distintos

Ahora que se apretaron las tuercas en Tláhuac, hay temor en el vecindario. Los delincuentes brincarán a las delegaciones vecinas, se dice. La banda se pasará al Estado de México, se supone.

Algo similar se asume en Tlaxcala, por ejemplo. Allí el gobierno local teme que los huachicoleros poblanos se refugien en su territorio, huyendo de operativos federales. Y en Hidalgo, las autoridades buscan “blindarse” contra el arribo de criminales perseguidos en Tamaulipas o Veracruz.

En todos esos casos, estamos hablando del llamado efecto cucaracha, uno de los conceptos más reiterados y más desesperanzadores de la discusión sobre seguridad pública. Es la noción de que nada funciona, nada se puede contra el delito, apenas moverlo de sitio, de hora, de giro o de modo de operación. Es también una idea básicamente falsa, al menos en sus versiones más extremas.

Sobre esto escribí hace ya varios años, pero, dado que no hay semana sin que alguien haga alguna referencia al efecto cucaracha, creo que bien vale la pena reiterar el argumento.

Hay un dato esencial que a menudo se olvida: por lo regular, el delito se concentra. Sucede más en algunos lugares, en algunos días y a algunas horas. Puede darse también en términos de víctimas o blancos: nada predice mejor el robo a una casa que el hecho de haber sido robada en el pasado.

¿Por qué se da esa concentración? Por una razón sencilla: en una medida importante, la oportunidad hace al ladrón. Y en algunas horas o lugares, hay mejores oportunidades para el delito. Por ejemplo, una calle solitaria y oscura es mucho más apropiada para un asalto que una avenida bien iluminada y con muchos peatones.

Lo mismo vale para ciertos giros o blancos potenciales. Por ejemplo, hay negocios que manejan mucho efectivo y otros que no. Con toda probabilidad, los primeros van a ser asaltados con mucho mayor frecuencia que los segundos. Willie Sutton, un célebre ladrón estadounidense de la primera mitad del siglo XX, explicó este principio con claridad meridiana. Un reportero le preguntó por qué robaba bancos. ¿Su respuesta? “Porque allí está el dinero”.

Luego entonces, si las oportunidades desaparecen en un lugar, a una hora, en algún giro o para algún tipo de delito, ya sea por la intervención de las autoridades (patrullajes, detenciones, etcétera), medidas defensivas (alarmas o cámaras de vigilancia, por ejemplo) o cambios legales (por ejemplo, el final de la prohibición del alcohol), no reaparecen mágicamente en otro lugar, hora, giro o forma de delito

¿Pueden desplazarse o transformarse los delincuentes? Algunos, los más motivados, los más experimentados, los más urgidos de dinero. Pero no todos y no siempre, y ese es el punto crucial: es posible, mediante intervenciones puntuales, conseguir reducciones netas en el número de delitos.

Mejor aún, es posible tener un efecto insecticida: los beneficios de una intervención específica se pueden diseminar a zonas contiguas o delitos distintos. Poner guardias de seguridad frente a una sucursal bancaria puede proteger a todos los negocios de una cuadra. Impedir la venta de piratería en una calle puede disminuir los asaltos en la zona. Instalar cámaras de vigilancia puede tener efectos hasta en puntos ciegos: al fin y al cabo, los delincuentes potenciales no saben cuántas cámaras hay y en qué dirección apuntan.

Entonces no, el combate contra el delito no está perdido de antemano. Es posible reducirlo, no solo moverlo. Es viable tener efectos grandes con cambios pequeños. Y eso, bien que mal, mal que bien, es una fuente de esperanza.

[email protected] @ahope71

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