Sinaloa: la guerra del fin del mundo

Alejandro Hope

Diez muertos de bala. Todos en Culiacán, la semana pasada, como resultado de prolongadas balaceras. Y eso no fue más que el saldo de una sola noche. En las primeras seis semanas del año, se han acumulado cerca de 150 homicidios en Sinaloa. Cuando apenas comienza, 2017 amenaza ya con ser el año más violento en el estado desde 2010.

¿La razón? Al parecer, una violenta disputa por el legado de Joaquín El Chapo Guzmán, jefe y símbolo del Cártel de Sinaloa, en prisión desde hace un año y extraditado desde hace un mes. El pleito parece ser a varias bandas. Por una parte, dos de los hijos de Guzmán, Iván Archivaldo y Alfredo, parecen estar en conflicto con uno de sus tíos (Aureliano de nombre, Guzmán de apellido y Guano de alias).

Asimismo, los jóvenes Guzmán —misteriosamente secuestrados y liberados hace unos meses en Puerto Vallarta— enfrentan una disputa con uno de los principales lugartenientes de su padre, Dámaso López Nuñez El Licenciado, y el hijo de éste, Dámaso López Serrano El Mini Lic. La presión sobre los llamados Chapitos parece ser lo suficientemente severa como para que hicieran un llamado de auxilio a las autoridades por la vía de una carta enviada hace unos días a los medios de comunicación.

Ismael El Mayo Zambada, gran sobreviviente del narcotráfico y figura icónica del Cártel de Sinaloa, parecería estar alineado con los Guzmán, aunque hay dudas sobre su ubicación precisa en el conflicto.

Para complicar aún más la situación, los de Sinaloa enfrentan una doble ofensiva externa. Por una parte, la banda de los Beltrán Leyva ha estado presionando a los Guzmán tanto en el norte del estado como en Mazatlán e, incluso, en la sierra misma. Según algunas versiones, ese grupo está detrás tanto del ataque contra la familia del Chapo en Badiraguato, en junio pasado, como del secuestro de los Guzmán en Puerto Vallarta.

Por otra parte, el Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG) se ha vuelto un rival de peso del Cartel de Sinaloa a todo lo largo del Pacífico mexicano. Desde hace más de un año, esos grupos criminales han sostenido una guerra salvaje en Colima. En meses más recientes, han convertido a Tijuana en campo de batalla. Ciudad Juárez bien pudiera ser el siguiente escenario de esa guerra.

En resumen, la situación luce mal para la mayor organización criminal del país. Sin su capo principal, envuelto en una disputa sucesoria y bajo acoso de rivales externos, el Cártel de Sinaloa parece encaminarse hacia una fragmentación como la que devoró a algunos de sus rivales (el Cártel del Golfo, por ejemplo).

De ser el caso, estaríamos ante una reestructuración de fondo del submundo criminal. En el corto plazo, el CJNG saldría beneficiado, pero esa victoria probablemente sería de corto plazo. Sin rivales de peso en el horizonte, los jaliscienses se convertirían en blancos prioritarios tanto de las autoridades mexicanas como de las estadounidenses. Esa presión eventualmente conduciría a la captura de sus líderes y a su desmantelamiento.

Mas estructuralmente, la implosión del Cártel de Sinaloa significaría un final de época. Por primera vez en más de una generación, el universo criminal mexicano dejaría de estar dominado por una banda de narcotraficantes de raíz sinaloense. Sería el fin de la era del capo y el cártel. En el largo plazo, eso pudiera ser una buena noticia. Al final del día, es preferible lidiar con pequeños grupos de rufianes dedicados al secuestro o la extorsión que a grandes bandas de crimen organizado trasnacional.

Pero, en lo inmediato, la fragmentación del legendario Cártel de Sinaloa significará casi inevitablemente más desorden y más violencia. Tal vez mucho más.

 

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