La avenida donde Kennedy fue aclamado por los mexicanos

Mochilazo en el tiempo

La avenida Juárez ha tenido diversos nombres a lo largo de la historia; sin embargo, una ha sido su constante: por ella han desfilado grandes personajes de la política como Iturbide, Maximiliano de Habsburgo y los presidentes John F. Kennedy y Charles De Gaulle

Texto: Xochiketzalli Rosas y Mario Caballero
Fotografías actuales: Mario Caballero
Diseño: Miguel Ángel Garnica

Compara el antes y después deslizando la barra central (ABRIR MÁS GRANDE)

El sol del medio día es inclemente: ha calentado el cemento grisáceo de la calle y el viento que sofoca; pero no detenemos nuestro andar sobre la avenida Juárez. A cada paso que damos rememoramos todas aquellas construcciones que ya no existen; las que desaparecieron tras los sismos de 1985, las que fueron reemplazadas por otras más modernas, las que permanecen intactas o en el abandono. Iniciamos el recorrido en la esquina del Paseo de la Reforma, donde se encuentra la “Puerta 1808” —aquella escultura de acero de 15 metros de altura del artista plástico zacatecano Manuel Felguérez y que fue colocada en el cruce con avenida Juárez en octubre de 2007—, y culminamos la caminata, una hora después, en el cruce con el Eje Central, flanqueados por el Palacio de Bellas Artes y la Torre Latinoamericana.

Probablemente, la última generación de adolescentes recuerde a la avenida Juárez por los Reyes Magos que solían instalarse en la Alameda Central durante la época navideña; mientras que generaciones más adultas quizá la recuerde por muchas cosas más, como los Hoteles Regis y Del Prado, o los cines Prado, Alameda y Variedades, de este último su fachada porfiriana sobrevive, mientras que el resto es un cascarón. Y del aspecto histórico, ni qué decir de los innumerables desfiles conmemorativos de la Independencia o de la Revolución que engalanaron la avenida con los colores de la bandera, o el paso de los presidentes de Estados Unidos o Francia para ser aclamados por la multitud que aquí se congregaba.

Es un hecho que los cerca de 850 metros que constituyen la avenida Juárez han sido testigos de diversas transformaciones urbanas al transcurrir de los años y es, sin lugar a dudas, una de las avenidas más importantes y representativas  de nuestra ciudad.

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Vista de la avenida Juárez, entonces de doble sentido, a finales de los años setenta. Al centro destacan el Hotel Bamer y el Conjunto Alameda, rodeando al ex templo de Corpus Christi. Del lado derecho se aprecia el Edificio San Antonio, donde se ubicó la primera Librería del Sótano, demolido tras los sismos de 1985. Al fondo se ve la Torre Latinoamericana. Foto: Colección Villasana-Torres.

La  antigua Calzada del Calvario

La actual avenida Juárez ha tenido diversos nombres a lo largo de la historia: Patoni, Calzada del Calvario,  Corpus Christi y Puente de San Francisco. Y por ella han desfilado grandes personajes. En 1821, Agustín de Iturbide al mando de sus tropas avanzó sobre Bucareli y siguió por la entonces llamada Corpus Christi hasta la iglesia de San Francisco para llegar al Zócalo.

En tiempos de don Maximiliano, por ejemplo, ya era una ruta constante que el Emperador de México tenía que recorrer entre Palacio Nacional y el Castillo de Chapultepec.

Por eso, como el trabajo como emperador era la preocupación principal de Maximiliano y su esposa Carlota se impuso como prioridad convertir ese terreno en una vía más factible, pues por lo inestable del suelo y los encharcamientos hacían más difícil la travesía de su carruaje, que en condiciones normales se calculaba en más de una hora de trayecto. Con seguridad hoy día ese mismo recorrido debería ser más rápido debido a la moderna urbanización y uso de los modernos automóviles; sin embargo, por la saturación de automotores, manifestaciones y desviaciones obligadas, se sabe con certeza que el mismo recorrido desde Palacio Nacional se calcula en más de una hora.

Fue por Benito Juárez de quien adoptó su nombre actual, tras su triunfal paso hacia el Palacio Nacional en 1867. En 1910, el presidente Porfirio Díaz inauguraba el majestuoso Hemiciclo a Juárez, en memoria del Benemérito de las Américas, como parte de los festejos del Centenario de la Independencia.

Un par de años después, el 9 de febrero de 1913, el Presidente Francisco I. Madero arengó a los cadetes del Heroico Colegio Militar en el pasaje conocido como “La Marcha de la lealtad”, desde uno de los balcones del taller fotográfico Daguerre, que se encontraba en la esquina de la avenida San Juan de Letrán, hoy Eje Central y la avenida Juárez, donde hoy se levanta el edificio “La Nacional”. 

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Vista panorámica del Desfile Deportivo del 20 de noviembre de 1963. En primer plano se observa el recorrido por la avenida Juárez del contingente de Charros.

Y no sólo en el siglo XX recorrieron la famosa avenida importantes personalidades de la vida política del país, pues en los años más recientes esta vialidad ha sido ocupada por manifestaciones y ciudadanos de a pie que la utilizan a diario por ser la conexión infaltable con el centro de la ciudad.

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En los años 60, sobre un transporte de 32 ruedas fue trasladada la Piedra del Sol, o Calendario Azteca, por avenida Juárez hacia su nueva y permanente ubicación: el Museo de Antropología e Historia.

Testigo de los grandes acontecimientos

 En nuestro andar sobre Juárez hemos dejado atrás la Plaza de la Solidaridad, espacio que ocuparon el prestigioso Hotel Regis y la tienda “Salinas y Rocha”,  y unos metros antes el edificio de la Cienciología en México, donde años antes se encontraba el inmueble que alojaba las oficinas de la compañía relojera H. Steele. Caminamos en la acera contraria a la Alameda Central, pues de ese lado la enorme estructura del Hotel Hilton ataja la inclemencia del sol.

Unos pasos después de lo que ahora es la Secretaria de Relaciones Exteriores, casi frente al Hemiciclo a Juárez, el señor José Luis Pérez, un voceador que tiene su puesto de periódicos sobre avenida Juárez desde 1954, nos recibe fresco pese al calor. Recuerda sonriente, como si todo hubiera sucedido ayer, las edificaciones que vestían los alrededores de su sitio de trabajo.

Don José Luis instaló primer quiosco de diarios frente al ex templo de Corpus Christi, cuando su puesto era de tijera: dos estructuras se unían en lo alto formado un triángulo donde se colocaban los periódicos y revistas. Después, en el régimen del regente de la ciudad Ernesto P. Uruchurtu, cambió a un puesto que se acerca más a la forma actual en el sitio en el que platica con EL UNIVERSAL.

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Don José Luis tiene más de 60 años con su puesto de periódicos en avenida Juárez.

“Sí he visto cómo ha cambiado mucho la avenida, no sólo de los edificios, sino de la gente. Siempre ha habido voceadores y boleros, pero hace como 20 años pasaba poca gente. Venían vendedores, parecía tianguis. Pero todo ha sido un cambio para bien, como ahora”, dice don José Luis señalando los agujeros en el suelo por las reparaciones en el cableado profundo a unos metros de distancia de nosotros.

Incluso, don José Luis recuerda la famosa visita del presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, a México en 1962. Precisamente del 28 de junio al 1 de julio el mandatario, en compañía de su esposa Jackie, visitó el Museo de Antropología e Historia, el Monumento de la Revolución, la Basílica de Guadalupe y disfrutó del ballet folclórico de Amalia Hernández en el Palacio de Bellas Artes.

Fue el 29 de junio de 1962, cuando el presidente Kennedy pasó por avenida Juárez. Ahí lo vio don José Luis apenas unos segundos. Fueron muchas las personas que se dieron cita en las aceras de la vialidad para ver al mandatario norteamericano.

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El presidente Kennedy responde a las muestras de afecto y entusiasmo con que el pueblo mexicano lo aclamó. Le acompaña su homologo, el jefe del ejecutivo, Adolfo López Mateos;  ambos saludan a los cientos de personas que se dieron cita en las calles de la ciudad. En la gráfica se observa su recorrido por la avenid Juárez. Foto: Federico Tenorio/EL UNIVERSAL.

La nota de aquel acontecimiento publicada en EL UNIVERSAL justo describe que fueron 15 kilómetros los que recorrió Kennedy, de pie, a bordo de un coche descubierto, agradeciendo las demostraciones de simpatía popular. Desde el aeropuerto hasta la residencia presidencial de Los Pinos, durante una hora y cuarto, el mandatario no escuchó otra cosa que aclamaciones, aplausos, vítores.

“Todo México estuvo ahí, podría decirse ante la imposibilidad de precisar una cifra que definiera con exactitud a la muchedumbre que llenó sin dejar hueco todo el Boulevard del Aeropuerto, Fray Servando Teresa de Mier, 20 de Noviembre, Plaza de la Constitución, Cinco de Mayo, Avenida Juárez, Paseo de la Reforma”, se lee en la nota publicada el 30 de junio de 1962.

Con esa visita presidencial se daban por terminadas las fricciones del problema cubano que en el seno de la Organización de Estados Americanos se habían provocado entre México y Washington.  

Pero a Kennedy no fue al único presidente que don José Luis vio pasar a unos metros de su puesto de periódicos. “Vi de muy cerquita al francés, como se llama… ¡Ah! Charles de Gaulle. Ese día había mucha gente esperando para verlo”, narra el hombre de más de 70 años.

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El Hemiciclo al Benemérito de las Américas fue testigo de las espontáneas demostraciones de simpatía hacia el presidente de Francia. El automóvil adornado con las banderas de Francia y México.

Fue el día que pisó territorio mexicano, el 16 de marzo de 1964, cuando el general y presidente de Francia, Charles de Gaulle recorrió avenida Juárez a bordo de un Mercedes Benz descubierto, mientras una lluvia de papelitos multicolores lo bañaba. La visita que duró hasta el 19 de marzo entabló por vez primera las relaciones bilaterales entre México y Francia.

El voceador recuerda a los dos mandatarios levantar las manos para saludar a toda la gente reunida a lo largo y ancho de la avenida Juárez. Mucha gente aventaba papelitos de colores desde las azoteas de los edificios cercanos, en las ventanas de los restaurantes se veían los carteles de los dos presidentes. “Todos los que presenciamos ese evento gritábamos muy fuerte”.

Don José Luis rememora también que varios puestos de periódicos aquel día estaban tapizados de portadas de periódicos que le daban la bienvenida al mandatario francés; en especial la de EL UNIVERSAL.

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Sin embargo, no todo lo que ha testiguado don José Luis han sido acontecimientos felices.

En el apacible amanecer del 19 de septiembre de 1985, antes de las 7:19 de la mañana, todo parecía normal, la vida en la ciudad no esperaba tener cambio alguno, los trabajadores de todos los oficios que se alojan sobre avenida Juárez (boleros y voceadores) se preparaban para acomodar sus espacios de trabajo, los habitantes la Ciudad de México deambulaban entre las calles, algunos presurosos, otros somnolientos, los relojes incrustados en edificios públicos, como el H. Steel, ticteaban su segundero con eficaz precisión, todo era tan normal hasta antes de las 7:19.

Un leve mareo alertó a don José Luis de lo que vendría. Un sonido agudo le tomó por sorpresa y de tajo le regreso a la realidad. Don José Luis era el testigo de la “tragedia más devastadora” que la ciudad haya vivido. Apenas iba a llegar a su puesto de periódicos, pero ante la situación ya no llegó y se regresó sobre sus pasos para ir a buscar a su familia. Recuerda los gritos, las sirenas de las ambulancias.

Tras el temblor su puesto permaneció cerrado y después ni un solo día posterior a la tragedia dejó de trabajar; aunque en diferentes puntos de la avenida, donde pudiera a su vez ayudar, de alguna forma, a la reconstrucción de la avenida. “Estaba aquí. No lo cerré. Seguí vendiendo. La gente quería informarse, saber, leer el periódico”, concluye don José Luis.

Hacia el futuro

Héctor Fernando Ramírez es uno de los 24 boleros que están instalados a lo largo de avenida Juárez. Él lleva 13 años a las afueras de la Secretaria de Relaciones Exteriores dando bola a todos los oficinistas que transitan sobre la vialidad.  Cuenta a EL UNIVERSAL que a él ya no le tocó aquel glamour de la avenida. “Sólo vi una vez a Fox, a Peña Nieto un par de veces y una vez a Galilea Montijo”, enumera el hombre que trabaja de siete de la mañana a cinco de la tarde de lunes a sábado.

Asegura que le han contado sus compañeros más antiguos, uno que lleva 45 años boleando en avenida Juárez, de todo aquello. Sin embargo, dice que también ha presenciado acontecimientos importantes: una vez le boleó los zapatos al embajador de Colombia en México y también a los integrantes de la Banda Limón, quienes después de que sus zapatos quedaron listos se pusieron sus características chamarras de cuero.

Pero lo más importante que él considera que le ha tocado ver es cómo varios edificios que estaban abandonados fueron rescatados y embellecidos, “todo para que no se pierda su hermosura e historia”.

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El señor Fernando Ramírez se traslada todos los días desde Ciudad Nezahualcóyotl a su lugar asignado para bolear en avenida Juárez. 

—Ese edificio de la esquina —dice señalando un complejo de departamentos en la esquina de Luis Moya— estaba abandonado y lo compró Slim y lo recuperó. Lo mismo con otro de allá adelante, donde estaba el Bancomer, ya lo compró y lo arreglará. Eso se ha hecho con varios edificios; se remodelan y los que son antiguos se les conserva la fachada, porque son bonitas y viejas —describe el señor Fernando.

El señor Fernando considera que la avenida Juárez es un buen lugar para trabajar porque transita muchas gente, y se despide comentando que el principal testigo de los cambios en avenida Juárez es la misma avenida: “Si ella hablara qué no nos podría contar”.

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Vista panorámica de cómo luce en la actualidad la avenida Juárez. De lado derecho se aprecia el Palacio de Bellas Artes y la Alameda Central. La vialidad sólo tiene un sentido vehicular. Foto: Perla Miranda. 

Concluimos nuestro nostálgico recorrido al llegar al cruce con Eje Central, ahí donde convergen un mar de autos y personas intentando cruzar un semáforo. Una ola de gente pasa rozándonos, unos vienen y otros dejan atrás aquella emblemática avenida Juárez, la que ahora es de un sólo sentido y carece de aquel hermoso camellón con macetones. La que cambia todo el tiempo, la que aún tiene mucho por contar, la que tenemos que redescubrir y definir. Damos la vuelta y regresamos sobre nuestros propios pasos; nos vamos adueñando de las aceras. El camino es el mismo pero ahora luce distinto, ahora nos resulta más familiar. No cabe duda que las calles son de aquellos que las transitan. 

 

Fotos antiguas: Archivo fotográfico de EL UNIVERSAL y colección Villasana-Torres.

Fuentes: Archivo hemerográfico de EL UNIVERSAL, entrevista con el voceador José Luis Pérez y con el boleto Héctor Fernando Ramírez, libro Los paseos de México de Salvador Novo.

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