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Viene, viene…

Pedro Salazar Ugarte

De un lado y del otro, nuestros representantes buscan pretextos para salir en la foto y sacar ventaja del viaje papal

La visita de Jorge Bergoglio, papa Francisco, Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, o como sea que lo llamemos, ha ocupado la mente de muchos durante semanas. Quería escapar de esa trampa temática pero, como se puede dar cuenta, no lo he logrado. El tema es relevante y son muchas sus aristas. Comparto con los lectores algunos de los aspectos que distraen mi atención cuando pienso en tan mediático acontecimiento.

Un tema interesante es, precisamente, el de los títulos o investiduras que se usan para nombrar al jerarca religioso. Algunos sostenemos que, para reivindicar el carácter laico del Estado mexicano, debemos llamarlo “jefe del Estado Vaticano”. Con ello pretendemos exigir que las autoridades que lo encontrarán respeten los símbolos, el lenguaje y los imperativos políticos de la laicidad. Sin embargo, voces como la de Roberto Blancarte advierten que esto es un error. Según Blancarte todas las visitas papales son pastorales y la estrategia de hacerlas pasar como visitas de Estado fue una inteligente ocurrencia de la propia Iglesia para justificar los encuentros oficiales. Por ello, no sin argumentos, Blancarte advierte que la única manera de defender la laicidad es llamándolo por sus títulos religiosos. Solo así, nos dice, pondremos a la visita en su justa dimensión.

Otro tema relevante —y, sobre todo, preocupante— tiene que ver con el reblandecimiento de las convicciones laicas de gran parte de nuestros gobernantes. Todo indica que, por desgracia, la defensa del Estado laico no es frente a la Iglesia sino frente a los políticos mexicanos. De un lado y del otro, de todos los partidos, en todas las funciones, nuestros representantes buscan pretextos para salir en la foto y sacar ventaja del viaje papal. Nunca mejor dicho: los artículos constitucionales que consagran la laicidad —40 y 130 principalmente— “duermen el sueño de los justos”.

Un expediente delicado que no puede olvidarse en el contexto de este encuentro es el de los abusos sexuales cometidos por miembros del clero mexicano en años pasados. Acabo de ver la película sobre estos mismos hechos en la ciudad de Boston —Spotlight— y me atrapó un sentimiento de indignación porque lo que sucedió en México fue peor y quedó impune. Me han dicho que el tema no es prioridad en el discurso papal y me pregunto con qué autoridad podría —si es que lo hace— denunciar otros abusos y violaciones a los derechos humanos que suceden en nuestro país sin encarar ese espinoso tema. Y que quede claro: no pienso que para denunciar unos abusos tengan que denunciarse todos; pero si creo que, ciertos actores, en ciertos contextos, no pueden apuntar el dedo hacia un lado mientras miran hacia el otro.

Un asunto que nos preocupa a algunos cuando se habla de la Iglesia y del Papa es el de los derechos sexuales y reproductivos. Sobre todo, pero no sólo, en el caso de las mujeres. Todos conocemos la doctrina católica sobre la anticoncepción, el matrimonio igualitario, el aborto. Y también sabemos las consecuencias prácticas que esa postura puede tener para la vida de las personas cuando la Iglesia coloniza las normas colectivas con sus dogmas. Por eso denunciamos el oportunismo con el que algunos gobernantes presentan iniciativas para “proteger la vida desde la concepción” en vísperas de la visita del Pontífice y aprovechamos para denunciar el injusto despropósito de las cientos de mujeres —en su enorme mayoría pobrísimas— que se encuentran encarceladas en el país por haber interrumpido un embarazo. La disputa es conocida y probablemente inconcluyente pero no por ello irrelevante.

Por eso, en este contexto, celebro una decisión política alentadora. El nombramiento del doctor José Narro como secretario de Salud es una buena nueva por muchas razones pero, ahora, a mi juicio, tiene relevancia especial. Narro es un hombre de convicciones laicas y, sobre todo, ha sido un aliado de las mujeres y de sus derechos. Se trata de una estupenda noticia laica.

Director del Instituto de IIJ-UNAM

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