Los guantes

Mónica Lavín

Con esto de que las modas regresan, y ahora por ejemplo, el look setentero, entre zarrapastroso y étnico hace que recordemos los pantalones acampanados, los largos chalecos, los zapatos de plataforma, me pregunto si el uso de ciertas prendas volverá. Desde luego el corsé y el guardainfante (qué maravilla de nombre para el armazón que daba volumen a las faldas, y claro, donde cabía un niño) no podrán tener espacio en la tendencia hacia la ropa cómoda y no esclavizante (no del todo cierto... basta ver algunos zapatos). Pienso en los guantes, que de ser prenda para ocasiones hasta los años 60, se volvieron utilitarios, para atajar el frío, para trabajos rudos, o con materiales agresivos. Sobre todo, de plástico. Los guantes, esas falsas manos, muda de piel, manos de repuesto, eran el modo de vida de quienes los fabricaban. En un pequeño taller de la calle de López, hacían guantes de tela con pequeños botones o plisados, de piel, a la muñeca, o a medio antebrazo o de plano hasta el codo. Porque la gente los usaba en ocasiones especiales. Cuando cerraron por que no hubo más compradores, quedaron arrumbados en cajas como manos abandonadas.

De niña tuve unos guantes blancos, mi hermana y yo los llevamos a bodas de la familia, o primeras comuniones. Nos gustaban mucho, nos daban importancia. Y luego quitárnolos y llevarlos en la mano como una flor caida, quizás era como fumar, como trasgredir y ser grande antes de tiempo. En el negocio de piel de mis padres estuvieron a la venta, de cabretilla, de ante, de colores tenues o atrevidos. En tamaños que iban del 6 al 9. En bolsitas de plástico, que luego se empacaban en cajas del tamaño entre papeles de china o de seda. En Pastoral americana, Philip Roth dedica muchas páginas a describir la fabricación de guantes, pues el protagonista ha heredado la fábrica que montara su padre, un inmigrante judío a Nueva Jersey. Con la lectura de ese fragmento entendí que había un rombo de piel del que dependía la estructura del guante para la movilidad del dedo gordo, y que hacerlos era un cálculo preciso de fino acabado. Recordé el sonido de las máquinas en el taller de piel de mis padres, la máquina que rebajaba las orillas de la piel, el olor a cola con que se pegaban las partes, pero sobre todo las texturas de un mundo animal curtido y trabajado para que nos aderezáramos con él, y la habilidad de quienes cortaban, armaban y terminaban bolsas, cinturones, chamarras. Hay quienes han crecido en el campo, o con un padre doctor, o entre coches o trabajos diplomáticos, yo crecí entre pacas de cuero, entre los bocetos de mi madre para que se hiciera tal o cual prenda, entre retazos que mi hermana y yo nos llevábamos a casa para hacer en miniatura, bolsas para las muñecas, pequeños chalecos, cinturones. Ese fue nuestro paraíso. Por eso cuando encontré el pasaje que me emocionó en la novela de Roth, se la regalé a mi padre. Pensé que le podían interesar tanto el tema de una novela potente ubicada en los 60, como aquel pasaje, los logros de hombres de esfuerzo que montan sus negocios y que están a merced de los dictados de la moda. Eso ocurrió con el padre del protagonista de la novela, ocurrió con los talleres mexicanos, como seguramente ocurrió con sombrereros que dejaron de ser necesarios. Margaret Atwood también menciona en su novela El asesino ciego una fábrica de botones de hueso, concha y madera abandonada porque los botones de plástico la han desbancado. Los estilos de vida no son nada más caprichos externos, alteran familias enteras, instalan la añoranza precoz en lugares que no suponían que su utilidad era pasajera. Cuánta historias no andan sueltas por allí. Lo que era que ya no es y que sacó de la jugada, oficios, modos de ganarse la vida, habilidades. Pero los guantes, ¿no podrían volver a disfrazar nuestras manos? ¿O si esto sucediera no habrá esas otras manos que los puedan hacer con la delicadeza que necesitan para que expresiones como “me queda como guante” se puedan sostener? Tengo un cajón lleno de guantes. A veces lo abro y lo desparramo sobre la cama y me pruebo uno y otro par. Les pongo anillos encima, los hago bailar y juego como si fueran mis muñecos, o unas manos que no son mías. No sé bien a qué esfera de mi vida pertenecen, pero no pienso deshacerme de ellos. No después de que sé cuánta habilidad requiere la costura de ese rombo que permite el juego de los dedos. No después de que son manos postizas para ser otra.

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