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Recuento de lecturas

Mónica Lavín

Hay quienes tienen la costumbre de llevar una bitácora de lecturas. Me gustaría ser uno de ellos, pues cuando llega el cierre del año y quiero hacer un repaso de los libros que leí, la memoria me traiciona. Puede haber algo bueno en ello, seguramente vendrán a mi mente cuando hago el esfuerzo los que dejaron huella más clara. Como mi memoria no es de fiar, este año seré más ordenada, anotaré. Aunque seguramente este propósito se esfume en los primeros meses, pues si leer es placer, su desorden, su caos, es también parte de él. Tal libro en un viaje, otro va de viaje en balde, algo más en el iPad, algunos que reposan en el buró año tras año como una esperanza sin fecha tope. Lo que si hago es anotar en la última página, que suele estar en blanco, la fecha y alguna impresión de la lectura, cuando lo amerita. Lo maravilloso de la lectura es que uno no está condenado a leer sólo los libros del año.

Puedo mencionar algunos de clara memoria y gozo en 2015:

Nocturnos, de Kazuo Ishiguro. Cinco historias sobre músicos. La música es una pasión del autor inglés nacido en Nagasaki, de hecho ha escrito canciones que canta Stacey Kent (a quien descubrí gracias a él.) En los cuentos hay una sensación de paso del tiempo, la fama como un fantasma siniestro, la fugacidad como sino. Releí Lo que queda del día, la novela que fue llevada al cine y que el año dual con el Reino Unido puso de nuevo en el camino igual que la afortunada relación entre cine y literatura.

A sense of an ending, de Julian Barnes, es la novela de otro de los autores del dream team inglés, traducida como El sentido de un final (confieso que la literatura inglesa me gusta mucho, sutileza e ironía van de la mano), cuyo título en español no alcanza el sentido del original. Tal vez porque la palabra “sentido”, que acabo de emplear justamente, nos lleva a “significado”. Una historia breve de una relación amorosa enrarecida que aparece en el presente de un hombre divorciado. El sentido de perturbación, de lo que no se alcanza a comprender por completo, de incomunicación y revelación son muy atractivos. La elegancia de la prosa de Barnes, su exactitud y ritmo se paladean.

Adiós a los padres, de Héctor Aguilar Camín, un recuento autobiográfico de la historia de sus padres, los orígenes en Chetumal (y Cuba), la llegada a México y, sobre todo, el reencuentro con el padre, no visto en décadas, en los últimos años de la vida es conmovedor. Hacer de los personas de la vida real personajes literarios, con claroscuros, encararlos con la comprensión a la que se refería Faulkner, no es tarea fácil. En esta vertiente reciente de lo que se ha llamado autoficción, donde el autor es personaje, la novela de Aguilar Camín hace un gran papel. Tal vez porque las particularidades de su familia remiten a las historias que a todas las familias rondan. Fundaciones, secretos, amor, traición y la necesidad rulfiana de saber siempre quién es el padre.

Unless, de Carol Shields, traducida como A no ser, es una novela perturbadora de la escritora canadiense (nació en Estados Unidos pero se naturalizó canadiense) fallecida en 2003. De la literatura canadiense no deja de sorprender el vigor de la narrativa de las mujeres (alguna vez Margaret Atwood explicó que la literatura en su país había sido en sus inicios la escrita por las monjas francesas de los conventos y que esa era una posible razón). Unless cuenta la historia desde una escritora madura, con tres hijas adolescentes, una buena casa, marido y hasta perro, cuya hija un día decide sentarse en una boca del Metro en Toronto con un letrero que dice “bondad” y no hacer nada, dormir en los refugios de homeless y no hablar. En esa vida, que se vuelve el todos los días de la familia, es necesario encontrar la razón de esa actitud. La voz en primera persona de la madre es potente y precisa. Ese infierno que se instala un día en la “normalidad” es quizás el temor de cualquiera.

El amor es hambre, de Ana Clavel, es la novela con la que inauguro 2016, pero esa es otra historia a la que volveré con más renglones para comerla con los ojos.

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