Nuevo escenario latinoamericano

Luis Felipe Bravo Mena

Estamos ante un acontecimiento disruptivo en el escenario latinoamericano

Las primeras declaraciones de Mauricio Macri, después de su apretada victoria sobre el oficialismo kirchnerista, seguramente resonaron como petardo en las cancillerías de la región.

Anunció los primeros trazos de lo que será la política exterior de su gobierno: pedirá la aplicación de la cláusula democrática a Venezuela para segregarla del Mercado Común del Sur (Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Venezuela y Bolivia); se empeñará en concluir las negociaciones entre este bloque y la Unión Europea; expresó voluntad de acercar su país a la Alianza del Pacífico (México, Colombia, Chile, Perú). Todo ello precedido de manifestaciones de solidaridad con la causa de la liberación de Leopoldo López, preso político de la dictadura bolivariana encabezada por Nicolás Maduro.

Estamos ante un acontecimiento disruptivo en el escenario latinoamericano. El nuevo jefe de Estado argentino con sus iniciales posicionamientos toma liderazgo, se convierte en figura de referencia entre las fuerzas dispuestas a superar los diversos experimentos autoritario-populistas aplicados en el Cono Sur. Esos regímenes tejieron una trama de organizaciones y mecanismos de cooperación siguiendo el discurso bolivariano; se inspiraron, con distinta graduación, en la utopía del socialismo del siglo XXI y se aprovecharon de los petrodólares venezolanos. Modelos con los que Néstor Kirchner y su consorte sucesora Cristina Fernández (2003-2015) cultivaron alianza y familiaridad.

Macri va por otra ruta. Se identifica con la democracia liberal y la economía de mercado. Lo hará con cautela porque no cuenta con la mayoría en el Congreso. Pero en política exterior se muestra audaz, por eso señala con índice de fuego al régimen de Maduro y propone no dejar impunes sus desmesuras y atropellos; voltea a ver a Europa, prefiere escuchar consejeros españoles, no le interesan los asesores cubanos y descubre que hay mejores oportunidades dentro del bloque de las democracias latinoamericanas del Pacífico.

El 6 de diciembre toca el turno a Venezuela. Habrá elecciones para renovar la Asamblea Nacional. El proceso está descalificado por la oposición, y el secretario general de la OEA, Luis Almagro, reclamó la exclusión de la institución como observadora. Esto anuncia borrasca sobre la región. La cuerda de las lealtades entre los gobiernos se va a tensar al máximo si en la tierra de Bolívar, Caldera y Arístides Calvani se comete, de nueva cuenta, fraude electoral y se recrudece la persecución contra los ciudadanos que reclaman la restauración democrática.

Con el nuevo gobierno de Argentina, nada complaciente con esas atrocidades, el equilibrio en los foros latinoamericanos donde se deben tomar decisiones para salvaguardar el cumplimiento de los tratados y convenciones sobre derechos humanos podría hacer que escale el conflicto. ¿Solicitará en la OEA, lo mismo que pide en Mercosur?

En este entorno existe un nuevo elemento cuyo efecto aún es difícil medir. El deshielo y la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Los cubanos buscan nuevas fuentes de recursos para fondear la prolongación de la dictadura y su fracasada economía socialista. Chávez y Maduro han sido ahijados generosísimos con el castrismo, colmaron el hueco que dejaron los subsidios soviéticos, esfumados tras la caída del sistema comunista mundial, pero ese manantial de dólares también se está secando. La distensión con EU es su tabla de salvación. Si el problema venezolano sube de nivel, este triángulo será determinante en su desenlace.

¿Y México? ¿Tendrá la decisión de jugar un papel relevante o adoptará la postura del avestruz, para quedar bien con todos?

Analista político

@LF_BravoMena

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