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En defensa de la rata

Javier García-Galiano

Entre los libros que aún podrían escribirse, no resultaría el menos asombroso una historia de los animales del circo. Podría narrar la biografía de ciertos animales legendarios, como la del caballo Cornplanter que montaba John Bill Ricketts, el cual introdujo el circo en América, o la del elefante Old Bet. Esa historia no debería prescindir de tragedias como la de la muerte del domador norteamericano Alexander Crispin cuando lo desconoció un tigre, al que había cuidado y entrenado paternalmente, la noche de un sábado, durante la función del circo de los hermanos Suárez en Etchojoa, Sonora. Podría rememorar asimismo algunos de los afectos que han unido a caballos, llamas, changos, perros, tigres, leones, elefantes con sus entrenadores y la troupe del circo como la del elefante, el domador y el payaso que Paquito de Rivera convirtió en música o como la que refiere Eliseo Alberto en La eternidad por fin comienza un lunes: “Asdrúbal el mago nunca se sintió más viejo que el día que murió el león de la Metro Goldwyn Mayer. En honor a la verdad era sólo un ejemplar de zoológico venido a menos, que había pasado de mano en mano y de circo en circo en un deprimente calvario hasta que el payaso Brunno Uribe lo compró a precio de bicicleta en un remate de mercado. La oferta incluía a Tartufo, un domador tartamudo que había perdido el nombre en una apuesta de gallos”.

Ese libro hipotético también debería aludir a la ley; no como una forma de justicia, sino como la obra de oportunistas que, se sabe, se confieren inmunidad para protegerse de las leyes que perpetran. Una de ellas ha prohibido a los animales que sean parte del circo, donde se les cuidaba porque han importado una de las fascinaciónes esenciales de ese arte. La prensa ha informado del destino de esos animales: casi todos han muerto y los sobrevivientes parecen condenados a la melancolía.

Aquellos que propulsaron esa ley y quienes la promulgaron no han mostrado arrepentimiento y acaso ignoran las consecuencias de sus proposiciones, por lo que puede inferirse que no les interesaba la existencia de esos animales admirables. Pero su conciencia al uso resulta inagotable como la moda. Sus intenciones exacerbadas han hallado una nueva presa: el zoológico.

Sus argumentos se reducen al escándalo sensiblero, al vociferío plañidero, a vaguedades acerca de la crueldad y el maltrato, a un lamento reiterado: “Pobrecitos animales”. Propugnan que deben vivir en libertad. Muchos de los animales, se sabe, nacieron en cautiverio y no sobrevivirían fuera de su habitat natural: el zoológico. Otros se han preservado por el cuidado que se les depara en esos parques. Una fotografía reciente reproduce a uno de los tres rinocerontes blancos que todavía existen en libertad en Kenia; lo custodia permanentemente un militar. Recientemente diversos periódicos publicaron que cada 15 minutos muere un elefante en libertad víctima de la caza furtiva a la que sólo le interesa el marfil de sus colmillos. Sospecho que algunos de esos elefantes estarían más seguros y en mejores condiciones en un zoológico o en un circo —aunque no falten adultos que todavía lloran al ver y recordar la película Dumbo.

Quizá el ser humano se ha convertido en el mayor depredador; extingue incluso aquello que necesita para sobrevivir. Quizá por eso se ha propuesto desaparecer también a los animales del zoológico y del circo. Quizá pretende convertir los parques zoológicos en cárceles de concreto donde se degrada el ser humano.

Entre los animales que no sólo se han adaptado a las ciudades, sino que han prosperado en ellas hasta conformarlas, que han convivido fielmente con el ser humano en sus construcciones, en calles, en alcantarillas, en barcos, en trincheras durante la guerra, hay un animal que, sin embargo, el ser humano ha decidido exterminar. Me refiero a un mamífero al que se no se ha dejado de explotar en experimentos de laboratorio, al que se persigue con trampas y venenos letales, que en no pocos lugares se les cría como alimento; me refiero obviamente a la rata. Habría que crear una asociación civil para defenderla.

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