Hacia una sólida cultura de protección civil

Ivonne Ortega Pacheco

Ocurrió en la Ciudad de México pero su impacto emocional se sintió en todo el país. El sismo que cimbró la capital en septiembre de 1985, así como sus réplicas, marcaron para siempre la memoria de los mexicanos y establecieron un antes y un después en la atención de los desastres naturales.

El gobierno fue definitivamente rebasado por la magnitud de la desgracia, y era de esperarse: nada hasta entonces se le había equiparado en intensidad y daños, al menos no en la capital del país y en los registros recientes. Cuando me han preguntado al respecto, recuerdo otro desastre natural como el ocasionado en Nueva Orleans por el huracán Katrina y la tardía y mala reacción del gobierno estadounidense. Los fenómenos naturales no reconocen estaturas políticas.

De la desgracia de 1985 surgió, no obstante, un fruto social: la cultura de la protección civil. Aprendemos de lo que nos impacta, nos levantamos sobre los escombros. Ahora, hay sistemas de alertamiento y protocolos que entonces eran inexistentes; todos sabemos lo que hay que hacer en caso de sismo.

Pero la cultura de la protección civil debe seguir avanzando, y penetrar en la educación y en la formación de ciudadanos en el qué y el cómo de la reacción en el caso de temblores y huracanes, pero también en el qué no hacer y en la implementación de leyes estrictas para evitar asentamientos humanos en zonas de riesgo de deslave o inundación.

Sentir una alerta sísmica y reaccionar a ella es tan natural para quienes habitan en el altiplano como atender el sistema de alertamiento de huracán o tormenta tropical lo es para quienes nacimos o vivimos en el trópico. También allá hemos tenido fuertes impactos, sobre todo con ciclones como Gilberto, que devastó la península; Isidoro, que paralizó un tiempo las actividades económicas de Yucatán; Ópalo y Roxana que golpearon Campeche, o Janet, que en 1955 borró del mapa la ciudad de Chetumal y afectó Veracruz y Tampico…

Existen historias terribles sobre esos fenómenos naturales que costaron vidas y desarrollo, pero también prevalece el aprendizaje, y hoy todos sabemos qué hacer ante las alertas azul, verde, amarilla, naranja o roja.

Hay otros dos elementos a fortalecer en cuanto a la cultura de la protección civil, uno relacionado con la atención al desastre y a la reconstrucción, en el que debemos avanzar en capacitación de expertos y la vinculación de estos con las autoridades que evalúan daños.

Recuerdo cuando al inicio de mi gobierno en Yucatán el huracán Dean afectó las cosechas en muchos municipios, y aunque lo reportamos a la autoridad federal, sus evaluaciones no incluyeron a varias regiones y tuve que reclamar para que fueran atendidas. Esto no debe ocurrir, porque después de todo el esfuerzo para que la población se movilice ante un fenómeno de este tipo, dejando sus casas para ir a albergues, de poco sirve si pierden sus cosechas o sus animales que en muchos casos son su fuente única de sustento.

Destaca, hay que decirlo, la coordinación que siempre presenta el Ejército y Marina mexicanos para la atención de zonas de desastre. Siempre merecerán reconocimiento esas grandes instituciones.

Pero me referiré a un aspecto más que me parece fundamental, el de la prevención ambiental en los casos en que es posible. Y es que hay fenómenos como las mareas, inundaciones, incluso deslaves, cuyos efectos es posible prevenir si se respeta la ley y no se construye vivienda en lugares de riesgo, o bien si se respeta la duna en las playas o la distancia que marca la zona federal marítimo-terrestre.

Respetar la naturaleza es un gran paso, que sumado a la prevención ciudadana, la educación, el sistema de alertamiento, los protocolos de acción y el sistema de atención de desastres, conforman la cultura de protección civil, que debemos reforzar e inculcar en nuestros hijos.

Diputada federal del PRI

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