Donde se propone una comisión especial

Guillermo Sheridan

La comisión internacional, me temo, se alzaría de hombros, se declararía incapaz de practicar su ciencia en un país de fantasmas

Habría que crear una comisión especial de detectives eficientes, traerlos y ponerlos a resolver el misterio. Enfrentaría primero los abundantes enigmas, luego aclararía los misterios que rodean los enigmas, luego desasolvaría las interrogantes que causan los misterios, luego exploraría el trasfondo de las interrogantes, y luego analizaría el juego detrás del trasfondo y, finalmente (que es lo más difícil), el juego detrás del juego.

En la comisión estarían el olfativo Sam Spade de Dashiell Hammett, su ahijado, el Philip Marlowe de Raymond Chandler, y su nieto, el tenaz Steve Carella, estrella del precinto 87 imaginado por Ed McBain. Una sección importante de la comisión —en tanto que el crimen se cometió en Guerrero— estaría formada por los provincianos, los inspectores que conocen los intríngulis propios de ciudades chicas con dramas grandes: Salvo Montalbano, el comisario siciliano creado por Andrea Camilleri, el demasiado humano Benoit Courrèges, llamado “Bruno”, persistente policía del Périgord que se inventó Martin Walker, el equilibrado Guido Brunetti, comisionado de Venecia que dio a luz la escrupulosa Donna Leon y, obviamente, al gallego Pepe Carvalho con su fiel Biscuter, concebidos por Vázquez Montalbán.

Para agregarle malicia filosófica, serían invitados (pero en un cuarto aparte) los suecos deprimidos: el paciente inspector Martin Beck que calcularon Sjöwall & Wahlöö y el anti-rompecabezas Kurt Wallander de Henning Mankell. Ya reunidos, habría que preguntarles si creen prudente agregar a la impredecible Lisbeth Salander de Stieg Larsson. El lado de la deducción lógica y el sentido común estaría cubierto por la inteligencia inglesa, representada por el calculador Adam Dalgliesh de P.D. James y por los aristócratas, el Lord Peter Wimsey de Dorothy Sayers y el elegante inspector Thomas Lynley, si se lograse extraerlo de las obesas novelas de Elizabeth George.

Y si se inventa una máquina del tiempo, habría que traer de la Edad Media a dos polizontes de elevado coeficiente, el franciscano William of Bakersville que elucubró Umberto Eco y, de la Inglaterra de Enrique VIII, al Matthew Shardlake de C.J. Samson, jorobado experto en la corrupción del Estado. Y de la Alemania nazi a Bernie Gunther, que tanto sabe de resolver crímenes en ambientes totalitarios, y al Capitano Bellodi de Sciascia con su instinto para desentrañar la mentalidad del crimen organizado.

Y ya entrados en gastos, pues a Sherlock Holmes y a Miss Marple y al Padre Brown. Y, bueno, y sólo por no dejar, al único mexicano confiable, el legendario criminalista Alfonso Quiroz Cuarón, que presenta la doble dificultad de haber sido de carne y hueso y de hallarse empeñosamente difunto.

Una vez reunidos en México, algunos se instalaban en una oficina de Iguala y se pondrían a reconstruir meticulosamente la cronología del asunto. ¿Quién envió a las víctimas a su destino? ¿Para qué? ¿Tenía idea del riesgo en que las ponía? ¿Ignoraba que en esa zona se cruzan los intereses de los cárteles? Otros se dedicarían a revisar testimonios y constancias, sopesar informes y desmontar correveidiles. Todos lamentarían la ausencia de peritajes adecuados en las escenas de los crímenes, mirarían con azoro las huellas digitales manchadas de mole, y moverían escépticamente las sesudas cabezas. Aquel peinaría con paciencia de Job las miles de fojas acumuladas; éste escudriñaría milímetro a milímetro el entrevero de amarres entre narcos y políticos, organizaciones populares e impopulares, partidos y partidas…

Y decidirían si hubo o no hubo un quinto autobús, y si en su maletero había solamente maletas inocuas. Y llenarían el basurero de científicos obsesivos. Y se devanarían el seso preguntándose cómo es posible que la opinión cuelgue de un perito que por un lado declara con énfasis que las víctimas no fueron incineradas en el basurero y, por el otro, proclama que la evidencia recolectada en el basurero “no permite inferir mayores conclusiones”, es decir, capaz de sostener como demostrada una tesis al mismo tiempo que refuta su propia hipótesis.

La comisión internacional, me temo, se alzaría de hombros, se declararía incapaz de practicar su ciencia en un país de fantasmas y optaría por volver a la realidad de sus novelas.

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