Exequias para un amigo y un hombre de cultura

Guillermo Ruiz de Teresa

Hoy voy a tomarme una licencia y no hablaré sobre política, programas de gobierno o temas internacionales. Hoy quiero escribir sobre algo más personal, que es la muerte de Rafael Tovar y de Teresa; mi primo hermano y uno de mis más queridos amigos.

No quiero platicarles de su carrera como funcionario público, ni de sus logros y éxitos profesionales y personales; de eso ya se ha hablado mucho en los medios. Quiero contarles alguna reflexión que me nació en su velorio.

Los que estuvimos acompañándolo seremos testigos permanentes del profundo respeto y cariño que se le tenía y que se representó en las más de 200 coronas y arreglos florales de distintos grupos ideológicos, académicos, institucionales e intelectuales. Todas esas muestras de cariño y respeto nos dijeron muchas cosas sobre su paso en este difícil sector pero también, nos dejaron en claro que Rafael no pertenecía a un grupo, corriente o “ismo” en particular porque la cultura, tenía claro, no debe ser de grupos, de sólo un punto de vista o de una sola idea; la cultura debe ser, sin duda, el gran instrumento que nos da identidad y nos amalgama con nuestra familia, con nuestra sociedad y con nuestra nación.

Entender a un hombre de la talla de Rafael, que no enarbolaba causa, interés o corriente de alguien en particular es comprender que no pertenecía a nadie, sino que pertenecía a todos y esa es la máxima de los hombres que hacen de la cultura y de la política su vida. Y aquí quiero traer a colación algunas palabras mencionadas en su honor: la cultura crea puentes; Rafael Tovar y de Teresa fue un puente entre el servicio público y la comunidad artística y cultural. No tengo duda alguna de que su legado institucional será recordado y enaltecido, como el de todos los grandes hombres de cultura que le precedieron.

Durante las exequias escuché, de varios de mis primos, que era una pena que hubiera muerto en la cúspide de su carrera, habiéndonos legado su sueño: la Secretaría de Cultura. Otros, en cambio, mencionaban que no era una pena porque morir en la cúspide de tu carrera hace que tus éxitos sean más valorados. Por mi parte, vi con orgullo el funeral privado con altos honores de Estado que el gobierno, y particularmente el Presidente de la República, le rindieron, entre otras cosas con su féretro cubierto con la bandera de México.

El reconocimiento a su persona y a su trabajo hicieron un funeral del que todos sus familiares, estoy seguro, platicaremos por generaciones. Repitiendo las palabras del presidente Peña Nieto: Rafael es un digno heredero de Ignacio Manuel Altamirano, Justo Sierra, José Vasconcelos y Jaime Torres Bodet. Estoy seguro que su nombre y su obra estarán en los grandes nichos de la cultura nacional.

Aun cuando sé que para la familia estos grandes honores brindados a su persona no tienen comparación, sé que sus hijos y su esposa cambiarían todo eso por un minuto más junto al que fuera su padre y esposo. Sé también, por lo buenos amigos que fuimos, y somos en mi memoria, que estaría orgulloso de ver que se le reconoce por su legado. Y sé que sus hijos, a pesar de no poder disfrutar más de su compañía, estarán orgullosos de su padre: una persona que fue suma de arte, cultura, pensamiento y sensibilidad. Por lo que queda en nuestra memoria, vale la pena repetir lo que dijo su hijo Rafael: una buena muerte honra toda una vida.

Coordinador general de Puertos y Marina Mercante.
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