Volatilidad externa, colapso petrolero… y hay estabilidad

Enrique Cárdenas Sánchez

Las finanzas públicas han logrado mantener un equilibrio relativo y con tendencias a una leve reducción del déficit

La crisis económica internacional, la depreciación del yuan en China y, en especial, la caída del precio del petróleo impactan fuertemente la economía mexicana. En sólo 15 días el precio del petróleo se ha reducido de casi 30 dólares por barril a menos de 20… hace 18 meses estaba por encima de los 100. La contracción de los ingresos petroleros del gobierno —que es lo que lo anterior conlleva— implica una drástica reducción de ingresos de divisas para el país, además de pérdidas crecientes para Pemex, ahora una empresa productiva del Estado. Una fuerte presión sobre el mercado de divisas no se ha hecho esperar y viene acompañada por la respectiva depreciación del peso, presiones al Banco de México para elevar la tasa de interés y por la reducción del precio de las gasolinas… aunque sea sólo parcial.

El impacto de la caída del precio en la actividad productiva de la industria petrolera ha sido importante, por decir lo menos, y ha repercutido en un crecimiento menor de la economía en su conjunto. Según datos del Inegi mostrados por la SHCP, el PIB, excluyendo al sector petrolero, ha crecido por encima del 3% desde fines de 2014. Según esos datos, el PIB petrolero se ha contraído más del 6.5% desde el último trimestre de ese año. Por ello, argumenta la SHCP, el vaso se ve menos lleno de lo que debería.

En principio tiene razón… la caída del crudo, en efecto, ha sido devastadora. De hecho, en términos reales, el precio del petróleo está por debajo de su nivel de 1986, año que fue el menor en varios decenios. A precios de entonces, un barril cayó a 11.8 dólares. El precio del barril el día de hoy, a precios de 1986, es de solamente 8.74 dólares. En otras palabras, el golpe ha sido enorme. Como lo anoté en mi columna anterior, la economía no ha sufrido, ni remotamente, el descalabro que tuvo en ese año de la “década perdida”. En aquel entonces, el PIB cayó 6%, la inflación se destapó a más de 100% y el déficit público llegó a casi 16% del PIB; monto semejante al que prevalecía cuando ocurrió la expropiación bancaria y la crisis de la deuda de López Portillo.

Sí, nuestra situación de fortaleza estructural, a pesar de que no hemos resuelto todavía muchos de los problemas que entonces nos aquejaban y que lo hacen hasta hoy, es muy superior a la que se tenía en aquellas épocas. Ya lo dice —y lo dice bien— David Noel: la hipoteca social es y ha sido enorme ¿A qué se debe entonces esta fortaleza que ha evitado que la economía se colapse? Por un lado, las finanzas públicas han logrado mantener un equilibrio relativo sorprendente y con tendencias a una leve reducción del déficit. La reforma fiscal de 2014, aunque quizá no la mejor, sí ha logrado aumentar la recaudación impositiva en 4 puntos porcentuales del PIB, mismos que han sustituido parcialmente la reducción de los ingresos petroleros. En segundo lugar, la autonomía real del Banco de México —con todo y sus respectivas críticas— ha establecido una fuente de estabilidad notable que, incluso, ha provocado un cambio en la forma en que los agentes económicos forman sus expectativas inflacionarias. Por ello, no se ha trasladado la depreciación del peso a la inflación, al menos hasta ahora.

Por supuesto, la economía —y el sector exportador en particular— se encuentran más diversificados. Este último es mucho más grande, especialmente a raíz de la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte que entró en vigor en 1994. Las exportaciones petroleras representaban, al inicio de los ochenta, el 75% del total; ahora, y hasta antes de la caída del precio del petróleo, sólo representaban el 7%. Hoy, su importancia es todavía menor.

Ahí están algunos resultados de las llamadas “reformas estructurales” de los noventa, que en tanta duda se han puesto (y con razón, algunas de esas reformas no fueron tan afortunadas). Estamos cosechando los frutos de dos decenios de estabilidad macroeconómica. Lo que sigue es, evidentemente, cuidarla y tomarla como una condición de lo que se haga. En ocasiones es “poco vendible” políticamente, pero la estabilidad y sus frutos está ahí, ante nuestros ojos.

Centro de Estudios Espinosa Yglesias, A.C.

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