Julián Herbert

Élmer Mendoza

“Qué difícil es caminar por una calle sin que te salgan al paso varias generaciones de esqueletos.” Subraya Julián Herbert en su “antinovela histórica”, La casa del dolor ajeno, publicada en Literatura Random House en septiembre de 2015 en la Ciudad de México. Con la solvencia narrativa que le caracteriza, informa y cuenta sobre una masacre de 300 tres chinos en Torreón, Coahuila, perpetrada en 1911 por el ejército revolucionario y por ciudadanos ambiciosos, “hordas borrachas que jalan del gatillo,” a quienes escocía el empuje de los orientales para crear riqueza.

A Herbert le gusta lo trágico, pero también el humor y como investigador posee un fino instinto que lo lleva al dato preciso para contar el desplazamiento necesario de sus personajes, que en este caso van de un continente a otro, o de un siglo a otro, prendados de su propio futuro. Trabaja un mosaico de hechos ocurridos en varias partes, sus personajes entran, salen, desaparecen, aparecen y siempre queda un eco. Es una novela de ecos en que historiadores aficionados, cronistas, maestros y taxistas comparten su visión de los hechos con el autor o la ocultan. Mis favoritos son los taxistas, sus opiniones no tienen desperdicio. “¿Tú sabes quién mató a los chinos?... Han de haber sido los Zetas, ¿no? Esos weyes son los que matan a todos.” Me gusta la afirmación de Julián Herbert: “Nada es tuyo, las cosas le pertenecen al lenguaje”. Y nos entrega un ejercicio casi barroco, donde están presentes desde los fundadores de Torreón como centro generador de riqueza, hasta los taxistas, que están llamados a ser eternos. Torreón era una de las ciudades favoritas de Porfirio Díaz.

Hay una excavación evidente en este trabajo. La personalidad incansable de Herbert no se detiene ni se conforma. Los hilos comunicantes son extensos y no pocas veces se desvanecen sin llegar al final. Cuenta la historia de una región pero se centra en Torreón en cuyas calles, casas y huertas ocurrió la masacre que lo persigue. En plena toma de la ciudad las partidas se deslizan “con la consigna… de exterminar a los chinos y saquear sus posiciones”. Orden de Benjamín Argumedo. Su instinto de investigador lo conduce por archivos y libelos que al final no aprecia porque la información está trucada, y le dejan más preguntas que respuestas; lo mismo le ocurre con muchas de las personas que consultó; sin embargo, su instinto de novelista le induce a convertir la duda en especulación, en frase de poeta y entonces recupera la calidad helicoidal de su manera de narrar, que es el perfil sensible de este novelista nacido en Acapulco en 1971 y avecindado en Saltillo, donde juega a vivir, toca rock pesado, escribe poemas y narrativa, procrea y en días de tolvaneras se siente un poco partisano. Diría también que es amigo de los amigos.

“A matar chinos muchachos”, incita un yerbero dueño de un puesto en el parián, lugar de pequeño comercio, y Herbert comparte un estado de sitio que acaso siente más de lo que pudiera creerse, “siempre hay algo monstruoso en los milagros”, escalpela, y deja claro que la vida es una dicotomía de extremos violentos. “Los cazadores de chinos derribaron y recorrieron las habitaciones con el frenesí de un predador que ya probó la sangre”. No deja fuera el México contemporáneo en que muchos de los espacios utilizados por los revolucionarios en 1911 ahora son usados por los narcos, que han convertido a Torreón de uno de los lugares donde más vale andar con cuidado. Dedica un capítulo a su experiencia en Apatzingán, una bella ciudad de Michoacán donde es preciso desconfiar de las luciérnagas que brillan incluso a la luz del día. Como pueden notar, en La casa del dolor ajeno está todo, además de delitos pasados y presentes, y es lo que la convierte en una novela terrible.

Son cientos de personajes y de muchas nacionalidades los que habitan esta novela, aunque sobresalen los chinos con sus nombres de suspiro de chica; cada uno de ellos presta su nombre y su historia a esta obra, que nos cuenta sobre La Laguna, que fue una de las regiones en que mejor florecieron las ideas económicas del porfiriato, esa modernización en ferrocarril que generó nuevos ricos y pauperización extrema y, desde luego, varias tragedias entre las que sobresale la de la de los chinos, asesinados entre el 13 y el 15 de mayo de 1911. “Escribí este libro como quien intenta restaurar una antigua pieza cinematográfica,” confiesa el autor que, no obstante, nos deja una ciudad muy resquebrajada. Ya me contará lo que le parece.

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