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“Más fácil es apagar un primer deseo que satisfacer todos los que le siguen.” Advierte Rosa Beltrán en su novela La corte de los ilusos, publicada por Random House Alfaguara en septiembre de 2015, en México DF. Se trata de la primera novela de la autora, que en 1995 ganó el premio Planeta-Joaquín Mortiz y nos sorprendió con su discurso fresco, lúdico y memorioso. Cálido, dirían los habitantes del frío. Es una extraordinaria novela que está cumpliendo 20 años y sigue tan campante, en su bien ganado nicho de obra relevante.
Rosa Beltrán, quien nació en la ciudad de México en 1960, narra los días de Agustín de Iturbide como emperador de México y su corte de notables bebedores de chocolate. Pone ante nuestros ojos la historia de un grupo de personas que intentaron sostener a un soberano sin demasiada convicción. Nos cuenta también los momentos más duros que el joven monarca tuvo que soportar, mismos que lo llevaron a comprender que estaba en el lugar equivocado y con el nombramiento equivocado. Son agradables las múltiples voces femeninas, empezando por madame Henriette, la modista francesa que viste al emperador en las buenas, en las malas y en las definitivas; de la princesa Nicolasa, su hermana, que pierde la cordura por la edad y por el joven brigadier Antonio López de Santa Anna, de quien se enamora con denuedo; Rafaela, marquesa de Alta Peña, quien, por amor, se convierte en seguidora de fray Servando Teresa de Mier y se las arregla para ayudarlo en contra de sus propios intereses; Ana María, esposa del “Dragón de hierro”, que le da ocho hijos, lo aconseja y lo sufre y, desde luego, la voz de la “Güera” Rodríguez, una mujer dos veces viuda con quien su Alteza Imperial pasaba sus mejores horas.
Rosa Beltrán nos comparte una novela donde el estilo es la emoción. Cada párrafo y cada personaje están impregnados de un profundo sentimiento emocional que vuelven la lectura un arte compartido. En gran parte de la novela, las voces femeninas prevalecen. Marcan la pauta y el estilo. Poco a poco, la efigie de Agustín de Iturbide toma fuerza, sobre todo cuando se reúne con fray Servando y cuando decide renunciar al nombramiento como emperador de un país en la miseria, donde no había manera de tener éxito y conseguir que creyeran en él. Beltrán desarrolla el personaje desde un emperador fuerte y varonil que trata de gobernar y pasa sus buenos ratos con la “Güera”, hasta el hombre que se exilia en Italia y que decide volver a México a pesar de que sabe que lo fusilarán si lo descubren, cosa que ocurre de inmediato. ¿Por qué los hombres regresan al lugar que los vio nacer aunque sepan que corren peligro?, ¿por qué no desaparecen sin dejar huella? Saben que es un desafío a sí mismos del que jamás saldrán victoriosos y, aun así, no rehúyen esa corona de espinas.
La corte de los ilusos es una novela para recordar a las abuelas, sobre todo por los remedios: “chiqueadores de cáscara de papa contra la jaqueca”, “refrescar la boca con tintura de eucalipto y esencia de vainilla”, “aplicar sanguijuelas para ciertos males”. Toda buena novela requiere de un sentido de entrañabilidad, ese misterio que conecta al lector más escéptico con la obra que está conociendo. “Nadie es aquel que deja de ser alguien para siempre”, señala la autora, como una advertencia sumaria para aquellos que se empecinan en jugar al éxito-fracaso sin hacer el menor esfuerzo por definirse; “las mujeres son maestras y discípulas de sí mismas”, sostiene, para que entendamos por qué las mujeres son los seres más bellos del mundo. Rosa Beltrán, como autora pertinaz, da la impresión de que posee un concepto de estilo que, en La corte de los ilusos, percibo como su visión de lo que es la novela y de los procesos escriturales y, desde luego, la novela como una obra libre que lleva el riesgo como parte de su esencia.
Esta es una novela llena de calles, tiendas, edificios, comidas y postres del México del siglo XIX, ese que no se tragará ninguna modernidad por más intensa que sea; se menciona el dogma de las tres tentaciones: Mundo, Demonio y Carne, una idea aplicada a las mujeres como una clara amenaza: “el silencio, aunque no lo parezca, es el más grande acto de energía”, nos explica Beltrán. En algunas páginas, esta novela es una obra de entretenimiento absoluto sin dejar de lado la línea histórica como instrumento narrativo y no carece de un humor corrosivo que la vuelve más interesante. Ya me contarán.
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