Fred Vargas

Élmer Mendoza

Fred Vargas, quien nació en París en 1957, es la autora francesa de novelas policiacas más creativa e interesante. Su detective, Jean-Baptiste Adamsberg, es uno de los más importantes de la ficción europea contemporánea, con un perfil más allá de lo clásico. Es un agasajo leer a esta mujer de perfecto corte de pelo. Su nueva novela, Tiempos de hielo, traducida al español por Anne-Helene Suárez Girard y publicada por Siruela en 2015, en Madrid, España, puede respaldar esta afirmación; digo puede, por si acaso usted no se inclina por novelas intensas, llenas de personajes vivos comiendo, bebiendo, discutiendo, durmiendo y errando, como hace todo el mundo; quizá piensa igual que la autora: que el alcohol nunca da luz a la verdad.

En Vargas es innegable su pasión por el barroco, el barroco como estilo donde no hay atmósfera, donde no se note su seguridad en la descripción precisa de la conducta de los personajes. En esta historia están matando personas que hicieron un viaje turístico a Islandia, un país congelado donde se come pescado en desayuno, comida y cena. Este grupo quedó paralizado unos días en la isla del Zorro, un islote de hielo y rocas que se cubre de espesa neblina y alcanza temperaturas de menos 50 grados centígrados, donde nada se mueve. El asesino deja un signo en el lugar del crimen, que el detective y su brigada criminal deben descifrar. Adamsberg, que es un personaje incapaz de permanecer sentado, cuya mente salta a un momento y a otro de la investigación, de lenta intuición, arrebatado, valiente y líder definitivo, se encuentra perdido en una maraña de falsas pistas decididas en la mente de un asesino inteligente y calculador.

Aparece un club de admiradores de Robespierre y de sus contemporáneos, que representan escenas de la vida de los revolucionarios franceses, muchos de ellos descendientes directos. Para entrar a una ceremonia, Adamsberg y algunos miembros de su brigada se ponen largas pelucas rizadas, trajes de época y se polvean la cara. La razón, los muertos pertenecen a esta asociación donde se reproducen discursos y se manda gente a la guillotina. En un París fresco, con lluvia algunos días, el detective percibe cómo baja el movimiento; esta lentitud lo obliga a ir a Islandia, donde tiene una experiencia inexplicable, pero que lo induce a reflexionar sobre el caso desde otra perspectiva, que podríamos llamar la perspectiva interior. Se topa con el Afturganga, el espíritu de la isla del Zorro, que sólo hace dos cosas: devasta o ayuda.

Fred Vargas es arqueóloga de formación, y en cada novela nos comparte cuestiones de tradiciones populares francesas, y en este caso de Islandia que, al menos en los lectores de América Latina, produce una agradable complicidad. En cuanto el detective sale de París, encuentra tópicos que muchas veces lo remiten a su niñez en los pirineos, donde creció entre leyendas e interpretaciones mágicas de algunos hechos de la vida. Tampoco falta la buena mesa. En esta novela beben oporto y vino blanco, comen hojaldre de champiñones con acederas, hígado de ternera a la veneciana, mousse de jabalí al Armañac, jamón italiano en virutas, magret de pato, ensalada de mollejas de pollo y patatas Darphin, ¿Saben lo que son las patatas Darphin? Fred nos lo cuenta después de la página 50.

Todos “los ingredientes necesarios para desencadenar dramas y furores” se hallan presentes en Tiempos de hielo. Está claro que “la muerte súbita es incomprensible” y Fred desarrolla esta idea con claridad. Después de prolongados espacios de reflexión en que el detective no avanza y algunos miembros del equipo desesperan. “A uno sólo lo traicionan los suyos”. Adamsberg encuentra un hilo que acelera el tinglado y el tratamiento de la trama toma fuerza. Todos los asesinos cometen errores que al final los pierden ante la ley. Me intriga cómo considerará usted las últimas maquinaciones del asesino que terminan por ponerlo al alcance de la policía.

“Cuando las maletas están hechas el hombre no mira atrás”, afirma la autora; en estas fechas, que seguro está usted en esa situación, no olvide echar un par de novelas, entre ellas Tiempos de hielo, que no dudo enriquecerá ese descanso que tanto merece, ya me contará, y no olvide compartir con Fred Vargas esto que tal vez usted ya ha dicho o pensado: “Siempre se está más elegante desnudo que a medio vestir”, a poco no. Feliz Navidad.

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