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A pesar de que Ferrus estaba enfermo, jamás pensé que se fuera a morir. El encanto de los amigos viejos es que uno cree que son eternos. José Ángel tenía 96 años, misma cantidad que las 96 tears de Question Mark, y una historia llena de episodios bravos, intensos, melancólicos que transformó en canciones. Oye Ferrus, eso de vivir frente al mar tiene un motivo no digas que no, al rato andarás como El camisa de Juera o algo peor. ¿Te acuerdas de aquel amigo tuyo que dormía en un ataúd y que su mujer le caía a medianoche hasta que inventaron la draculina? ¿Cómo olvidarlos? Eran excelentes personas y muy creativos. Fue en Mazatlán donde compusiste “El tiempo que te quede libre”, ¿verdad? Era una belleza nórdica, Élmer, ¿conociste alguna? Sylvia Kristel me tiró los perros. Bueno, ella era holandesa, creo; el caso es que terminamos de filmar en Durango y, oye cariño, ¿te gusta el ceviche de sierra? Ya sabes que los mazatlecos se pintan solos para elaborar ese platillo. Es mi favorito, musitó con cierta sensualidad. Una mujer que al caminar acariciaba el aire.
José Ángel Espinoza amaba México, lo mismo que a Sinaloa y a Choix, el rincón norteño que lo vio nacer. Cuando era niño, frente al paseo de Olas Altas en Mazatlán, encontró a la única sirena que conoció en su vida. Noche Van Gogh. Conversaron un minuto 46 segundos, tiempo que ella aguantaba fuera del agua, suficiente para convencerlo de que se dedicara a componer. El joven le prometió que lo haría si le revelaba las canciones que le habían cantado a Ulises en el estrecho de Escila y Caribdis. Ella sonrió y se perdió en las profundidades del mar. “A los amigos que tengo” fue tu primera canción. La grabó Pedro Infante y no le fue muy bien. ¿Pero qué tal “Échame a mí la culpa”? Esa es otra historia, dijiste que no me la contabas porque los hombres estamos condenados a repetir lo mismo y siempre de la misma manera. Un bato dijo que la historia se vive primero como tragedia y después como comedia, pero debe haber sido su experiencia, para ti siempre fue de la misma manera. “La ley del monte” no se queda atrás, y menos grabada por el charro de Huentitán.
A Ferrusquilla lo seguía el mundo. Querían fotos, una firma o simplemente estrechar su mano. Te gustaban los Beatles: “I want to hold your hand”, ¿verdad? Preferías el vino blanco. Escuchabas respetuosamente a Jaime que te decía: Ferrus, el mejor vino blanco es el tinto, y tú pedías blanco y si era francés mejor. Te rodeabas de chicas y eran esas feromonas las que te incitaban a caminar derecho, como un ajito, sobre el tapete de los años que cada vez que lo solicitabas te concedían tus siete minutos Davideanos. Qué versión tan perfecta hizo Lola de “Sufriendo a solas”, ¿no? Estabas inspirado Ferrus, con razón el Dr. Cervantes te respetaba tanto y hasta te pedía consejos, y “Cariño nuevo”, qué barbaridad, la increíble grandeza de la diva de El Rosario, Sinaloa, y tus notas desgarradoras consiguiendo un canto de esperanza para los amantes. Eres inmenso Ferrus, un hombre sin puertas.
Fuiste miembro de la mesa directiva de la ANDA, de la que fue presidente Jorge Negrete. Nada menos. Tiempos de María Félix y las fiestas en el Regis, posteriores al avionazo en que perdiste una ventana, una calle y una plaza donde vivía uno de tus grandes amores. ¿Te acuerdas de las horas que pasabas con Elizabeth Taylor? Dijiste que le encantaban los huevos cocidos y que mientras esperaban a Burton, que estaba empeñado en probar todos los cocteles, ustedes conversaban, versaban, aban. Actuaste en más de 80 películas y fuiste amigo de tantos que hasta estuviste en una gira presidencial por Europa; sin embargo, algunos miembros de El Colegio de Sinaloa, del que eres parte, aún quieren saber qué pasó con Lilia Prado. ¿Fue cuando compusiste “Y ya”?
José Ángel Espinoza nunca hablaba de la muerte, seguramente tenían su pacto; sin embargo, llegó el 6 de noviembre de 2015. Pocas veces he visto a los sinaloenses tan conmocionados, tan dispuestos para despedir a un personaje que siempre fue tangible y que se dejó envolver por todos los aromas, desde el sencillo de la mesera que servía el desayuno, hasta el Chanel de la señora de peinado alto que se detuvo para saludarlo, pasando por el picoso del que casi muere de desamor escuchando sus canciones, y el neutro del que las estudia como ejemplo de la música mexicana. Se ha ido un grande, por eso doblan las campanas desde Choix a Escuinapa, por eso el geiser de tus sueños se alza en la presa Huites. Buen viaje, amigo.
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