El 15 y el 16 de octubre ocurrió un incendio en Los Mochis, Sinaloa. No hubo quema de caña o pasó la Marina devastando esperanzas y creencias en busca del “Chapo” Guzmán. Nada. Lo que aconteció es que hubo el coloquio La Narrativa Policiaca Mexicana Contemporánea. Estuvieron presentes algunos de los autores de novela negra más sobresalientes de este país: Orfa Alarcón, Bernardo Fernández: BEF, Imanol Caneyada, F.G. Haghenbeck y Élmer Mendoza. Absolutamente representativos, no digan que no. Debemos la idea y la organización al Instituto Sinaloense de Cultura, que dirige María Luisa Miranda Monrreal, como parte del Festival Cultural Sinaloa.

Cada una de las mesas de discusión fue moderada por un poeta. Jesús Ramón Ibarra, Alfonso Orejel y León Cartagena estuvieron compartiendo y quedó claro que son aplicados lectores de novela negra. Además, los temas se extendieron y los criterios se afinaron, porque ellos tomaron la palabra con responsabilidad. Haghenbeck, Caneyada y Orejel discurrieron sobre el estado actual de la novela policiaca mexicana y evidenciaron que México es un país que duele y que a los autores que trabajan el universo del delito no les es fácil explicar por qué nos hemos convertido en un país tan violento y tan peligrosamente armado. ¿Qué nos pasa a los mexicanos que tan poco respetamos las leyes? La respuesta no es sólo que tenemos gobiernos corruptos, insensibles, ciegos y descarados frente a los problemas concretos de un país que se está matando, que, por supuesto, en sus delitos no es nada surrealista. La mayoría son delitos reveladores de que algo se ha hecho mal. Quedó claro que es una literatura flamígera. Trágica. Que señala sin miedo y que espera que los lectores, además de disfrutar y cuestionar el estilo, coman con cuidado; a veces el arroz tiene demasiados granos podridos. Señalaron también que mantiene diferencias fundamentales con otras literaturas negras, por los temas tan descarnados que maneja.

En otra mesa se trató cómo los delitos eligen a sus delincuentes. Alarcón, Mendoza e Ibarra intentaron explicar la naturaleza de los delitos y los maleantes que los cometen; por ejemplo: ¿Por qué en algunas regiones los delincuentes se inclinan más por el narcotráfico que por el robo de partes automotrices?, ¿por qué ese joven alemán estrelló ese avión en los Alpes?, ¿por qué hay tantos avisos en Madrid a las mujeres de que cuiden sus bolsos?, ¿en qué países algunos funcionarios de gobierno reciben valijas con dinero?, ¿cómo son los tipos que han envenenado el desierto que rodea Ciudad Juárez?, ¿quién puede eliminar periodistas y andar por ahí tan campante? La novela negra señala, expone casos tipo, contribuye a definir las formas cómo se deberían aplicar las leyes. A veces revela misterios que son difíciles explicar, como los suicidios de tres tiros en la nuca, o los intersticios palaciegos donde se pierden las explicaciones de las masacres como las de Tlatlaya y Ayotzinapa. Quedó claro que cada delito genera su delincuente.

Horas después continuaron con una mesa sobre la comida, ese elemento cultural tan definitivo para los aspectos identitarios de los pueblos: ¿Qué comen los detectives? Estuvieron BEF, Mendoza y Cartagena. Encontramos que los que mejor comen son el detective chino Chen Cao, y sus colegas italianos Proteo Laurenti y Salvo Montalbano: sopa de nido de pájaro, harina de arroz con huevo de mil años, cuajada de alubias con cebolletas, pescado cocido vivo al vapor con jengibre fresco, es algo de la mesa de Chen Cao. Montalbano se hace servir: espaguetis con erizos de mar, salmonetes de roca fritos y de postre un gelato de cassata. Se reveló que a Filiberto García le gustaba la sopa de golondrina, Héctor Belascoarán Shane prefiere tacos al pastor y quesadillas con agua de Jamaica, Jaritos se inclina por los tomates rellenos, Wallander come pizzas y pan de dulce, Michael Ohayon tiene debilidad por la comida rápida, Charlie Parker come en cafeterías y bares lo que tengan, Pablo Faraón González apuesta por las quesadillas de huitlacoche, Luis Kuriaki es fanático de las hamburguesas, Amaia Salazar tiene afición por los calamares rebozados y las albóndigas, James O’Ball, por los huevos con tocino; Lizárraga se atraganta con sus tacos de carne asada con tortillas de harina, Heredia telefonea para que le lleven pizzas a su departamento, a Guido Santini le gusta el puchero uruguayo, a José Carvalho le encanta el pescado y lo cocina de maravilla, Mijangos es una consumidora de comida rápida. Todos beben café y la mayoría nos hace abrir el refrigerador. Definitivamente, comer y beber es parte de la lectura de la literatura negra.

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