Deporte sin ganadores

Editorial EL UNIVERSAL

Los eventos deportivos son más que entretenimiento. Para los argentinos es una reivindicación nacional vencer a Inglaterra en futbol. Para India y Paquistán un juego de cricket entre ambos representa el desahogo de una rivalidad que ha tenido a ambos países en guerra más de una vez. México, por su parte, se paraliza ante eventos como el Mundial de futbol y se vuelca eufórico hacia sus jugadores cuando éstos ganan. Por desgracia, la victoria mexicana ocurre muy de vez en cuando en la gran mayoría de las disciplinas. Hay que aceptarlo: estamos lejos de las potencias del deporte.

Son muchas las explicaciones del fracaso sistemático de los competidores mexicanos en certámenes internacionales. La más recurrida es la “falta de apoyo” de los gobiernos. En cierta medida es cierto, sobre todo si se contrastan las subvenciones con las inversiones que países como Cuba o China brindan a sus atletas. Pero existe otro esquema de financiación, común en economías capitalistas, que en México funciona de manera deficiente. Consiste en la conformación de ligas de competición locales que reciben ingresos de patrocinadores privados y de aficionados.

La razón por la que las federaciones deportivas en México dependen de las asignaciones gubernamentales es porque carecen de la capacidad propia para hacer de sus organizaciones negocios autosustentables.

El argumento de la Comisión Nacional del Deporte (Conade) para negar dichos apoyos a grupos como la Asociación Deportiva Mexicana de Baloncesto (Ademeba) es que no se está comprobando el uso correcto del dinero público asignado. Las federaciones, por su parte, responden que la autoridad ha abusado de su poder y que la razón por la cual no han entregado toda la evidencia de sus gastos es porque no les aceptan parte de la documentación.

Por lo pronto, la Federación Internacional de Basquetbol (FIBA) decidió descalificar a México de toda competencia internacional, lo que incluye el repechaje para los Juegos Olímpicos en 2016, que estaba pendiente de jugarse.

Los atletas, desde luego, quedan varados por un conflicto que les es ajeno. Pero ya que el país está metido en este conflicto, ¿por qué no aprovecharlo para solucionar los problemas estructurales del deporte mexicano?

Es indudable que las federaciones no funcionan como deberían; los pobres resultados, para un país con 116 millones de habitantes, están a la vista. Sin embargo, dadas las acusaciones de éstas, sería lo mejor que otras instancias públicas intervengan, ya sea para que la Conade profundice su trabajo o deje atrás el conflicto y no ponga a otros atletas en riesgo.

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