Querer ser criminal

Editorial EL UNIVERSAL

“Jesús nunca invitaría a ser sicarios”, dijo ayer el papa Francisco en un estadio repleto de jóvenes en Morelia, Michoacán. El líder religioso escogió un buen espacio para hacer su comentario. En ese estado y en otros, como Sinaloa y Durango, poblaciones enteras ven al crimen como vía legítima de ascenso social. Es consecuencia de la ignorancia y la falta de oportunidades, desde luego, pero no hay que desestimar la ausencia ética y moral requerida para tomar la vida de otras personas a cambio de unas monedas.

Otras palabras pronunciadas ayer por Francisco hicieron énfasis en la falsa disyuntiva entre vivir mal honestamente o hacerse de una satisfacción inmediata por la vía criminal. “Es mentira que la única forma de vivir, de poder ser joven, es dejando la vida en manos del narcotráfico. (...) La principal amenaza es hacerte creer que empiezas a ser valioso cuando te disfrazas de ropa, marcas del último grito de la moda o cuando te sientes importante por tener dinero”.

Sin decirlo, el Papa hace una crítica a la sociedad mexicana. En primer lugar, a las propias poblaciones que toleran el abuso, el agandalle, como método de supervivencia. Muy frecuente es encontrar a connacionales hablando de lo “tonto” que es alguien que hace lo correcto, mientras destacan las supuestas virtudes de un delincuente que ha amasado una gran fortuna y que no ha sido atrapado por las autoridades.

Un caso reciente de lo primero fue el de Sergio Ángeles Soriano Buendía, policía capitalino que devolvió una bolsa con 42 mil pesos a una mujer quien había perdido sus pertenencias en un estacionamiento en diciembre pasado. Muchos elogiaron al uniformado por su acción, pero hubo también otros que consideraron ingenua la honesta obra.

¿Son menospreciables los valores que llevan a alguien a evitar el beneficio personal a cambio de respetar la vida de los demás? Cambiar esa percepción no es tarea de las fuerzas de seguridad y tampoco lo logrará el Estado mexicano por sí solo, sin importar cuánto invierta en gasto social.

Nuevo Laredo en 2005, Ciudad Juárez en 2009 y Morelia desde 2007 vivieron tiempos de desesperanza. Cambiaron por intervención gubernamental, pero con la ayuda de gente harta de solapar abusadores. El común en esos lugares asolados por el crimen organizado era la dificultad de romper con el círculo vicioso de una economía arruinada por la delincuencia que a su vez atraía a los jóvenes al camino del dinero fácil.

No siempre los criminales son pobres. No siempre quien roba, mata o secuestra lo hace para llenar de comida su estómago. Lo hacen también por el hambre de poder y de estatus. Síntomas de una sociedad anémica de valores, de ética, de espíritu.

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