La caída de Pemex

Editorial EL UNIVERSAL

Está en marcha un cambio sutil en el mundo, aunque no por ello poco relevante: empresas e instituciones públicas recortan gastos ante la falta de recursos para sostener costos laborales prevalecientes antes de la crisis de los hidrocarburos. México no es la excepción, pero el agravante en este caso es que Petróleos Mexicanos —durante décadas un monopolio— apenas está saneando finanzas largamente castigadas de cuando era usada a capricho por el gobierno en turno.

La pregunta más pertinente no es si Pemex logrará recuperarse algún día, sino si lo hará a tiempo para ser factor de crecimiento del país.

La situación de Petróleos Mexicanos es alarmante: está al borde convertirse en importador neto de hidrocarburos. De acuerdo con informes operativos de la empresa productiva de Estado, cerró 2015 con un saldo positivo en su comercio exterior de apenas 336 millones de dólares, el más bajo de los últimos 45 años.

Las ganancias que Pemex obtuvo el año pasado casi igualaron las compras de insumos en el extranjero (gasolinas principalmente) en ese mismo periodo de tiempo. Las importaciones fueron 20 mil 854 millones de dólares, mientras que las exportaciones cerraron en 21 mil 190 millones de dólares. Un derrumbe de 97.3% respecto de 2014. La tendencia a la baja data desde 2012. ¿Nada puede hacerse para revertirla?

La situación tendría que preocupar aun más en el contexto de la implementación de la reforma energética. Bajo las condiciones actuales, serán otras empresas las que aprovecharán mejor las riquezas en gas y petróleo del país, dejando a Pemex con menores posibilidades de fortalecerse.

La adaptación a la competencia no se da de la noche a la mañana. Durante décadas la entonces paraestatal fue sinónimo de riqueza y abundancia, jauja que se trasladó a salarios por encima del promedio en México, créditos preferenciales, hidrocarburos gratuitos y jubilaciones con 25 años de servicio o 55 años de edad a los empleados. Quizá no habría problema en mantener dichos beneficios si la empresa hubiera al mismo tiempo invertido en innovación y desarrollo. No fue así y ahora son los trabajadores los que pagan los platos rotos, junto con el resto de la población que vive de los ingresos petroleros.

Todo lo antes descrito ha traído un problema adicional. La producción de crudo ha disminuido en casi un millón de barriles diarios desde 2004. Ninguna empresa en el mundo habría contratado a empleados en semejante situación. Pemex lo hizo.

El reto de José Antonio González Anaya, nuevo director de Pemex, es el más grande que ha tenido alguien con dicho cargo. Sobrellevar la situación no es una alternativa.

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