Dueños de las calles

Editorial EL UNIVERSAL

Parece un mal menor, que haya gente apropiándose del espacio público, cuando muchos otros problemas más graves saturan al país. ¿Por qué utilizar recursos del gobierno en perseguir franeleros o vendedores ambulantes, si en las ciudades pululan también secuestradores y asesinos? Pregunta válida. Sin embargo, hay una respuesta: porque en el origen, todo delito tiene como precedente una acción de menor grado.

Tómese como ejemplo el programa Conduce sin alcohol en la Ciudad de México. La persecución de quien toma sólo unas cuantas copas y después toma el volante fue una medida criticada por una parte de la opinión pública al inicio. Se utilizaban recursos gubernamentales en poner bajo arresto a personas que cometían faltas leves mientras otros problemas mucho más graves ocurrían. A la postre la medida mostró su eficacia. Bajaron los accidentes automovilísticos y, por tanto, la probable comisión de delitos que podían incluso costar la vida de personas.

En los años 80 surgió una hipótesis en Estados Unidos que fue llamada “la teoría de las ventanas rotas”. Dicha propuesta indicaba que si en una comunidad se actuaba con dureza frente a delitos menores como el quiebre de ventanas, la población tendería a obedecer las reglas no sólo en ese, sino en el resto de los ámbitos.

Durante las dos décadas subsecuentes surgieron estudios que dieron sustento científico a la suposición: todo parte de la percepción. La gente se vuelve más desobediente cuando sus hábitat están llenos de elementos como basura o grafiti. El ambiente les indica de forma inconsciente que delinquir está permitido.

La apropiación del espacio público por parte de operadores de valet parking y franeleros es el indicador más visible de la impunidad que opera ahí donde éstos se mueven. Si los policías que deberían controlarlos se prestan a dejarlos operar a cambio de una cuota, ¿por qué no habrían de aceptar un acuerdo similar con ladrones o secuestradores? Lo único que tienen que hacer en ambos casos las autoridades es mirar hacia otro lado.

El caos sólo genera más caos. No hay manera de ser permisivo con una parte de los delitos y esperar que los demás permanezcan inmóviles. A la población se le está enseñando que los dueños de las calles no son todos los ciudadanos, sino sólo aquellos quienes tienen la malicia para agandallarse un espacio y lucrar con él.

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