Ser empresario

Editorial EL UNIVERSAL

Durante muchos años en México se cultivó la creencia de que un título universitario era garantía de éxito profesional y económico. En gran medida así era. Antes de que iniciara la racha de crisis financieras nacionales, en 1982, estudiar una carrera otorgaba a los jóvenes incluso la posibilidad de superar los estándares de la clase social de donde provenían. Millones pasaron de hogares humildes, con padres de origen rural, a jefes de familia con casa propia y puestos a perpetuidad en empresas o en gobierno.

El mundo dejó de ser así de simple. Ahora son más los profesionistas que los lugares de trabajo disponibles. Una visión ideológica considera que este deterioro es el resultado natural de la competencia en un esquema de libre mercado, en el cual la productividad debe reemplazar al gasto social. Otra visión sostiene que la riqueza se ha concentrado en una casta política y empresarial que cierra el paso al resto de la población.

Más allá de explicaciones, es innegable que un empleo en una empresa o en el gobierno no es —ni tendría que ser— la única alternativa de ingreso.

Hoy en estas páginas se reproduce la historia de Estudio I, un despacho de publicidad estratégica ideado por jóvenes veinteañeros de Pachuca cuya aspiración previa era sólo la de obtener un empleo. Recién graduado, uno de ellos, un mercadólogo, logró únicamente trabajo de volantero por 500 pesos a la semana. Dice al respecto: “En la educación superior muy pocas escuelas deciden crear emprendedores, la mayoría arroja profesionistas para quienes la única meta es ser empleados, y no es que esté mal, el problema es que no hay suficientes fuentes de trabajo y los salarios son irrisorios”.

La herramienta no es nueva. Millones de personas en el país están empleadas en micro y pequeñas empresas, no siempre registradas formalmente. Abren papelerías, tiendas de abarrotes, puestos de comida en un tianguis. El reto es convertir esa iniciativa de montar un negocio con recursos propios, en proyectos productivos con financiamiento público o bancario que logren mucho más que sólo la sobrevivencia. Así como en el siglo pasado obtener un título universitario permitía a un hogar incrementar su nivel de vida, un negocio bien gestionado puede garantizar el futuro de varias generaciones de esa familia.

Hay obstáculos, sin duda, para llegar a ese punto. El más grande es la falta de fondeo de la banca privada y la de desarrollo. Pero también hay un componente educativo de resignación y falta de competencia que debemos erradicar.

La prosperidad actual de naciones que antes eran tanto o más pobres que México surgió a partir de la creación de nuevos negocios. ¿Nosotros cuándo?

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