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Vuelve la Ciudad de México

16/12/2015
02:10
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Antes de que existiera un país llamado México, en el territorio ubicado sobre el antiguo Gran Lago de Texcoco surgió la civilización que posteriormente le daría nombre a una nación. A partir de entonces la capital de este país siempre ha radicado en el mismo lugar —salvo turbulencias políticas temporales—, no por decisión caprichosa de algún gobernante, como sí ha ocurrido en otras partes del mundo, sino porque la Ciudad de México ha sido, desde hace 500 años, la zona de mayor poder e influencia económica y política de la región.

Es por esa importancia que durante el siglo XX, y hasta ayer, la Ciudad de México era conocida también por el nombre de “Distrito Federal”. Una denominación que daba cuenta de la subordinación que el poder central quería ejercer sobre dicha población. Lógico en un régimen autoritario. ¿Para qué crear una fuente de injerencia en el asiento de los poderes federales?

Por fortuna, tras varios lustros de discusiones, la sensatez se impuso en el Congreso de la Unión y diputados y senadores aprobaron iniciar el proceso de creación del nuevo estado soberano llamado Ciudad de México.

Para el ciudadano común pudiera parecer un asunto menor, un simple cambio de nombre. Todo lo contrario. Es el primer paso para conseguir que los habitantes de la capital obtengan más beneficios, así como mejores herramientas de vigilancia sobre sus gobernantes.

Entre muchos otros cambios, ahora la nueva Asamblea Legislativa de la Ciudad de México participará en los procesos de reforma a la Constitución general del país, cuando sea el caso. Además, las delegaciones serán alcaldías gobernadas por un concejo de varios integrantes —encabezado por un alcalde— lo cual evitará (idealmente) manejos unipersonales de recursos y políticas públicas.

¿Modifica esto la calidad de vida de los ciudadanos del antiguo Distrito Federal? Todo depende de la implementación de la próxima Constitución de la Ciudad de México.

Si las fuerzas políticas se empeñan en mantener el statu quo, las nuevas instituciones reproducirán los vicios del pasado; los concejales serán secuestrados por los muchos poderes fácticos locales y los alcaldes, antes delegados, seguirán enriqueciendo a la burocracia que vive de amañar permisos de construcción y de uso de suelo. Evitarlo dependerá de que los constituyentes armen los candados necesarios y de que los actores políticos en la capital incluyan a la ciudadanía en la toma de decisiones y en la rendición de cuentas.

Se abre una oportunidad para los capitalinos. No la desperdiciemos en un mero reacomodo y reparto de espacios.

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