De Grecia para México

Editorial EL UNIVERSAL

Los riesgos apenas comienzan a aparecer en el horizonte, pero, como todo en economía, las consecuencias últimas son impredecibles

Los riesgos apenas comienzan a aparecer en el horizonte, pero, como todo en economía, las consecuencias últimas son impredecibles. La vaticinada salida de Grecia de la zona euro tiene a las bolsas de valores del mundo en vilo. Pareciera que no termina una complicación financiera global cuando otra empieza.

Este lunes el peso mexicano casi llega a los 16 pesos por dólar, en tanto que la mezcla mexicana de exportación registró una pérdida de 97 centavos respecto al cierre del viernes pasado, al ofertarse en el mercado internacional en 54.63 dólares por barril. ¿Qué significa todo lo anterior? Que se obtiene menos dinero por la venta de la principal fuente de ingresos del país y que resultará más caro comprar bienes y servicios desde el exterior.

¿Por qué lo ocurrido en Grecia llega hasta México? En las relaciones económicas de este siglo las instituciones financieras y sus productos están interconectados. Tómese la crisis mundial de 2008 como ejemplo. Un problema que al principio afectaba sólo a instituciones hipotecarias estadounidenses se extendió en meses a los gobiernos europeos, pues los mercados temían que algunos países no lograran rescatar a las instituciones afectadas por la tenencia de bonos “basura”. Los inversores tomaron entonces precauciones antes de invertir en naciones como Grecia, debido a que gobiernos habían acumulado deudas enormes con tal de mantener su gasto. El círculo vicioso de la deuda tarde o temprano se rompería, como sucedió.

El impago de Grecia frente a sus acreedores es una exigencia de la población que ha dicho basta a las medidas de austeridad de un manejo macroeconómico “responsable”. El problema es que no parecen existir alternativas. ¿Quién prestará dinero a un país que necesita de esos préstamos para vivir, pero que al mismo tiempo se niega a establecer condiciones de confianza para los inversores?

La lección para México es clara, en el sentido de que el bienestar no puede provenir de estirar la liga del déficit fiscal ni de los préstamos bancarios. El país ha evitado esa tentación desde las terribles crisis de décadas pasadas; ojalá se pudiera decir lo mismo de los gobiernos estatales, que parecieran siempre confiados en el rescate del gobierno federal.

Por supuesto, todos quisiéramos un Estado de Bienestar, el asunto está en cómo financiarlo. La única respuesta posible es la creación de riqueza, la cual se logra con la formación de cadenas de producción, con inversión inteligente en infraestructura e involucramiento de la iniciativa privada allí donde el beneficio para la nación sea mayor que sólo el cobro de impuestos. Nada de eso se obtiene de prestado.

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